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EL FALSO RECURSO DEL ACTIVISMO
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El falso recurso del activismo
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El falso recurso del activismo
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1 - Una objeción corriente, que a su vez no es original, sino que ya ha acompañado a los peores episodios de degeneración del movimiento, es aquella que subestima la claridad y la continuidad en el terreno de los principios, e incita a «ser políticos», a sumergirse en la actividad del movimiento (el cual enseñará las vías a tomar), a no detenerse para decidir compulsando textos y analizando experiencias precedentes, sino a avanzar sin tregua al calor de la acción.

2 - A su vez, este practicismo es una deformación del marxismo, sea por querer poner en primer plano el espíritu de decisión y la vivacidad de grupos de dirección y de vanguardia sin muchos escrúpulos doctrinales, sea por reconducir a una decisión y a una consultación «de la clase» y de sus mayorías, dándose aíres de elegir la vía que, impulsados por el interés económico, la mayor parte de los trabajadores prefiere. Son trucos viejos, y ningún traidor y vendido a la clase dominante se ha ido jamas sin sostener, primero, que él era el mejor y el más activo propugnador «práctico» de los intereses obreros, y, segundo, que actuaba así por la voluntad manifiesta de la masa de sus partidarios... o electores.

3 - La desviación revisionista, por ejemplo la evolucionista, reformista y legalitaria de Bernstein, en el fondo era activista y no ultra determinista. No se trataba de sustituir al vasto fin revolucionario por lo poco que la situación permitía obtener a los obreros, sino de cerrar los ojos frente a la ardiente visión del arco histórico y decir: el resultado del momento es todo, propongámonos - no universalmente, sino local y transitoriamente - fines inmediatos reducidos, y será posible plasmar tales resultados con la voluntad. Los sindicalistas partidarios de la violencia a la Sorel dijeron los mismo, y tuvieron el mismo fin. Los primeros apuntaban más a arrancar parlamentariamente medidas legislativas; los segundos a obtener victorias a nivel de empresa y de categoría. Ambos volvían la espalda a las tareas históricas.

4 - Todas éstas y las otras mil formas de «eclecticismo», esto es, de la libertad reivindicada de cambiar frentes y cuerpos de doctrina, comenzaron con una falsificación: pretendían que semejante rectificación continua de la línea de tiró, o cambio de ruta, se encontrase en la orientación y en los escritos de Marx y Engels. En todo nuestro trabajo, con abundancia de profundizados estudios y citas, hemos mostrado la continuidad de esa línea, poniendo de relieve, entre otras cosas, que las obras y los textos más recientes se remiten, con las mismas palabras y con el mismo sentido, a los pasajes y a las teorías fundamentales de los primeros textos.

5 - Es una leyenda hueca, pues, la de las dos «almas» sucesivas de Marx. Según ella, el joven habría sido todavía idealista, voluntarista, hegeliano y, bajo el influjo de los últimos estremecimientos de las revoluciones burguesas, «barricadero» e insurreccionalista. El maduro se habría vuelto un frío estudioso de los fenómenos económicos contemporáneos, positivo, evolucionista y legalitario. Por el contrario, son las reiteradas desviaciones cuya larga serie hemos ilustrado tantas veces (aunque se presenten para la acepción banal como extremistas o moderadas) las que, al no resistir la tensión revolucionaria del materialismo dialéctico, han recaído en una desviación igualmente burguesa, de naturaleza idealista, individualista, «concientizadora», cuya actividad comadrera, concreta y secundaria, es pasividad (más bien, impotencia revolucionaria irrevocable) a escala histórica.

6 - Bastaría recordar que la conclusión final del primer libro del «Capital», donde se describe la expropiación de los expropiadores, muestra - como lo indica una nota - no ser más que la repetición del pasaje correspondiente del «Manifiesto». Las teorías económicas del segundo y del tercer libro no son más que desarrollos sobre el tronco de la teoría del valor y del plus valor dada en el primero, con los mismos términos, fórmulas y hasta con los mismos símbolos, y en vano Antonio Graziadei intentó romper dicha unidad. También es ficticia la separación entre la parte analítica y descriptiva del capitalismo, y la parte programática de la conquista del socialismo. Todos los que degeneraron han demostrado no haber aferrado jamás la potencia de la crítica marxista del utopismo, como tampoco aferraron la crítica del democratismo. No se trata de pintarse un objetivo y quedarse satisfecho con haberlo soñado, o esperar que el color rosa del sueño mueva a todos a hacerlo realidad, sino de encontrar el fin que se debe alcanzar solida y físicamente, y apuntar directamente a él, seguros de que la ceguera y la inconsciencia humanas no impedirán que sea alcanzado.

7 - Es ciertamente fundamental que Marx haya establecido el nexo (ya presentido por los mejores utopistas) entre esta lejana realización y el movimiento físico actual de una clase social ya en lucha: el proletariado moderno. Pero esto no alcanza para entender toda la dinámica de la revolución de clase. Si se conoce toda la construcción de la obra de Marx, que no le fue permitido acabar, se ve que él reservaba para coronarla este problema del carácter y de la actividad impersonal de la clase, que ya estaba claro, sin embargo, en su pensamiento y en sus textos.

Con dicho tratamiento se corona toda la construcción económica y social de la única manera conforme al método que ha permitido establecerla.

8 - Seria insuficiente decir que el determinismo marxista elimina como causas motrices de los hechos históricos (una vez más: no se confunda la causa motriz con el agente operante) a la calidad y a la actividad del pensamiento o de lucha de hombres de valor excepcional, y que los sustituye por las clases, entendidas cono colectividades estadísticas de individuos, trasladando simplemente los factores ideales de conciencia y de colectividad de uno a muchos hombres. Esto seria solamente pasar de una filosofía aristocrática a una demopopular más alejada aún de nosotros que la primera. De lo que se trata es de invertir el emplazamiento de la causa y transferirlo fuera de la conciencia ideal, al hecho físico y material.

9 - La tesis marxista dice que no es posible, ante todo, que la conciencia del camino histórico aparezca anticipada en una sola cabeza humana, y esto por dos motivos: el primero es que la conciencia no precede sino que sigue al ser, es decir, a las condiciones materiales que circundan al sujeto de la propia conciencia; el segundo es que todas las formas de la conciencia social provienen - con cierta fase de retraso para que exista el tiempo necesario para la determinación general - de circunstancias análogas y paralelas consistentes en las relaciones económicas en que se encuentran masas de individuos que forman, por consiguiente, una clase social. Estos son llevados a «actuar juntos» históricamente mucho antes de que puedan «pensar juntos». La teoría de esta relación entre las condiciones de clase y la acción de clase con su futuro punto de llegada no le es pedida a nadie, en el sentido en que no le es pedida a un autor o jefe suelto, y ni siquiera «a toda la clase» como suma bruta y momentánea de individuos en un país o en un momento determinados, y mucho menos aún podría ser deducida de una burguesisima «consulta» en el seno de la clase.

10 - La dictadura del proletariado no es para nosotros una democracia consultiva introducida en el seno del proletariado, si no la fuerza histórica organizada que, en un determinado momento, seguida por una parte del proletariado, e incluso no por la mas grande, expresa la presión material que hace saltar el viejo modo de producción burgués para abrir la vía al nuevo modo de producción comunista.

En todo esto no es de importancia secundaria el factor, siempre indicado por Marx, constituido por los desertores de la clase dominante que pasan al campo revolucionario y contrapesan la acción de masas enteras de proletarios que están al servicio de la burguesía como resultado de su esclavitud material e ideológica, masas que casi siempre representan la mayor parte estadística de la clase.

11 - Todo el balance de la revolución en Rusia no conduce de ningún modo nuestra corriente a atribuir su pasivo a la violación de la democracia interna de la clase, o a tener dudas sobre la teoría marxista y leninista de la dictadura, la que no tiene por juez y limite a fórmulas constitucionales u organizativas, sino solamente a la histórica relación de fuerzas.

Por el contrario, el abandono completo del terreno de la dictadura de clase se pone precisamente de manifiesto en la completa alteración stalinista del método revolucionario. No menos que todos los demás, los ex-comunistas pasan por doquier al terreno de la democracia, se ponen en el de la democracia popular y nacional, y tanto en Rusia como fuera de ella abandonan con toda su política los objetivos de clase por objetivos nacionales, lo que es reconocido incluso por la habitual descripción vulgar de su política como una simple red de espionaje del Estado ruso más allá de sus fronteras. Todo aquel que tantea la vía democrática emboca la vía capitalista. Y así es con los vagos antistalinistas que gritan en nombre de la opinión proletaria pisoteada en Rusia.

12 - Serian innumerables las citas de Marx que demuestran esta impersonalidad del factor del acontecimiento histórico, sin la cual seria imposible proponer la teoría de su materialidad.

Nosotros sabemos que Marx sólo completó el primer libro de su gran obra «El Capital». En las cartas y prefacios, Engels recuerda lo arduo del trabajo que fue necesario para ordenar el segunda y el tercer libro (aparte del cuarto, que es una historia de las doctrinas económicas adversas).

Al mismo Engels le quedaron dudas sobre el orden de los capítulos y secciones de los dos libros que estudian el proceso de conjunto de las formas del capitalismo, no para «describir» el capitalismo del tiempo de Marx, sino para demostrar que, pase lo que pase, la forma del proceso general no se encamina a situaciones de equilibrio y a un «estado de régimen» (como seria el de un río perenne y constante sin menguantes ni inundaciones), sino a una serie de crisis cada vez más agudas y a la caída revolucionaria de la «forma general» examinada.

13 - Tal como lo había indicado en el prefacio de 1859 a la «Crítica de la economía política», primera redacción del «Capital», después de haber tratado de las tres clases fundamentales de la sociedad moderna (terratenientes, capitalistas, proletarios), Marx se reservaba otros tres argumentos:
«
Estado, comercio internacional, mercado mundial».
La cuestión del Estado se encuentra en el texto sobre la Comuna de Paris de 1871 y en los clásicos capítulos de Engels, como así también en «El Estado y la Revolución», y la cuestión del «comercio internacional» en «El Imperialismo» de Lenin. Se trata del trabajo de una escuela histórica y no de la Opera Omnia de una persona. La cuestión del «mercado mundial», a la cual un Stalin moribundo aludió con la débil teoría del doble mercado, llamea hoy en el libro de los hechos, que no se sabe leer: ¡es aquí donde se podrían encontrar las mechas del incendio que presentará el capitalismo mundial en la segunda mitad del siglo, si los investigadores no se hubiesen dado a correr tras las suertes de las Patrias y de los Pueblos, y de los sistemas ideológicos en bancarrota de la época burguesa: ¡Paz, Libertad, Independencia, Santidad de la Persona, constitucionalidad de las decisiones electorales!...

14 - Después de haber tratado el modo en que el producto social se divide entre las tres clases fundamentales formando sus ingresos económicos (o, dicho menos exactamente, sus réditos): la renta, la ganancia y el salario; después de haber demostrado que la transferencia de la primera al Estado no cambiaría el orden capitalista, y que ni siquiera toda la transferencia del plus valor al Estado rebasaría los limites de la forma de producción capitalista (en la medida en que el despilfarro de trabajo vivo, es decir, la intensidad y la duración del trabajo, seguiría siendo el mismo debido a la forma empresarial y mercantil del sistema), Marx concluye así la parte estrictamente económica:
«
La segunda característica específica del régimen capitalista de producción es que la producción de plus valor es la finalidad directa y el móvil determinante de la producción. El capital produce esencialmente capital, pero no lo hace más que produciendo plus valor» (1).

(Sólo el comunismo será capaz de crear plus producto que no se transforme en capital).

Pero la causa no está de ningún modo en la existencia del capitalista, o de la clase capitalista, que no solo son puros efectos, sino incluso efectos no necesarios.

«En el régimen capitalista de producción la masa de los productores directos encuentra f renta a si el carácter social de su producción bajo la forma de una autoridad organizadora severa y de un mecanismo social del proceso de trabajo completamente jerarquizado (es decir: ¡burocratizado! - ndr), pero esta autoridad sólo compete a quienes la ostentan como personificación de las condiciones de trabajo frente al trabajo y no, como bajo formas anteriores de producción, en cuanto titulares del poder político o teocrático. Entre los representantes de esta autoridad, o sea, entre los mismos capitalistas, que se enfrentan simplemente como poseedores de mercancías, reina la anarquía más completa, dentro de la cual los nexos internos de la producción social sólo se imponen a la arbitrariedad individual como una ley natural omnipotente» (2).

Por consiguiente, es necesario y suficiente atenerse a la invariancia formidable del texto para confinar a los pretendidos actualizadores en las tinieblas del más burdo prejuicio burgués, el que busca al responsable de toda inferioridad social en el «arbitrio individual», o a lo sumo en la «responsabilidad colectiva de una clase social», mientras que, desde entonces, todo estaba perfectamente claro, y el capitalista o la clase capitalista podían dejar aquí o allá de «personificar» al capital, pero éste seguiría existiendo, frente a nosotros y contra nosotros, como «mecanismo social», como «ley natural omnipotente» del proceso de producción.

15 - Este es el formidable y conclusivo capitulo L. I que cierra la «descripción» de la economía presente, pero que en cada página «evoca» el espectro de la revolución. El siguiente capitulo L. II, de poco más de una página, es aquel en el cual el cansado Engels, debajo del interrumpido renglón, escribió entre corchetes: «Aquí se interrumpe el manuscrito».

Titulo: «Las clases». Estamos en el umbral de la inversión de la praxis; y, habiendo rechazado el arbitrio individual, partimos en búsqueda del agente de la revolución.

Ante todo, el capitulo dice: hemos dado las leyes de la sociedad capitalista pura, con las tres clases mencionadas. Pero ésta ni siquiera existe en Inglaterra (ni siquiera existe en 1953, allí o en otro lugar, ni existirá jamás, al igual que los dos únicos puntos materiales dotados de masa a los que la ley de Newton reduce el cosmos).

«El problema que inmediatamente se plantea es éste: ¿qué es lo que forma una clase?».

«A primera vista, es la identidad de sus rentas, de las fuentes de renta».

«Sin embargo, desde este punto de vista, también los médicos y los funcionarios, por ejemplo, formarían dos clases distintas, pues pertenecen a dos grupos sociales distintos, cuyos componentes viven de rentas procedentes de la misma fuente en cada uno de ellos. Y lo mismo podría decirse de la infinita variedad de intereses y situaciones que provoca la división del trabajo social entre los obreros, los capitalistas y los terratenientes (estos últimos, por ejemplo, están divididos en propietarios de viñedos, propietarios de tierras de labor, propietarios de bosques, propietarios de minas, de pesquerías, etc...)».

El pensamiento y el periodo se interrumpen aquí. Pero es suficiente.

16 - Sin reclamar derechos de autor sobre frase alguna. se puede completar el capitulo crucial, interrumpido por la muerte, arbitrario incidente individual para Karl Marx, quien en relación a esto solía citar a Epicuro, al cual, siendo un joven doctorcito, había consagrado su tesis de doctorado. Como lo expresara Engels: «todo acontecimiento que deriva de la necesidad lleva en si su propio consuelo». Es inútil lamentarse.

No es la identidad de las fuentes de ingreso, como parece «a primera vista», lo que define a la clase.

Sindicalismo, obrerismo, laborismo, corporativismo, mazzinismo, socialcristianismo, ya sean del pasado o del futuro, son abatidos de un solo golpe y para siempre.

Nuestra conquista iba mucho más allá del fláccido reconocimiento por parte de ciertos ideólogos del espíritu y del individuo, de la sociedad liberal y del Estado constitucional, de que existen y no pueden ser ignorados los intereses colectivos de categoría. Fue a lo sumo una primera victoria nuestra el hecho de que, frente a la «cuestión social», incluso reducida así; pildoritas, era vano torcer las narices y cerrar los ojos. Esta iba a penetrar al mundo moderno. Pero una cosa es invadirlo capilarmente, y otra hacerlo saltar en mil pedazos.

En el marco estadístico, de nada sirve seleccionar «cualitativamente» las clases según la fuente pecuniaria de sus entradas. Más estúpido aún es seleccionarías cuantitativamente según la «pirámide de las rentas». Desde hace siglos ésta ha sido erigida; y los censos del Estado en Roma expresaban, precisamente, la escala de rentas. Desde hace siglos, simples operaciones aritméticas han demostrado a los filósofos de la miseria que, reduciendo la pirámide a un prisma nivelador de igual base, sólo fundaríamos la sociedad de los andrajosos.

¿Cómo salir cualitativa y cuantitativamente de estas cien mil dificultades?: un alto funcionario percibe un estipendio; por tanto, es pagado en momento oportuno como el peón asalariado en una salina del Estado, pero el primero tiene un ingreso más alto que muchos capitalistas de fábrica que viven de la ganancia o que muchos comerciantes, y el segundo tiene un ingreso más alto no solo que un pequeño campesino trabajador, sino también que un pequeño propietario de casas que vive de rentas...

La clase no se define según cuentas económicas, sino según la posición histórica respecto a la lucha gigantesca con la cual la nueva forma general de la producción supera, abate y sustituye a la vieja.

Si la tesis de que la sociedad es la pura suma de individuos ideales es idiota, no lo es menos la que sostiene que la clase es la pura suma de individuos económicos. Individuo, clase y sociedad no son puras categorías económicas o ideales, sino que cambian incesantemente según el lugar y la época, como productos de un proceso general cuyas leyes reales están reproducidas en la potente construcción marxista.

El mecanismo social efectivo conduce y plasma a individuos, clases y sociedades, sin «consultarlos» sobre ningún plano.

La clase es definida por su camino y su tarea históricas, y nuestra clase, debido al arduo y dialéctico punto de llegada de su enorme esfuerzo, es definida sobre todo por la reivindicación de su propia y total desaparición cuantitativa y cualitativa (por que la desaparición ya en curso de las clases enemigas poco y nada representa).

Frente a nosotros, el conjunto de la clase asume hoy sin pausa significados cambiantes: hoy por hoy está por Stalin, por un Estado capitalista como el ruso, por una banda de candidatos y parlamentarios mucho más antimarxistas que los Turatí y Bissolati, Longuet o Millerand de antaño.

17 - No queda, pues, más que el partido como órgano actual que define a la clase, que lucha por la clase, que gobierna por la clase en su momento y prepara el fin de los gobiernos y de las clases. A condición de que el partido no sea de Fulano o de Mengano, que no se alimente de admiración por el jefe, que vuelva a defender, si es necesario con fe ciega, la teoría invariable, la organización rígida, el método que no parte de un preconcepto sectario, sino que sabe que en una sociedad desarrollada en su forma tipo (la Europa del ano 1900, como Israel del año cero) se aplica duramente la fórmula de guerra: quien no está con nosotros está contra nosotros.

Notes:
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  1. Marx, «El Capital», Libro , cap. LI. [back]
  2. Marx, «El Capital», Libro , cap. LI. [back]

Source: «El Programa Comunista», N° 33 (Reunión de Milán, 7 de setiembre de 1952)

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