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EL CICLO HISTÓRICO DEL DOMINIO POLÍTICO DE LA BURGUESÍA
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El ciclo histórico del dominio político de la burguesía
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El ciclo histórico del dominio político de la burguesía
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Paralelamente al desarrollo en el tiempo del modo de producción capitalista, hay que considerar el de las formas del poder político de la clase burguesa.

Como dice Engels, dos son los grandes descubrimientos sobre los que se asienta el comunismo científico, debidos ambos a Marx. El primero consiste en haber determinado la ley de la plusvalía, según la cual la acumulación de capital se basa en la extorsión continua de una parte de la fuerza de trabajo proletaria. La segunda es la teoría del materialismo histórico, según la cual los términos de las relaciones económicas y de producción nos suministran la causa y la explicación de los acontecimientos políticos y de toda la superestructura de opiniones e ideologías que caracterizan a las diferentes épocas y a los distintos tipos de sociedad.

Así, los fundadores de éste nuevo método teórico no aparecieron con el carácter mesiánico de puros ideólogos reveladores de nuevos principios, destinados a iluminar y arrastrar a las masas; por el contrario, son indagadores científicos de los datos ofrecidos por la historia pasada y por la estructura real de la sociedad presente, que esforzándose por liberarse en esta investigación de toda la influencia oscurantista de los prejuicios de tiempos pasados, tratan de fundar un sistema de leyes científicas capaces de representar y explicar correctamente la evolución histórica, y en el sentido científico y no místico de la palabra, prever las grandes líneas de los desarrollos futuros.

Mientras la clase burguesa se hacia grande, en una lucha de siglos, en el campo de la organización productiva y de la economía, y al mismo tiempo procuraba arrebatar a la clase feudal y teocrática su posición de fuerza en el gobierno del Estado, el reflejo de ese formidable choque de intereses, desarrollándose en un abierto conflicto de fuerzas armadas hasta el choque final revolucionario que conduce al poder a la burguesía, fue también una batalla de ideas y teorías.

Las viejas clases dominantes construían su superestructura doctrinal sobre los principios de la revelación y de la autoridad, ya que sobre tales principios se edificaba un derecho y unas costumbres sociales que facilitaban el control de las masas dominadas por parte de una oligarquía de guerreros, nobles y sacerdotes. La fuente de la verdad procedía de antiguas e inmutables tablas, dictadas por mentes y fuerzas superiores a la razón humana, normas constituyentes del vivir colectivo, y más próximo, en textos antiguos de sabios y maestros, a los cuales había que remontarse para deducir de la letra de los versículos y de los pasajes, la interpretación de toda nueva cuestión del saber y del obrar humano.

La naciente burguesía revolucionaria tuvo como arma la crítica desarrollada por el moderno pensamiento filosófico al principio de autoridad. Se lanzó audazmente y en todas direcciones a verter la duda sobre todas la concepciones tradicionales, proclamó contra el dominio de la autoridad el de la razón humana: minó el dogma religioso para poder socavar el andamiaje estatal feudal, fundado sobre la monarquía del derecho divino y sobre la solidaridad de clase entre la nobleza terrateniente y las jerarquías eclesiásticas.

Construyó así un nuevo y moderno andamiaje ideológico que quiso presentar como de alcance universal y definitivo, como triunfo de la verdad contra la mentira del oscurantismo religioso y absolutista. En efecto, este nuevo andamiaje ideológico, a la luz de la critica marxista, no es otra cosa que una nueva construcción correspondiente a las nuevas relaciones de clase y a las nuevas exigencias de la clase que asume el poder.

En el campo político, la burguesía dirigió el asalto revolucionario al poder del Estado, y se sirvió de éste para romper todas las viejas ataduras que impedían el desarrollo de las fuerzas económicas de las que era expresión.

La lucha se desarrolló como una guerra civil, una guerra de clase entre la guardia blanca del antiguo régimen feudal y las falanges revolucionarias burguesas.

En los aspectos clásicos de la revolución francesa era el Tercer Estado «la burguesía» el que primeramente reclamaba su parte en los ordenamientos públicos, que hasta entonces eran monopolio de la aristocracia y del clero, clases reaccionarias a las que muy pronto se proponía excluir radicalmente de toda influencia política.

Una nueva minoría dominante, la de los propietarios de las manufacturas y de las fábricas, y la de los grandes comerciantes sustituía a la antigua minoría privilegiada. Pero en realidad tal sustancial aspecto del traspaso no era abiertamente declarado por los pensadores y por los partidos del nuevo régimen; más bien ellos mismos no lo comprendían, aunque actuasen en el sentido de la irresistible presión de los nuevos y potentes intereses de clase.

Todo este movimiento, como en la lucha material utilizaba la fuerza de las masas de la población constituida por los pobres y los trabajadores «el Cuarto Estado», también en el planteamiento ideológico alardeaba de inspirarse en los principios correspondientes a los intereses generales; y una vez más estos principios no eran interpretados y presentados como formas transitorias superpuestas a un especial giro de las relaciones sociales, sino como valores absolutos y universales que regulan el devenir de la humanidad. La superstición de las antiguas mitologías era ridiculizada, y en nombre de la duda científica, de la libre crítica y de la razón era proclamada una nueva mitología de conceptos y de valores generales, y las declaraciones revolucionarias de los burgueses vencedores hablaban de los Derechos del hombre y del ciudadano, proclamaban el advenimiento de la Libertad, la Igualdad, y la Fraternidad como acervo de todos los hombres.

De cualquier modo, en este giro histórico, el Cuarto Estado, la gran masa de trabajadores sacrificados en viejas y nuevas formas al bienestar de las castas privilegiadas, no podía ni poseer las armas críticas para comprender el alcance real de ese traspaso, ni dudar en apoyar a la burguesía revolucionaria en su fase asaltante y heroica contra las posiciones del pasado.

En tal fase, para la política burguesa sus reivindicaciones filosóficas que piden la libertad de opinión y de acción política para todos, no entran en contradicción alguna con el uso en la lucha de todos los medios de la dictadura y del terror contra los retornos armados de las fuerzas de los viejos regímenes en la guerra civil, y en las agresiones desde más alía de sus fronteras. El burgués sans-culotte ateo y enciclopedista no encuentra contradicciones entre la Cruzada por la nueva Diosa Libertad y el empleo sistemático de la guillotina para cortar a su enemigo de clase la libertad de moverse en defensa de sus antiguos privilegios. El naciente proletariado cree en la promesa de la libertad para todos, pero ayuda a la burguesía llegada al poder en la represión despiadada de los contrarrevolucionarios.

Por lo tanto, la primera fase del dominio político burgués consiste en la lucha revolucionaria armada para conquistar el poder, y en el ejercicio de una dictadura de clase para extirpar todos los residuos de la vieja organización social y reprimir cualquier tentativa de recuperación reaccionaria.

A esta primera fase del régimen político burgués, con la complejidad de sus aspectos en los diferentes países modernos, y con una alterna sucesión de conatos de reacción absolutista y de nuevas oleadas revolucionarias que termina con el hundimiento de aquellos, le sigue generalmente en el mundo moderno y en los países con mayor desarrollo económico un segundo y largo estadio, en el cual los horrores y los excesos de la revolución aparecen relegados en la sombra, y la nueva clase dominante, asentada sólidamente en el control político de la sociedad, logra ostentar de la mejor manera la pretendida coherencia en su gestión del mundo, con todo el equipo metafísico de sus ideologismos de libertad, justicia e igualdad.

En el puro derecho ya no hay más castas separadas, todos los ciudadanos tienen teóricamente la misma relación con el Estado, y tienen la misma facultad de delegar en sus órganos a los representantes que ellos prefieren y que mejor reflejan sus opiniones y también sus intereses.

El sistema parlamentario de la democracia burguesa vive su época áurea, y proclama que después de la fundamental promulgación de la igualdad jurídica y política la vía está abierta, sin ulteriores choques revolucionarios y sin repetir ya la tragedia del terror, a todo desarrollo hacia una mejor convivencia de los hombres en un estado social mejor.

La critica proletaria revolucionaria ya desde algunas generaciones ha desenmascarado radicalmente ésta gigantesca mentira. La libertad política y jurídica corresponde en la real valoración económica de las relaciones, a la libertad de vender el propio trabajo, lo que efectivamente es una condición de cruel necesidad para la mayoría de los hombres, no presentando otra alternativa que el hambre.

En política, el Estado no es la expresión de la voluntad mayoritaria popular, sino el comité de los intereses de la clase burguesa dominante, y el mecanismo parlamentario no puede responder más que a favor de los intereses de ésta.

En filosofía, el dominio de la razón no es más que un engaño, ya que el libre uso del cerebro humano, arrancado por lo que parece a las prohibiciones de las excomuniones de los curas y de los rigores de la policía absolutista, no es sino una ilusión, dado que lo limita bastante más despiadadamente la negada posibilidad y libertad de satisfacer las exigencias fisiológicas materiales que condicionan toda la dinámica del individuo.

Según el planteamiento romántico de la literatura burguesa de éste periodo arcádico, en cada pueblo había un apagavelas «el cura», y una luz «el maestro»; pero la mentira del educazionismo y del culturalismo democrático está en el hecho de que no se puede esperar del hombre, que consiga primero una libre y consciente opinión y que después obtenga la posibilidad de satisfacer sus intereses y sus apetitos; porque más bien la vía científicamente lógica es la contraria, ya que el hombre deberá primero comer bien y después podrá opinar bien.

Además de la critica de los revolucionarios proletarios, los hechos van dispersando en el limbo de los fantasmas del pasado, a este andamiaje hipócrita de la ideología democrática. Mientras los choques entre las clases, divididas en los mismos países por intereses opuestos no han callado nunca, a pesar de todas las panaceas del sistema representativo burgués, el desarrollo de las nuevas formas económicas monopolistas del capitalismo y la lucha por el predominio colonial, han precipitado a los pueblos en crisis impresionantes y en sangrientas masacres que han superado ampliamente a las de la época del avance revolucionario de la burguesía.

El capitalismo no solamente ha tenido una lógica necesidad de la violencia armada para abrir la vía del devenir histórico, sino que emplea y produce violencia en cada fase de su desarrollo.

A medida que el potencial de la producción industrial se eleva, crece en número el ejército de trabajadores, y al mismo tiempo se hace más precisa la conciencia critica del proletariado, y se robustecen sus organizaciones, la clase burguesa dominante, paralelamente a la transformación de su praxis económica, de liberal a intervencionista, tiene la necesidad de abandonar su método de aparente tolerancia de las ideas y de las organizaciones políticas por un método de gobierno autoritario y totalitario; y en esto reside el sentido general de la época presente. La nueva dirección de la administración burguesa del mundo se sirve del hecho innegable de que todas las actividades humanas, por el mismo efecto de los progresos de la ciencia y de la técnica, se desenvuelven desde la autonomía de las iniciativas aisladas, propias de sociedades menos modernas y complejas, hacia la institución de redes cada vez más densas de relaciones y de dependencias en todos los campos que gradualmente van cubriendo el mundo entero.

La iniciativa privada ha cumplido sus prodigios y ha batido sus récord de las audacias de los primeros navegantes con sus empresas temerarias y feroces de colonización de las partes más lejanas del mundo. Pero ahora cede el paso frente al predominio de los formidables entrelazamientos de la actividad coordinada, en la producción de las mercancías, en su distribución, en la gestión de los servicios colectivos, y en la búsqueda científica en todos los campos.

No es pensable una autonomía de iniciativas en una sociedad que dispone de la navegación aérea, las radiocomunicaciones, el cine, la televisión, descubrimientos todos de aplicación exclusivamente social.

También la política de gobierno de la clase imperante, desde varios decenios a esta parte y con ritmo cada vez más decidido, evoluciona hacia formas de estrecho control, de dirección unitaria, de estructura jerárquica fuertemente centralizada.

Este estadio y ésta forma política moderna, superestructura que nace del fenómeno económico monopolista e imperialista, previsto por Lenin desde el año 1 91 6 al decir que las formas políticas de la más reciente fase capitalista solo pueden ser de tiranía y de opresión, esta fase que tiende a sustituir generalmente en el mundo moderno a la del liberalismo democrático clásico, no es otra que el fascismo.

Enorme error político e histórico es confundir este surgir de una nueva forma política impuesta por los tiempos, consecuencia y condición inevitable del sobrevivir del sistema capitalista de opresión, con la erosión de sus contrastes internos, con un retorno reaccionario de las fuerzas sociales de las clases feudales, las cuales amenazan con sustituir las formas democráticas burguesas por medio de una restauración de los despotismos del «antiguo régimen»; mientras que la burguesía ya desde hace siglos ha puesto fuera de combate y ha aniquilado en la mayor parte del mundo a estas fuerzas sociales feudales.

El que sienta mínimamente el efecto de esta interpretación y siga mínimamente las preocupaciones y sugestiones de ésta, queda fuera del campo y de la política comunista.

La nueva forma con la que el capitalismo burgués administrará el mundo, hasta que no lo derribe la revolución del proletariado, va haciendo su aparición con un proceso que no es descifrado con los banales y escolásticos métodos del critico filisteo.

Por parte marxista no se ha tenido nunca en cuenta la objeción de que el primer ejemplo de poder proletario debiera haberse dado en un país industrial adelantado, y no en la Rusia zarista y feudal, en cuanto que la sucesión de los ciclos de clase es un hecho internacional y un juego de fuerzas a escala mundial, que localmente se manifiesta donde concurren la condiciones históricas favorables (guerra, derrota, supervivencia excesiva de regímenes decrépitos, buena organización del partido revolucionario, etc..)

Menos todavía nos debemos sorprender si las manifestaciones del paso del liberalismo al fascismo pueden presentar dialécticamente entre los distintos pueblos las más variadas sucesiones, ya que se trata de un paso menos radical, en el cual no es la clase dominante la que cambia, sino solo la forma de su dominio.

El fascismo puede definirse desde el punto de vista económico como un intento de autocontrol y de autolimitación del capitalismo tendente a frenar con una disciplina centralizada los aspectos más alarmantes de los fenómenos económicos que conducen a volver incurables las contradicciones del sistema.

Desde el punto de vista social puede definirse como el intento por parte de la burguesía, nacida con la filosofía y la psicología de la absoluta autonomía e individualismo, de darse una conciencia colectiva de clase, y de contraponer sus propias formaciones y encuadramientos políticos y militares, a las fuerzas de clase que se determinan amenazadoramente en la clase proletaria.

Políticamente, el fascismo constituye el estadio en el cual la clase dominante denuncia como inútiles los esquemas de la tolerancia liberal, proclama el método de gobierno de un solo partido, y liquida las viejas jerarquías de sirvientes del capital, demasiado cangrenadas en el uso de los métodos del engaño democrático.

Ideológicamente, en suma, el fascismo (y con ello revela que no solo no es una revolución, sino que ni siquiera es un seguro y universal recurso histórico de la contrarrevolución burguesa) no renuncia, porque no puede hacerlo, a ostentar una mitología de valores universales, y a pesar de ello habiéndolos invertido dialécticamente, hace suyos los postulados liberales de la colaboración entre las clases, habla de naciones y no de clase, proclama la equivalencia jurídica de los individuos, hace pasar siempre su propio andamiaje estatal como reposante en toda la colectividad social entera.

Los puntos de apoyo de la nueva mitología burguesa no serán más la Libertad, la Igualdad, sino la Nación, la Patria, la Raza, y el Estado mismo casi deificado.

En cada obstáculo teórico y filosófico, servirán los mismos recursos con que el filisteo burgués buscaba evitar el desenmascaramiento realista y científico de su aparato ideológico, los insuprimibles y sobrehumanos valores del espíritu, que se supone insito en la mente del hombre, o producido por una divinidad complaciente siempre por las recetas farisaicas de todos los parásitos y de todos los opresores.

De toda formas, económicamente con el monopolismo y el capitalismo de Estado, socialmente con el abierto asalto blanco a las formaciones de clase del proletariado revolucionario, políticamente con la supresión más o menos acelerada del bufonesco griterío de los múltiples partidos, y de los multicolores escribas del ambiente parlamentario, ideológicamente con el empleo de todo el bagaje embaucador de las supuestas ideas universales y de las investiduras de misiones supremas, el capitalismo pasará en cualquier parte a través de esta fase, sabiendo que se encuentra ante la alternativa de dispersar e impedir el avance de la clase revolucionaria, o tener que caer en la catástrofe final.

Una primera manifestación histórica de esta tercera fase se ha dado en Italia, no ciertamente por las especiales características del desarrollo del capitalismo italiano, sino por la concurrencia de condiciones de la historia internacional que ha influido sobre las vicisitudes italianas; una guerra victoriosa pero con consecuencias similares a las de una derrota, una crisis económica causada por la alta densidad de población y la falta de mercados donde dar salida a las mercancías y a la fuerza de trabajo, un impulso hacia delante intencionado de una política autónoma y extremista de la clase explotada, una inestabilidad histórica relativa del aparato estatal, etc...

Una manifestación de alcance distinto ha tenido lugar en Alemania, donde el capitalismo, sobre la trama de una potente estructura productiva que queda intacta tras perder la guerra, ha intentado acelerar el proceso para igualarse con los capitalismos rivales, cuando estos lo han estrechado en un cerco de acero, dentro del cual la presión de las fuerzas sociales contrastantes ha alcanzado la máxima exasperación; donde se había puesto del modo más inexorable el dilema histórico mostrado por Lenin al mundo en 1 91 9: organización mundial de la economía por parte del capitalismo o por parte del trabajo - dictadura despiadada de la burguesía o dictadura del proletariado.

Lenin estableció que es un reaccionario quien, en la diagnosis económica, se ilusiona con que el capitalismo monopolista y estatalista pueda retroceder al capitalismo liberal de la primera forma clásica. De la misma manera, hoy podemos afirmar claramente que también lo es, quien persigue el milagro de una reafirmación del método político liberal democrático contrapuesto al de la dictadura fascista, con la que en un cierto punto de la evolución, las fuerzas burguesas aplastan con una táctica frontal las autónomas organizaciones de clase del proletariado.

La doctrina del partido proletario debe colocar en sus cimientos la condena de la tesis que afirma que, ante la fase política fascista del dominio burgués, deba darse la consigna del retorno al sistema parlamentario democrático de gobierno, mientras por el contrario la perspectiva revolucionaria es que la fase totalitaria burguesa finaliza rápidamente su tarea y se somete al prorrumpir revolucionario de la clase obrera, la cual, lejos de llorar el fin sin remedio de la mentirosa libertad burguesa, pasa a triturar con su fuerza la Libertad de poseer, de oprimir y de explotar, bandera del mundo burgués desde su nacimiento heroico entre las llamas de la revolución antifeudal, hasta su devenir en la fase pacifista de la tolerancia liberal, y hasta su despiadado revelarse en la batalla final por la defensa de las instituciones, del privilegio y de la explotación patronal.

La guerra en curso la han perdido los fascistas, pero ha sido ganada por el fascismo. A pesar del empleo a gran escala de la propaganda democrática, el mundo capitalista, habiendo salvado, también en esta tremenda crisis, la integridad y la continuidad histórica de sus poderosas unidades estatales, realizará un grandioso esfuerzo ulterior por dominar las fuerzas que lo amenazan, y actualizará un sistema cada vez más cerrado de control de los procesos económicos y de inmovilización de la autonomía de cualquier movimiento social y político que amenace con perturbar el orden constituido. Igual que los vencedores legitimistas de Napoleón debieron heredar el andamiaje social y jurídico del nuevo régimen francés, los vencedores de los fascistas y de los nazis, en un proceso más o menos breve, o más o menos claro, reconocieron con sus actos, aunque lo nieguen con vacías proclamaciones ideológicas, la necesidad de administrar el mundo, tremendamente alterado por la segunda guerra imperialista, con los métodos autoritarios y totalitarios que fueron primeramente experimentados en los estados vencidos.

Esta verdad fundamental, más que ser el resultado de difíciles y aparentemente paradójicos análisis críticos, cada día más se manifiesta en el trabajo de organización por el control económico, social, y político del mundo.

La burguesía, que en el pasado fue individualista, nacional, librecambista, aislacionista, hoy tiene sus congresos mundiales, y al igual que la Santa Alianza intentó detener la revolución burguesa con una internacional del absolutismo, así hoy el mundo capitalista intenta fundar su Internacional, que no podrá ser más que centralista y totalitaria.

¿Logrará esta su cometido histórico esencial, que bajo la consigna de la represión del resurgir del fascismo, es en cambio, de hecho y cada vez más manifiestamente, la de reprimir y hacer añicos la fuerza revolucionaria de la Internacional del proletariado?

Source: «La Izquierda Comunista», Número 3, Noviembre 1995 (extraído de la rivista «Prometeo», núm. 5, enero-febreo de 1947

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