
EL PARTIDO ANTE LOS SINDICATOS EN LA ÉPOCA DEL IMPERIALISMO
If linked: [English] [French] [German] [Italian]
El partido ante los sindicatos en la época del imperialismo
Introducción
Importancia de la táctica
Primera fase: Prohibición
Segunda fase: Tolerancia
El movimiento comunista ante el problema sindical
Tercera fase: Sometimiento
El balance de la Izquierda Comunista en el terreno sindical durante la segunda posguerra siguiendo el hilo rojo del marxismo revolucionario
Los sindicatos rojos tradicionales, antítesis de los sindicatos tricolores
La dinámica de la lucha sindical en la época del imperialismo
La táctica del Partido en las dos primeras décadas de la segunda posguerra
Las batallas más significativas del Partido
Hacia el renacimiento «ex novo»
Notes
Source
Ofrecemos a los lectores de «La Izquierda Comunista» dos textos del partido publicados en septiembre de 1982. En aquella ocasión, ocuparon el nº 10 de nuestra revista en italiano, «Comunismo», con carácter monográfico. Su reproducción en lengua española deberá efectuarse con carácter periódico, apareciendo sucesivamente en los próximos números de «La Izquierda Comunista».
El contexto socio-político en el que se realizó este trabajo no difería en gran medida del actual: ataque internacional generalizado contra las condiciones de vida y de trabajo de las masas obreras. Todas las medidas antiobreras puestas en práctica por los gobiernos de todos los países ponen de manifiesto lo que para los marxistas es solamente una confirmación histórica: el capital busca desesperadamente salir de la crisis cada vez más profunda que lo aflige. Crisis que poco tiene que ver con el «modo de gestionar políticamente la economía», ya que se trata de una crisis del modo de producción capitalista en sí mismo, comprimiendo al máximo socialmente posible las condiciones de existencia de toda la clase obrera.
En todo el mundo, tanto en el Este como en el Oeste, en el Norte como en el Sur, la sociedad burguesa demuestra que no está en grado de controlar sus propias contradicciones y se precipita lenta pero inexorablemente hacia la única solución que puede dar a sus crisis cíclicas que históricamente la acompañan y que forman parte de su misma naturaleza económica: la guerra entre bloques imperialistas generalizada a escala mundial. Mientras tanto cada estado intenta salir del pantano en el que se halla su propia economía a través de medidas que siguen las dos direcciones clásicas que caracterizan el ataque del capital a las clases explotadas: la reducción del poder adquisitivo de los salarios y la reestructuración de los procesos productivos empresariales mediante el despido de la fuerza de trabajo «sobrante» de las fábricas.
Mientras que estos efectos actúan conjuntamente contra la clase obrera, el crecimiento de un vasto ejército de proletarios desempleados actúa como un factor de freno en el crecimiento de los salarios y la acción conjunta de la patronal y de los gobiernos que defienden sus intereses se aprovecha de todo esto para empujar progresivamente a las masas obreras hacia niveles de vida miserables, desmintiendo las ilusiones que habían predicado los sindicatos oficiales y los falsos partidos «socialistas» y «comunistas», acerca de salir de ellas definitivamente.
En este contexto la función de los representantes oficiales de los trabajadores, los sindicatos del régimen, se presenta claramente como la de organizaciones apreciadas e indispensables para la clase dominante para conservar la estabilidad social y política de la sociedad capitalista. Cualquier medida gubernamental o patronal, dictada por el agravamiento progresivo de la situación económica general, encuentra en ellos el mejor vehículo para ser impuesta a los trabajadores sin suscitar reacciones de clase peligrosas para el orden general capitalista.
Su política reformista, colaboracionista y de renuncia, es el eje de la paz social que ha caracterizado esta segunda posguerra, en la que la clase obrera ha estado, y está, ausente de la escena mundial de la auténtica lucha de clase. El grado de degeneración de estos sindicatos, la naturaleza real de su función antiobrera y la consiguiente actitud que los comunistas revolucionarios deben mantener contra ellos, no pueden derivarse, como es tradición en nuestro Partido, más que del estudio, utilizando el arma teórica del método marxista, de todo el arco de su existencia. Sólo a través de la historia pasada del movimiento obrero es posible comprender y reafirmar lo que la infamia de los tiempos que vivimos no permite todavía distinguir: la única posibilidad de impedir que la caída de la sociedad burguesa arrastre consigo a las clases trabajadoras, está en la capacidad del proletariado para lograr retomar su propia acción bajo la guía del partido comunista revolucionario que representa sus finalidades históricas, determinando así las condiciones objetivas indispensables para la conquista del poder político por parte de la clase obrera, la destrucción del estado burgués, la instauración de la dictadura proletaria y la sucesiva transformación de la economía capitalista, que produce mercancías con el único objetivo de extraer beneficios, en economía socialista, hacia la producción de bienes que satisfagan todas las exigencias del género humano. Pero para que esto se lleve a cabo es indispensable el retorno de las masas obreras a la defensa intransigente de sus condiciones inmediatas de vida a través del choque de clase contra todas las fuerzas que defienden los intereses de la economía capitalista, con el consiguiente renacimiento de un tejido organizativo clasista que encuadre y dirija en este choque a la parte más combativa del proletariado. Es indispensable el renacimiento de los sindicatos de clase como organismos intermedios entre el partido y la clase en lucha, tal y como remachan todos los cuerpos de tesis de la Izquierda Comunista.
Los dos informes que iremos publicando tienden a representar esta clásica perspectiva marxista, que, como tal, es solamente nuestra, en polémica no solo con el oportunismo oficial de los partidos falsamente obreros, sino también con todos aquellos que desnaturalizan este pilar fundamental del marxismo pretendiendo que el retorno del proletariado a la lucha revolucionaria pueda recorrer caminos distintos de los conocidos hasta ahora.
En el trabajo publicado en nuestro órgano mensual («Il Partito Comunista», nº 82 al 85, Junio-Septiembre 1981) con el título «Del surco inmutable del marxismo revolucionario brota la función de los comunistas en la lucha de clase», hemos intentado demostrar cómo la táctica que el Partido adopta en el terreno sindical deriva coherentemente de la relación partido-clase-acción de clase, tal y como ha sido acuñado por el marxismo al surgir como ciencia social del proletariado y como evolución histórica del partido formal y del movimiento obrero en general plasmándolo en la práctica de la lucha de clase; de igual forma al pequeño partido actual no le queda más que «atesorar» este pasado, volviéndolo a juntar con la teoría originaria que marca la continuidad del hilo rojo entre las diversas situaciones históricas que han aparecido hasta el momento, para enlazarlos de nuevo continuamente, sin inventar o descubrir nada, para lanzarlo al presente y sobre todo para proyectarlo hacia las situaciones futuras, intentando desde hoy prever su curso y sus manifestaciones, aunque obviamente, en grandes líneas.
En este trabajo insistíamos, como en otros tantos trabajos del partido, en la cuestión de la táctica vinculada a los principios generales del partido y a la teoría marxista, y, al mismo tiempo, derivada de un correcto análisis de la situación. Este postulado es particularmente cierto aplicado a la táctica del partido en el terreno sindical, y precisamente a su actitud frente a las organizaciones económicas proletarias que históricamente surgen de la necesidad del proletariado de defender sus condiciones de vida y de trabajo ante la sed de beneficio del capital. A este tema el Partido, sobre todo en su intensa actividad de restablecimiento de los pilares de la teoría marxista en la segunda posguerra, siempre ha dedicado un amplio espacio de análisis precisando cada vez con unos contornos más nítidos, el tipo de acción a desarrollar en materia de discusiones muy vivas y a veces cruciales dentro del Partido.
La causa de esto radica principalmente en la extrema dificultad de orientar el trabajo práctico del Partido en las luchas obreras y sindicales en general, faltando, por así decir, la «materia prima» para analizar precisamente la táctica: las luchas mismas.
Desde el punto de vista organizativo medio siglo de contrarrevolución ha situado prácticamente al proletariado a los albores de su historia; no existe ya organización económica inmediata de clase, al igual que el Partido no tiene ninguna influencia sobre la clase obrera. Obviamente no hay que entender esta afirmación en el sentido de que basta con unir la actitud práctica del Partido con la de las primeras organizaciones comunistas, en particular de la I» Internacional, en cuanto que toda la historia posterior del movimiento revolucionario mundial ha producido una experiencia cristalizada hoy en el Partido, por pequeño que sea, y además la situación actual difiere netamente de la de entonces debido a la evolución e involución sufridas por la organización económica proletaria, unidas directamente a las fases de evolución y putrefacción del capitalismo internacional.
La dinámica del proceso que verá en un próximo futuro alinearse al proletariado nuevamente sobre el terreno de la lucha de clase, con el Partido dedicado a influir sobre su acción hasta asumir la dirección política, no será la repetición mecánica de los períodos precedentes sino que tendrá características propias, ligadas a los acontecimientos que los crecientes conflictos interimperialistas mundiales determinarán en cada Estado y a los contragolpes que reciban las masas obreras como consecuencia de las progresivas medidas antiproletarias que se adopten progresivamente. Estas características son precisamente las que el Partido debe intentar intuir, comprender y prever, anticipando los métodos de acción y la táctica específica a adoptar. «Características propias» no significa que pueden ser desconocidas para el marxismo y con las cuales, como ya otros han pretendido hacer, se intente poner en discusión el clásico proceso indispensable para la revolución proletaria delineado por el Partido en todos sus cuerpos de tesis: extensión de un amplio movimiento proletario que actúe sobre bases clasistas, consiguiente renacimiento de organismos clasistas inmediatos, influencia en ellos del Partido a través de sus grupos comunistas organizados en fracción sindical.
Lo que debería ser analizado correctamente para desarrollar una táctica justa es la dinámica específica que se dará en este proceso, cuyas líneas maestras ya son conocidas por el Partido. Estas líneas maestras son inmutables porque pertenecen intrínsecamente a las leyes generales del choque de clase entre burguesía y proletariado, leyes descubiertas por el marxismo y trazadas de modo invariable en su curso histórico. Si se admite que la dinámica general de estas leyes puede expresar tendencias generales distintas a las de los períodos precedentes en la historia del capitalismo, se niega la validez del marxismo, reconociendo la necesidad de su enriquecimiento.
Una vez dicho esto es importante remarcar que la definición de la táctica, y no solo en el terreno sindical, es una tarea permanente del Partido, cualquiera que sean sus efectivos y su influencia entre la clase. Negar esto afirmando que el Partido, puesto que se reduce a un puñado de militantes sin ningún peso en el movimiento obrero, no debe plantearse problemas tácticos ya que no se podrían resolver al no existir la posibilidad de influir en las masas con consignas precisas, significaría liquidar la existencia misma del Partido reduciéndolo a un informe grupo de intelectualoides con la pretensión de tener la conciencia tranquila ya que están en grado de defender la teoría marxista citando los textos clásicos, en paz por tanto con el «partido histórico» volviendo la espalda al partido formal.
Esto que, repetimos, es válido para la táctica en general, o sea referida a todos los campos de actividad en los que se plantea la posibilidad, aunque solo sea teórica, de intervención práctica del Partido, es particularmente cierto si se refiere a la táctica sindical, ya que incluye el eje principal de todo el marxismo: la relación partido- clase-organismos intermedios.
Estos últimos hoy no existen desde un punto de vista de clase, ya que están sometidos completamente a los intereses de la conservación del régimen capitalista, y ésta es precisamente una característica que no nos permite equiparar mecánicamente la fase actual del imperialismo con la de los albores del movimiento obrero, en las que estos organismos estaban en formación.
Al intentar definir mejor la táctica actual del Partido en el terreno sindical, no podemos dejar a un lado, fieles a nuestro método invariable, la representación, aunque sea sumaria y a grandes trazos, de la historia del movimiento sindical internacional, de la única manera que es legible para la ciencia marxista: no historicismo antológico y tampoco una escolástica investigación cultural, sino arma de batalla teórica y práctica para el abatimiento revolucionario del capitalismo y de todos sus lacayos, cada vez más numerosos y diversamente disfrazados.
Desde el punto de vista de la actitud de la burguesía frente a los organismos sindicales proletarios, el Partido ha dividido la historia de la forma sindicato en tres fases: prohibición - tolerancia - sometimiento.
La primera fase se caracteriza por la implantación en la escena histórica de los primeros y confusos, aunque decididos, movimientos obreros contra los capitalistas individuales y por consiguiente de las primeras asociaciones obreras, las primeras coaliciones de asalariados contra los burgueses en defensa del salario. Este fenómeno fue el primer mentís de la doctrina liberal que constituyó el ropaje ideológico del triunfo de la burguesía como clase dominante contra los viejos regímenes de la aristocracia feudal. Se mostró claramente la falsedad del principio democrático según el cual la defensa de los intereses de los individuos podía ser garantizada por un cuerpo de «representantes de todos los ciudadanos» que repartiría equitativamente justicia social y económica entre todos los miembros de la «sociedad civil»; no sería necesaria pues ninguna asociación económica de «ciudadanos», ya que la defensa de los derechos individuales estaría garantizada por el Estado, por el gobierno, por las instituciones representativas de todo el pueblo «elegidas libremente». En nombre de estos principios, bajo el estímulo de su conservación de clase, la burguesía reprime ferozmente las primeras asociaciones permanentes de obreros, acusándolas de querer resucitar las corporaciones del «ancien régime». La prohibición impuesta por la burguesía a las primeras formas de asociacionismo económico proletario, prohibición elevada expresamente a ley (recordemos la ley «Le Chapelier» en junio de 1791 en Francia, y la ley del parlamento inglés de julio de 1799), se apoyaba en las condiciones materiales del capitalismo en su primerísima fase liberal, dominada por el libre mercado y por lo tanto por la concurrencia recíproca entre capitalistas. En teoría también se dirigía contra las asociaciones de capitalistas. En la práctica sólo podía golpear la tendencia natural de los proletarios a coligarse en defensa de sus propios intereses de clase. Esta prohibición hizo que las primeras asociaciones obreras, independientemente de la conciencia que tuviesen de sí mismas, constituyesen, por el solo hecho de manifestarse abiertamente, un poderoso factor revolucionario. No sorprende pues que en los primeros movimientos proletarios no estuviese suficientemente clara la distinción entre organismos de defensa inmediata y los primeros grupos o círculos políticos.
No obstante el marxismo definió desde entonces en términos clarísimos, definitivos, esta diferencia, indispensable para extraer cualquier consideración en materia de táctica sindical. Resumámoslo con una cita de Marx en una carta a Botte con fecha 29 de noviembre de 1871, que define la relación entre luchas políticas y luchas económicas y por lo tanto entre partido y sindicato:
«El movimiento político de la clase obrera tiene naturalmente como último objetivo la conquista del poder político para la clase obrera, y para este fin es necesaria naturalmente una organización previa de la clase obrera, desarrollada hasta un cierto punto y que surja de sus mismas luchas económicas».
Véase como ya en esta expresión se perfila la perspectiva de la necesidad de la organización económica inmediata como condición previa indispensable para la conquista del poder político por parte del proletariado.
«Pero por otra parte todo movimiento en el que la clase obrera se opone como clase a las clases dominantes y busca presionarlas desde fuera, es un movimiento político. Por ejemplo la tentativa de arrancar una reducción en la jornada laboral a un capitalista en una fábrica, o en una determinada industria a través de huelgas, etc, es un movimiento puramente económico; por el contrario el movimiento para imponer una ley de ocho horas y cosas por el estilo, es un movimiento político. De este modo, de los movimientos económicos obreros aislados, surge y se desarrolla el movimiento político, es decir un movimiento de la clase para plasmar sus intereses de forma general, de manera que socialmente tenga fuerza coercitiva general. Si bien es cierto que estos movimientos presuponen una cierta organización preventiva, por otra parte son otros tantos medios para desarrollar esta organización. Allí donde la clase obrera no ha avanzado en su organización tanto como para poder llevar a cabo una campaña decisiva contra el poder colectivo, o sea contra el poder político de las clases dominantes, debe ser preparada para ello a través de una agitación permanente contra la política de las clases dominantes; de lo contrario se convierte en un juguete en sus manos».
Era natural pues que movimiento económico y movimiento político formasen parte de un único proceso revolucionario señalado en el Manifiesto de 1848 con la famosa expresión «organización del proletariado en clase, y por tanto en partido político» y esto sería posible gracias a «la unión cada vez más amplia de los trabajadores». Puede decirse que las cuestiones de táctica de la organización política no valían en lo referente a la económica, en el sentido de que ambas pertenecían total y orgánicamente al proceso revolucionario que veía al proletariado en movimientos cada vez más netamente en defensa de sus exclusivos intereses de clase, o mejor esta táctica se expresaba en el concepto, ya muy claro a los comunistas de entonces, de que la conquista del poder político por parte del proletariado sería el resultado de la alianza activa del movimiento real de las asociaciones económicas proletarias con el socialismo científico, o bien la alianza entre asociaciones económicas y partido político revolucionario.
La diferencia entre uno y otro estaba clara para los comunistas de la época y se presenta en el trabajo que desarrollaron en la I» Internacional a la que se adhirieron también asociaciones económicas. En el llamamiento inaugural de la I» Internacional está ya claro el concepto de que se trata de una asociación mundial de partidos políticos. En este llamamiento se indican los límites del movimiento cooperativo y sindical que en sí
«nunca estarán en grado de parar el aumento del monopolio que se da en progresión geométrica, de liberar a las masas y tampoco de aliviar de manera sensible el peso de sus miserias»
y ya aparece formulado el concepto de la necesidad de superar el aspecto reivindicativo del movimiento hacia la conquista del poder político.
Sucesivamente, y en particular en el período de la II° Internacional, la burguesía cambia de actitud con respecto al asociacionismo sindical; se percata de que reprimirlo por la fuerza significa empujarlo hacia actitudes cada vez más radicales, y, violentando sus «sagrados principios» liberales, admite la posibilidad de su existencia: es la fase de tolerancia, que coincide con un fuerte desarrollo del movimiento sindical en todos los países en los que la burguesía está ya aferrada establemente al poder y en los que el modo de producción capitalista ya está entrando en la fase imperialista. Se asiste al mismo tiempo a un período de expansión productiva excepcional y de relativa paz social e internacional: el capitalismo conoce su fase áurea. Los grandes beneficios extraídos de la rápida y relativamente pacífica expansión productiva permiten la formación de amplios estratos de aristocracia obrera sobre los que se apoya la extensión de esa oleada de degeneración del marxismo que fue el socialreformismo. Se abandonó el concepto de la conquista violenta del poder político e incluso de conquista del poder en general, ya que, según los reformistas, los intereses del proletariado se identificaban con los de sus propias burguesías nacionales y por lo tanto la clase obrera debía hacerse cargo de la marcha productiva de su «propia nación».
A esta degeneración en el plano político le correspondió una actitud análoga en el terreno sindical. Fue el tipo de sindicalismo germano-austriaco el que representó mejor esta tendencia.
«Los sindicatos de Alemania» - afirmaban las tesis de la Internacional Sindical Roja - «fueron la cuna del reformismo, cuyo contenido ideológico consiste en el terreno político en preconizar la evolución pacífica y gradual, tendiente al socialismo a través de la democracia, en atenuar el antagonismo de clase en la cobarde renuncia a la revolución y al terror clasista, con la esperanza de que el desarrollo de las instituciones democráticas conducirá automáticamente al socialismo sin desórdenes y sin revolución, mientras que en el terreno estrictamente sindical el reformismo expresa la tendencia a mantener los sindicatos alejados de la lucha política revolucionaria, la prédica de la neutralidad hacia el socialismo revolucionario, la unión íntima con el socialismo reformista, y finalmente la sobrevaloración de los contratos colectivos y la tendencia a crear el derecho paritario, o sea a construir relaciones sociales con las que, dentro del régimen económico burgués, pueda conciliarse la igualdad de derechos entre obreros y empresarios conservando el sistema de explotación».
El movimiento sindical anglosajón o tradeunionismo no corrió mejor suerte ya que
«reunía principalmente a los estratos más elevados de la clase obrera y su ideología representaba la filosofía de la aristocracia obrera. Para los teóricos y los prácticos del tradeunionismo, capital y trabajo no eran considerados como mortales enemigos de clase, sino como dos factores de la sociedad que se complementan mutuamente, y su desarrollo armónico debía conducir a la paz entre capital y trabajo y a la equitativa distribución entre ellos de los bienes sociales comunes».
Como se ve los aspectos característicos del moderno sindicalismo de la época imperialista supermadura, ese sindicalismo al que el proletariado debe ajustar las cuentas hoy y sobre todo en el futuro, nacen en esta época. Hoy como ayer son los mismos, y no podía ser de otra forma, ya que la acción sindical o bien se dirige hacia la defensa de los intereses propios de la clase obrera y por tanto tendiendo a alinear al proletariado contra todo el aparato patronal y estatal en el terreno del choque abierto sin excluir ningún tipo de golpes, o bien debe someterse a los intereses burgueses y por lo tanto defender la economía nacional por encima de las exigencias reales de la clase. Desde este punto de vista, o sea desde el punto de vista de los contenidos políticos, no existen diferencias objetivas entre el oportunismo sindical de la primera fase de expansión del capitalismo y el de la era imperialista en una fase avanzada como la actual. La «ideología» que ha permeado a ambas, la de la clase dominante, es la misma y no podía dejar de ser así. La diferencia subjetiva reside en la función institucional asumida frente a las estructuras estatales y los engranajes político-económicos de la sociedad capitalista en general, en relación a las tendencias y a la actitud de las masas proletarias.
El movimiento sindical que se desarrolló ampliamente durante la fase de expansión del capitalismo, mostró algunas características que permitieron sucesivamente a la burguesía servirse de él en función de la estabilidad de su régimen de clase: estos caracteres son esos que Lenin en el «Izquierdismo» llama los «caracteres reaccionarios», y precisamente «una cierta angustia corporativa», una «cierta tendencia al apoliticismo», una «cierta fosilización, etc.», aspectos particularmente contrarrevolucionarios precisamente si se ponen en relación con el desarrollo
«de la forma suprema de la unidad de clase de los proletarios, el partido revolucionario del proletariado».
Estas características son las que vienen enumeradas en las tesis de la ISR como
«corporativismo mezquino, aislamiento, la lucha de muchos de ellos contra el trabajo femenino, el espíritu nacionalista y patriótico que se deriva en la confusión entre los intereses de la industria nacional y los de la clase trabajadora»,
que encontrarán dramáticamente su máxima expresión al estallar la primera carnicería mundial y durante la misma, en la que, en la mayor parte de los países europeos los sindicatos dejan de existir como organizaciones clasistas de lucha, transformándose en organizaciones imperialistas de guerra cuya función consistía en poner a disposición de sus propias burguesías todas las fuerzas proletarias existentes, en nombre de la «defensa de la patria». En todos los países, excepto raras excepciones, los dirigentes de los sindicatos combatieron entre sí en el campo de batalla, estrechando sus alianzas con las fuerzas sociales burguesas de su propia «patria». Como afirman las tesis de la ISR:
«el período de la guerra mundial es el de la disolución moral de los sindicatos en todos los países. La mayor parte de los dirigentes sindicales asumen tareas gubernamentales: asumen espontáneamente todas las funciones para sofocar las tentativas de protesta revolucionaria, consienten el empeoramiento de las condiciones de trabajo, los manejos del capitalista dentro de las fábricas, renuncian a las conquistas obtenidas a través de grandes luchas, en definitiva siguen sin rechistar todo lo que les ordenan las clases dirigentes».
La tolerancia mostrada por la burguesía había dado de este modo sus frutos: en todos los países las organizaciones temidas por los defensores oficiales del régimen burgués al ser consideradas en grado potencial de amenazar el orden constituido, se habían transformado «imprevistamente» en otros tantos pilares de la conservación de este orden. Con mucha razón las tesis de la ISR subrayan como
«esta transformación de los dirigentes del movimiento sindical en perros de presa del capitalismo representa la más estrepitosa victoria moral de las clases dirigentes».
Tras la guerra esta política de estrecho colaboracionismo con la propia burguesía, que marcó la bancarrota de la II° Internacional, continúa en todos los países capitalistas industrializados y se expresa en la subordinación de los intereses de las clases obreras en la reconstrucción de las economías de los países respectivos. Sin embargo, debido a las desastrosas condiciones a las que se ha visto reducido por la guerra el proletariado del mundo entero, se determina un fenómeno en cierto modo antagonista al que ya se ha descrito. Empujadas por la imperiosa y vital necesidad de defender de cualquier modo sus propias condiciones de vida, grandes masas proletarias son arrastradas de una manera materialista al terreno de la lucha contra el capitalismo. Para tener éxito en esta lucha, enormes masas obreras que hasta ese momento vivían apartadas de la vida política y sindical de la propia clase, afluyen a los sindicatos que, en todos los países asisten a un poderoso incremento de afiliados, transformándose así en organizaciones que agrupan a los elementos avanzados del proletariado, como lo eran en un cierto sentido antes de la guerra, en sindicatos de toda la clase obrera. Entrando en los sindicatos las grandes masas obreras intentan convertirlos en instrumentos de su lucha de defensa, chocando en todo el mundo con los jefes oportunistas sometidos a los intereses de las clases enemigas. Esta transformación de los sindicatos es influenciada notablemente por la Revolución de Octubre y, siguiendo su estela, por la formación de la III» Internacional; se forman en todos los países corrientes sindicales que, aunque no estén influenciadas directamente por los comunistas, se oponen a la política de colaboración con la patronal.
El movimiento comunista ante el problema sindical
[prev.] [content] [next]
Era natural que, en el segundo congreso de la III» Internacional, los comunistas resaltasen este proceso y la estrategia para intervenir en él en todos los países donde se formaban los partidos comunistas, apoyando sus caracteres exquisitamente revolucionarios y dedicando a esta cuestión un cuerpo de tesis. Citemos algunas:
«Los contrastes de clase que se exacerban obligan a los sindicatos a dirigir las huelgas que se suceden a través de grandes oleadas en todo el mundo capitalista e interrumpen continuamente el proceso de producción y de intercambio capitalista. En la medida en que las masas obreras, dados el creciente aumento de los precios y su propia extenuación, aumentan sus propias reivindicaciones, destruyen las bases necesarias para cualquier cálculo capitalista, premisa elemental para que cualquier economía funcione. Los sindicatos, que durante la guerra se habían convertido en instrumentos para influenciar a las masas obreras a favor de la burguesía, se convierten ahora en instrumentos de destrucción del capitalismo.
Pero la vieja burocracia sindical y las viejas formas organizativas sindicales obstaculizan de cualquier modo este proceso de transformación de los sindicatos. La vieja burocracia sindical busca por todas partes conservar los sindicatos como organizaciones de la aristocracia obrera; sigue manteniendo las normas que hacen imposible el ingreso en las organizaciones sindicales a las masas obreras peor pagadas. La vieja burocracia sindical busca la forma de sustituir la huelga combativa de los obreros, que día tras día va tomando el carácter de un choque revolucionario del proletariado con la burguesía, por una política de acuerdos con los capitalistas, una política de acuerdos a largo plazo, que ha perdido todo significado, debido a los ininterrumpidos, alocados aumentos de precios. Intenta hacer que los obreros acepten la política de las comisiones mixtas, de los Joint Industrial Councils, y con la ayuda del Estado capitalista intenta igualmente obstaculizar legalmente la dirección de las huelgas. En los momentos de mayor tensión de la lucha, esta burocracia siembra la división entre las masas obreras en lucha, impide que las distintas categorías obreras se unan en una lucha general de clase. En estas tentativas está apoyada por las viejas organizaciones de los sindicatos profesionales que dividen a los obreros de una misma rama industrial en grupos profesionales separados, aunque el proceso de explotación capitalista los una. Se apoya todavía en las ideologías tradicionales de la vieja aristocracia obrera, aunque esta última esté constantemente debilitada por la progresiva eliminación de los privilegios de grupos proletarios aislados, debido a la desintegración general del capitalismo, a la nivelación que se va instaurando en las condiciones de la clase obrera, a la generalización de su situación de necesidad e inseguridad.
De este modo, la burocracia sindical divide al gran río del movimiento obrero en débiles arroyuelos, trocan los objetivos revolucionarios generales del movimiento con reivindicaciones reformistas parciales y en conjunto impide que la lucha del proletariado se transforme en lucha revolucionaria para aniquilar al capitalismo».
Si en la época de la I» Internacional, en plena fase de prohibición de los sindicatos, la táctica propuesta por los marxistas era la de conectar los sindicatos con lo que entonces era el partido político del proletariado, la socialdemocracia, para luchar contra el capitalismo, ahora la táctica, aún derivando de la precedente, se expresaba a través de la consigna de conquista de los sindicatos por los partidos comunistas contra las direcciones legalitarias, reformistas y colaboracionistas, que en la primera fase no existían. Retomemos de las tesis lo siguiente:
«Teniendo presente esta afluencia de gigantescas masas obreras a los sindicatos, y teniendo presente el carácter revolucionario objetivo de la lucha económica llevada a cabo por estas masas en oposición a la burocracia sindical, los comunistas de todos los países deben entrar en los sindicatos para transformarlos en instrumentos conscientes para luchar por la caída del capitalismo, por el comunismo. Además deben tomar la iniciativa de construir los sindicatos allí donde no existen. El mantenerse alejados voluntariamente del movimiento sindical, el intento de crear artificialmente sindicatos particulares sin verse obligados a ello por actos excepcionales de violencia por parte de la burocracia sindical (como la disolución de grupos revolucionarios locales de los sindicatos por las direcciones oportunistas) o por una mezquina política aristocrática que impide el acceso a las organizaciones de las grandes masas de obreros menos cualificados, representa un peligro gravísimo para el movimiento comunista: el peligro de entregar a los obreros más avanzados y provistos de mayor conciencia de clase en manos de los jefes oportunistas aliados de la burguesía. La duda de los obreros frente a los engañosos argumentos de los jefes oportunistas solamente puede ser superada con un recrudecimiento de la lucha, en la medida en que cada vez más, amplios estratos del proletariado aprenden a través de su propia experiencia, de las victorias y de las derrotas, que sobre la base del sistema económico capitalista nunca se podrán alcanzar condiciones de vida humanas; en la medida en que los obreros comunistas avanzados aprendan en el curso de las luchas económicas no solo a difundir las ideas del comunismo sino a convertirse en los jefes más resueltos de esas mismas luchas económicas y de los sindicatos. Solamente de esta forma los comunistas podrán colocarse a la cabeza del movimiento sindical y transformarlo en órgano de la lucha revolucionaria por el comunismo. Solamente así se pondrá remedio a la fragmentación de los sindicatos siendo sustituidos por asociaciones industriales; eliminarán a la burocracia separada de las masas y la sustituirán por un aparato de representantes de fábrica, mientras las direcciones centrales conservarán solamente las funciones verdaderamente indispensables».
Las tesis respondían de esta forma también a las desviaciones de algunos sectores del movimiento comunista, especialmente alemanes y holandeses, que propugnaban la táctica del abandono de los sindicatos dirigidos por los reformistas para pasar a la formación de nuevos sindicatos económicos que agrupaban solamente a los obreros comunistas y a los proletarios próximos a ellos, con la perspectiva de crear una red sindical autónoma y ligada al partido, planteando las tesis como elemento esencial en materia táctica sindical que cualquier acción tuviese por objetivo la unión constante con las masas obreras, abandonando por consiguiente actitudes que habrían podido llevar al aislamiento de los comunistas de los demás trabajadores. En particular las tesis rechazaban la hipótesis de promover escisiones sindicales a falta de un vasto movimiento dirigido en este sentido y subrayaban la necesidad de trabajar dentro de todos los sindicatos amarillos dirigidos por los reformistas, tendiendo más bien, a nivel nacional, a la unificación de todas las centrales sindicales clasistas, en la perspectiva de la unidad de clase del proletariado, indispensable para obtener resultados concretos sobre el terreno de la lucha económica de defensa y, en una perspectiva revolucionaria, a la misma lucha insurreccional para la conquista del poder político:
«Puesto que para los comunistas los objetivos y la esencia de la organización sindical son más importantes que su forma, no deben retroceder ante una escisión de las organizaciones dentro del movimiento sindical, en el caso de que la renuncia a la escisión equivaliese a renunciar a su trabajo revolucionario en los sindicatos, a renunciar a la tentativa de hacer de ellos un instrumento de lucha revolucionaria, a renunciar a organizar a la parte más explotada del proletariado. No obstante, si esta escisión fuese necesaria, solamente podría llevarse a cabo si los comunistas consiguiesen, a través de una lucha sin cuartel contra los jefes oportunistas y su táctica, con la participación más activa en la lucha económica, persuadir a amplias masas obreras de que la escisión se lleva a cabo no por lejanas e incomprensibles metas revolucionarias, sino por intereses concretos e inmediatos de la clase obrera en el curso de su lucha económica. Siempre que se presente la necesidad de una escisión, los comunistas deben examinar siempre con atención si esta escisión no les puede llevar a aislarse de la masa obrera.
Allí donde la escisión entre el movimiento sindical oportunista y el revolucionario ya se ha realizado, allí donde, como en América, junto a los sindicatos oportunistas subsisten organizaciones revolucionarias, aunque no sean de tendencia comunista, los comunistas deben apoyar a estos sindicatos revolucionarios, y ayudarles a liberarse de los prejuicios sindicalistas alineándose sobre el terreno del comunismo: esta es la única brújula segura dentro de la confusión de la lucha económica. Allí donde en el ámbito de los sindicatos o fuera de ellos, en las fábricas, se constituyan organizaciones, como los Shops Stewards y los consejos de fábrica, que se plantean como objetivo la lucha contra las tendencias contrarrevolucionarias de la burocracia sindical y el apoyo a las acciones espontáneas directas del proletariado, es evidente que los comunistas deben apoyar con todas sus energías a estas organizaciones.
Pero este apoyo a los sindicatos revolucionarios no debe llevar a los comunistas a la salida de los sindicatos oportunistas en los que haya síntomas de fermento y la voluntad de colocarse en el terreno de la lucha de clase. Por el contrario, si se pretende acelerar este desarrollo de los sindicatos de masa que se dirigen hacia la lucha revolucionaria, los comunistas pueden mantener un papel de guía, en modo de fundir en el plano espiritual y organizativo a los obreros organizados sindicalmente, con el fin de luchar conjuntamente por la destrucción del capitalismo».
La preocupación de no aislar a los comunistas de los demás trabajadores a través de una acción sindical, que es lo que aquí se remacha con insistencia en referencia a las escisiones sindicales y a la salida de los comunistas de los sindicatos oportunistas, es indudablemente el elemento de base más importante para plantear correctamente la táctica sindical, válido en cualquier ocasión y situación.
La primera parte de las tesis sindicales de la Internacional termina con una importantísima constatación, ya que constituye la clave para comprender la relación entre lucha económica y lucha política en la fase imperialista del capitalismo, que es precisamente el tema central que estamos tratando:
«En una fase de declive del capitalismo, la lucha económica del proletariado se transforma en lucha política más rápidamente que cuanto podía acaecer en la era del desarrollo pacífico del capital. Cualquier choque económico importante puede colocar a los obreros directamente ante el problema de la revolución. Por esto es un deber de los comunistas recordar a los obreros siempre, en todas las fases de la lucha económica, que esta lucha puede tener éxito solamente si la clase obrera vence en choque abierto a la clase de los capitalistas y a través de la dictadura comienza la obra de construcción del socialismo. Partiendo de esto los comunistas deben tender a establecer siempre que sea posible la unidad plena entre los sindicatos y el partido comunista, subordinando los sindicatos a la guía efectiva del partido, considerado como la vanguardia de la revolución obrera. Para este fin los comunistas deben constituir por doquier en los sindicatos y en los consejos de fábrica fracciones comunistas, con la ayuda de las cuales dominar el movimiento sindical y dirigirlo».
Ya entonces los comunistas constataban este fenómeno típico de la era imperialista del capitalismo, que hoy ha asumido aspectos más acentuados, dada la ulterior fase de declive del capitalismo que ha seguido a la segunda guerra mundial.
Es precisamente en la primera posguerra cuando la burguesía pasa a la ofensiva y su actitud hacia los sindicatos cambia de tendencia: de la tolerancia, que se demostró sumamente valiosa durante la guerra, pasa al sometimiento de los sindicatos, a su utilización como instrumentos directos de la gestión de la economía capitalista, y por tanto a su reconocimiento jurídico e institucional. Este proceso asume aspectos muy diferentes en todos los países y se enlaza con la terrible derrota de la revolución comunista rusa y la consiguiente degeneración de la III° Internacional llevada a cabo por el estalinismo, y que alcanza su punto culminante al arrastrar al proletariado a los frentes bélicos en la segunda matanza imperialista mundial, en nombre de la defensa de la democracia.
Abordaremos aquí con brevedad este proceso y estos sucesos, pues el Partido les ha dedicado amplios estudios y análisis, y ha basado sobre su interpretación marxista sus tesis de la segunda posguerra. Lo que nos interesa tratar aquí en general es precisamente el aspecto de la tendencia del imperialismo a la centralización de todos los factores de la producción capitalista bajo la égida del Estado y por lo tanto también los sindicatos, que desde este momento se convierten en parte integrante del contexto social y económico del capitalismo.
Al perfilar su táctica en el terreno sindical el Partido está obligado a tener en la máxima consideración este fenómeno y a estudiar sus consecuencias y las particulares repercusiones históricas que poco a poco ha asumido en relación con la involución del movimiento sindical y a la destrucción física y programática del órgano partido a escala mundial, hasta nuestros días y en los años próximos.
Retomemos a este respecto del artículo «Movimiento obrero e internacionales sindicales», aparecido el 29 de junio de 1949 en el quincenal de entonces del Partido «Battaglia Comunista», un extracto que pone de relieve la claridad con la que la Izquierda vió en su desarrollo esencial el proceso de sometimiento de los sindicatos por el Estado:
«El problema del enlace entre órganos políticos y órganos sindicales de lucha proletaria, al plantearse debe tener en cuenta unos hechos históricos de la mayor importancia acaecidos tras el fin de la primera guerra mundial. Tales hechos son, por una parte la nueva actitud de los Estados capitalistas hacia el hecho sindical, y por otra el mismo desenlace del segundo conflicto mundial, la monstruosa alianza entre Rusia y los Estados capitalistas y las diferencias entre los vencedores. De la prohibición de los sindicatos económicos, consecuencia coherente de la doctrina liberal burguesa pura, y de la tolerancia de los mismos, el capitalismo pasa a su tercera fase, la de la inserción de los sindicatos en su orden social y estatal. Políticamente la dependencia ya se daba en los sindicatos oportunistas y amarillos y lo había demostrado en la primera guerra mundial. Pero la burguesía debía hacer más para defender su orden constituido. Desde un primer momento la riqueza social y el capital estaban en sus manos y los iba concentrando cada vez más al arrojar continuamente en la miseria a las clases tradicionales de los productores libres. En sus manos desde las revoluciones liberales, estaba el poder político armado del Estado, y de una forma más perfecta en las más perfectas democracias parlamentarias como demuestra Lenin, con Marx y Engels. En manos de su enemigo el proletariado, cuyo número crecía al crecer la expropiación acumuladora, estaba un tercer medio: la organización, la asociación, la superación del individualismo, divisa histórica y filosófica del régimen burgués. La burguesía mundial ha querido arrancar a su enemigo también esta única ventaja que le era propia (...). Puesto que la prohibición del sindicato económico sería un incentivo para la lucha autónoma de clase del proletariado, según este método la consigna es completamente opuesta. El sindicato debe insertarse jurídicamente en el Estado y debe convertirse en uno de sus órganos. La vía histórica para llegar a este resultado presenta muchos aspectos distintos y también muchos giros, pero estamos en presencia de un carácter constante y distintivo del moderno capitalismo. En Italia y Alemania los regímenes totalitarios lo consiguieron a través de la destrucción directa de los sindicatos rojos tradicionales e incluso de los amarillos. Los Estados que han derrotado a los regímenes fascistas en la guerra se mueven con otros medios en la misma dirección. Actualmente, en sus territorios y en los que han conquistado han permitido la actuación de sindicatos que se llaman libres y no han prohibido y no prohiben aún agitaciones y huelgas. Pero por doquier la solución propuesta por tales movimientos confluye con acuerdos a nivel oficial con los exponentes del poder político oficial que hacen de árbitros entre las partes económicamente en lucha, y obviamente es la patronal la que actúa de tal modo como juez y ejecutor. Esto seguramente es el preludio de la eliminación jurídica de la huelga y de la autonomía de organización sindical, que de hecho ya rige en todos los países, y crea naturalmente un nuevo planteamiento de los problemas de la acción proletaria. Los organismos internacionales reaparecen como emanación de los poderes estatales constituidos. Al igual que la Segunda Internacional renace con el permiso de los poderes vencedores de entonces bajo una forma domesticada, así sucede hoy con agencias socialistas en la órbita de los Estados occidentales y una así llamada agencia de información comunista en lugar de la gloriosa Tercera Internacional».
El proceso de sometimiento de los sindicatos se remonta al inicio de la fase del imperialismo y asume inicialmente la forma de la creación de sindicatos que reniegan de la lucha de clase, los así llamados sindicatos blancos, nacidos con expreso patrocinio de la Iglesia Católica, ya férrea aliada del capitalismo, y financiados directamente por ciertos sectores de la patronal; tuvieron cierto desarrollo en los primeros años del siglo XX, constituyéndose incluso en Confederación internacional en 1919.
La burguesía, al constatar que el asociacionismo obrero era algo irreversible dentro de su sistema social, intentaba crear uno para su propio uso y consumo. Pero evidentemente esto no era suficiente. Para servir al objetivo de la conservación social, un sindicato debe ante todo conseguir la credibilidad de amplios estratos obreros. Esto no podía llevarse a cabo con los sindicatos blancos que nunca obtuvieron una sólida base obrera. Mucho más proficuo se demostró el oportunismo de tipo reformista socialdemócrata, que tenía sólidas raíces entre grandes estratos de la aristocracia obrera, alimentada con las migajas de los colosales beneficios de la primera fase de expansión «pacífica» del capitalismo librecambista.
Sin embargo, en países como Alemania e Italia, en particular en este último, en los que la radicalización de las luchas proletarias conducidas sobre bases clasistas había asumido unos aspectos y una consistencia tales como para amenazar seriamente las bases del orden social capitalista, la burguesía se vió obligada a abandonar el modelo de la concurrencia entre sindicatos rojos por un lado, y blancos y amarillos por otro,para destruirlos todos, en particular, obviamente, los sindicatos rojos, para proceder a la tentativa de crear aparatos sindicales de emanación estatal directa.
La Izquierda, frente a esta nueva actitud de la burguesía y el consiguiente peligro de que, en Italia, la CGL (Confederazione Generale del Lavoro) sucumbiese bajo los golpes del fascismo, lanzó entonces la consigna del renacimiento de los sindicatos libres, indicación que no tuvo un seguimiento determinante merced al sabotaje de los reformistas que, siguiendo totalmente los deseos del fascismo, disolvieron la Confederación hasta que llegasen tiempos mejores.
La terrible oleada contrarrevolucionaria estalinista desbarató en todo el mundo el movimiento comunista revolucionario, dejando en los sindicatos vía libre a todas las formas del oportunismo imperante. Los partidos comunistas de todos los países occidentales abandonaron cualquier forma de defensa sindical clasista, vinculando los intereses proletarios, en los países donde tenían una cierta influencia, a la defensa de los intereses del Estado ruso, ya dentro del circuito de los países capitalistas, orientando a los obreros hacia la defensa de la democracia en la política de los frentes populares y de la alianza entre todas las clases, o directamente, siempre en conformidad con la defensa de los intereses contingentes del Estado ruso, enmascarado como «patria del socialismo», en connivencia con el fascismo, como sucedió en la campaña por la «alianza popular» en Italia, durante 1935-36.
Llegados a este punto parece útil retomar unas citas de un amplio trabajo aparecido en nuestro periódico mensual («Il Partito Comunista») en diversos números del año 1977 con el título: «Bases de acción del Partido en el terreno de las luchas económicas proletarias» que expone la serie de este análisis histórico con mucha claridad, no teniendo nada que añadir a trabajos del partido que ya han expresado de la mejor forma lo que se quiere decir, siendo un deber de los militantes retomarlos cada vez que se considere necesario. Una vez más la esencia de nuestros trabajos es la de precisar, mejor dicho «esculpir», las cuestiones que articulan nuestro trabajo de defensa de las correctas posiciones marxistas, y no la de aportar «posiciones personales», «enriquecimientos individuales» o elucubraciones intelectuales de quien pretende ser «más animoso» o estar «más preparado», morralla que pertenece a la ideología individualista típicamente burguesa y que pensamos haber superado para siempre, como Partido. Mejor repetir hasta la nausea lo que ya se ha dicho bien, que decir tonterías «innovadoras».
«El partido comunista revolucionario ya no existe y las fuerzas que habían combatido al oportunismo estalinista o bien se mantienen sobre posiciones coherentemente marxistas intentando sacar un balance de esta terrible oleada contrarrevolucionaria, aunque desde el punto de vista organizativo sus efectivos son muy reducidos, o bien abandonan el terreno del marxismo revolucionario recayendo por un lado en el anarcosindicalismo, y por otro, como la corriente de Trotsky, adoptan una praxis oportunista encaminada a remontar la corriente desfavorable con todos los medios y expedientes, y por consiguiente se autodestruyen como fuerza revolucionaria.
La traición de los partidos de la III» Internacional permite al capitalismo superar fácilmente la crisis económica del período 1929-33. En los Estados Unidos, al igual que en todos los Estados europeos, todas las fuerzas políticas se alinearon urgidas por la necesidad de no debilitar la economía nacional y de esta forma no solo no actuaron en un sentido revolucionario sino que se alinearon abiertamente contra las acciones para defender el pan y el trabajo que el proletariado emprendía espontáneamente. Esto permite al Estado capitalista establecer las medidas «asistenciales» y de corrupción de la clase obrera que el New Deal americano toma del fascismo, pero que tuvieron su correspondencia en todos los países de Europa. Al proletariado gradualmente se le iba habituando a no considerarse ya una clase con intereses opuestos a los de las otras clases de la sociedad y ligado orgánicamente a escala internacional, sino como un «componente» de la nación, del pueblo a cuyos intereses «generales» debía sacrificar todas sus necesidades. Por ambas partes de los futuros frentes bélicos se agitó la misma bandera: solidaridad nacional entre las clases, defensa nacional, concepto de pueblo en vez del concepto de clase. Era la bandera enarbolada por el fascismo y por sus seudo sindicatos contra los sindicatos rojos y de clase tradicionales.
Está claro pues que mientras en los países con un régimen dictatorial (Alemania e Italia) no se llevaba a cabo ningún trabajo para contrarrestar válidamente a los sindicatos estatales haciendo resurgir a los sindicatos de clase, sino que las energías proletarias se dirigían a la lucha popular contra el fascismo con la tesis de que éste no defendía bien los intereses de toda la nación, en los países en los que permanecía la dictadura enmascarada bajo una forma democrática se asentó entre el proletariado la tradición de un sindicalismo dispuesto a sacrificarlo todo en defensa de las instituciones y del régimen, dispuesto a sabotear cualquier huelga si debilitaba la economía nacional, dispuesto a formar, como en Suiza, una paz eterna entre trabajo y capital sobre la base de los intereses comunes a todas las clases. En España, en Francia, en Inglaterra, en Suiza, y también en Italia, el proceso de formación de este sindicalismo que correctamente el Partido ha llamado «tricolor» es particularmente visible.
La diferencia entre el sindicalismo fascista y el sindicalismo tricolor no está por tanto en su política correspondiente: ambos subordinan la defensa de los intereses económicos inmediatos de los trabajadores a las exigencias de la patria y de la economía nacional. La diferencia, fundamental, está en la forma organizativa por la cual en algunos Estados capitalistas, en los más fuertes y en los que la lucha de clase no ha alcanzado límites críticos, al igual que le ha sido posible al Estado capitalista mantener sindicatos formalmente «libres», con una formal adhesión voluntaria de los trabajadores aunque sustancialmente estaban ligados al régimen capitalista y a su conservación. Esta diferencia formal no carece de significado ya que es el resultado de acontecimientos históricos a través de los cuales el Estado capitalista ha podido vencer al proletariado sin recurrir a la prueba de fuerza suprema que se da cuando el Estado se ve obligado a presentarse ante las masas abiertamente y con las armas como la expresión de los intereses de las clases dominantes, intentando acabar con las luchas proletarias con la violencia directa y encerrando necesariamente al proletariado dentro de organismos con un carácter forzado y coercitivo, es decir sindicatos obligatorios abiertamente dependientes del Estado y que forman parte de su aparato.
El hecho de que el Estado capitalista haya conseguido someter a los organismos obreros para la defensa de los intereses capitalistas, directamente o dando mil vueltas, y que haya podido hacerlo manteniendo formalmente libre y voluntaria la organización es un hecho negativo de grandísima importancia. Indica que la burguesía ha conseguido corromper al proletariado y que no ha necesitado destruir sus organismos de clase, sino que éstos «voluntariamente» se han sometido, a través de sus propios jefes oportunistas, y a través de la influencia de las categorías obreras privilegiadas, a las exigencias del Estado y del capital; indica que la clase proletaria no ha tenido la fuerza de impedir que sus mismas estructuras organizativas cayesen en manos del enemigo de clase y que el proletariado organizado «acepta» la sumisión de sus intereses económicos ante los «intereses supremos» de la nación. Este resultado, esencial para su propia conservación, ha sido logrado por el capitalismo al día siguiente de la derrota de la gran oleada revolucionaria de la primera posguerra, no porque hubiese descubierto nuevas y desconocidas recetas para su supervivencia, como consideran generaciones enteras de antimarxistas, sino porque las relaciones de fuerza a escala mundial eran más favorables tanto para la desmoralización de la clase tras las grandes derrotas, como y sobre todo para la destrucción del partido revolucionario de clase que vino tras la victoria estalinista en Rusia y por el paso, con armas y bagajes, de los partidos de la III» Internacional al terreno oportunista. Estos partidos, tras haber hecho causa común con los viejos partidos socialdemócratas en todos los países, han trabajado constantemente junto a ellos con todos los medios para quitar de entre las filas obreras toda esperanza de liberación, para fijar en la mente de los proletarios la idea de una unión necesaria y para salvaguardar los intereses de la economía de «su» nación y de «su» patria. Este efecto conseguido tras estos acontecimientos negativos, es el que ha permitido al Estado capitalista hacer llover sobre la clase obrera de los distintos países sus medidas «reformistas y asistenciales», garantizando con ellas una supervivencia mínima a las masas proletarias de los países industriales concretando en ellas la ilusión, pagada dura y sangrientamente con el aplastamiento de las poblaciones coloniales y subdesarrolladas, de que se pueden someter los intereses económicos de clase sometiéndolos a los intereses generales de la nación y del Estado».
Al mismo tiempo el efecto conseguido con estos acontecimientos negativos es que las relaciones de fuerza entre las clases que en el último medio siglo han sido claramente desfavorables al proletariado, han permitido que se pase a nivel mundial de los sindicatos de clase de la primera posguerra a los sindicatos «tricolores» de la segunda y de hoy.
El balance de la Izquierda Comunista en el terreno sindical durante la segunda posguerra siguiendo el hilo rojo del marxismo revolucionario
[prev.] [content] [next]
La parábola precisa de esta involución debería estudiarse haciendo referencia a cada uno de los países avanzados desde el punto de vista capitalista, de la misma forma que, en general, la cuestión sindical debería afrontarse, a escala mundial, analizando las características de los sindicatos actuales en cada país, o al menos en cada una de las áreas geopolíticas en las que se puede subdividir el planeta, y de esta manera llegar a una solución táctica que no puede dejar de diferenciarse según las situaciones particulares de cada país. Un análisis de este tipo hoy es imposible dadas nuestras exiguas fuerzas, ya que no podemos basarnos exclusivamente en los materiales escritos existentes al faltar la presencia directa del Partido en los distintos países. La táctica para intervenir es también el resultado de la experiencia directa del trabajo práctico o al menos de la posibilidad de vivir directamente la situación para poder percibir sus caracteres fundamentales que son, además de la naturaleza y de las características específicas de las organizaciones sindicales con las que se debe operar, la actitud de los proletarios en sus luchas y en general su actitud y su predisposición a la lucha, que sólo puede ser percibida correctamente con la presencia física de los militantes del Partido.
No obstante esto no excluye la posibilidad de delinear las tendencias generales válidas particularmente para el conjunto de los países capitalistas desarrollados que, si bien no permiten delinear una táctica específica válida por doquier, si permiten poner en relieve las perspectivas clásicas del marxismo revolucionario y permiten igualmente excluir que la dinámica del futuro incendio de clase mundial pueda recorrer caminos originales y desconocidos por nosotros, y que puedan modificar la praxis general de los conflictos de clase tal y como la describe el marxismo. No por casualidad nuestro texto clásico «Partido revolucionario y acción económica» afirma claramente:
«Por encima del problema contingente de la participación - o de la no participación - del partido comunista revolucionario en el trabajo en determinados tipos de sindicatos de un país dado, los elementos de la cuestión resumida hasta aquí conducen a la conclusión de que en toda perspectiva de todo movimiento revolucionario general no pueden dejar de estar presentes estos factores fundamentales:
1) un amplio y numeroso proletariado de asalariados puros;
2) un gran movimiento de asociaciones con contenido económico que abrace una parte imponente del proletariado,
3) un fuerte partido de clase, revolucionario, en el que milite una minoría de los trabajadores, pero al cual el desarrollo de la lucha haya permitido contraponer válida y extensamente su influencia en el movimiento sindical a la de la clase obrera y del poder burgués.
Los factores que han conducido a establecer la necesidad de todas y cada una de estas tres condiciones, de cuya eficiente combinación dependerá el resultado de la lucha, han sido dados: por el correcto planteamiento de la teoría del materialismo histórico que conecta la primitiva necesidad económica del individuo a la dinámica de las grandes revoluciones sociales; por la correcta perspectiva de la revolución proletaria en relación con los problemas de la economía, de la política y del Estado; por las enseñanzas de la historia de todos los movimientos asociativos de la clase trabajadora, tanto en su pleno desarrollo y en sus victorias, como en sus corrupciones y en sus derrotas.
Las líneas generales de la perspectiva desarrollada aquí no excluyen que puedan verificarse las coyunturas más diversas tocantes a la modificación, la disolución, y la reconstitución de asociaciones de tipo sindical, siendo esto válido para todas aquellas que en los diversos países se presentan, ya conectadas con las organizaciones tradicionales que pretendían fundarse sobre el método de la lucha de clase, ya relacionadas más o menos con los más diversos métodos y orientaciones sociales, incluso conservadores».
Por esto el Partido, reconstituyéndose sobre unas bases correctamente marxistas nada más terminar la segunda guerra mundial, no tuvo que exponer nuevas posiciones en el campo de su comportamiento respecto a las luchas proletarias y a las organizaciones económicas, ni dicta nuevas normas. El problema de las relaciones entre el partido y la clase proletaria, entre lucha revolucionaria política de clase y luchas económicas inmediatas, entre el organismo político revolucionario y las organizaciones de defensa económica, entre el partido comunista y otros partidos y tendencias con raíces entre las masas obreras, puede considerarse como completa y definitivamente resuelto por la tradición marxista en un arco de 70 años de luchas y experiencias mundiales, partiendo del Manifiesto de 1848 para llegar hasta las ya citadas tesis del II Congreso mundial de la tercera Internacional en 1920, y las tesis de Roma de 1922 y las de Lyon de 1926.
Se trataba, nada más terminar la segunda guerra mundial, de sacar un balance de la tragedia que se había abatido sobre el proletariado mundial también a nivel sindical; de valorar con rigor marxista el significado y la naturaleza de las organizaciones sindicales surgidas tras la segunda matanza imperialista y, volviendo a proponer la clásica solución del marxismo acerca de la relación entre Partido-clase-organismos intermedios en la perspectiva de la futura reanudación del movimiento de clase, que como ya se sabía, no podía tener lugar más que a largo plazo, de lo que se trataba era de indicar una solución táctica válida para la intervención de los comunistas en las luchas proletarias en aquellos países en los que el Partido disponía de efectivos, si bien extremadamente reducidos, en Italia y Francia, en particular en Italia.
Desde 1945, la «Plataforma política del Partido», enunció en términos clásicos las tareas de los comunistas ante el movimiento sindical:
«Dentro de las tareas políticas del partido ocupa un lugar de primerísima importancia el trabajo en la organización económica de los trabajadores, para desarrollarla y reforzarla. Se debe combatir el hecho, por lo demás común de la política sindical tanto fascista como democrática, de insertar al sindicato obrero dentro de los organismos estatales, teniendo en cuenta las distintas formas de ponerlo en práctica en ayuda de todo un entramado jurídico. El partido aspira a la reconstrucción de la Confederación sindical unitaria, con una dirección autónoma con respecto a los organismos estatales, actuando con los métodos de la lucha de clase y de la acción directa contra la patronal, partiendo de las reivindicaciones locales particulares y de categoría hasta las reivindicaciones generales.
En el sindicato obrero se agrupan los trabajadores que individualmente pueden pertenecer a diversos partidos o bien a ningún partido; los comunistas no proponen ni provocan la escisión de los sindicatos bajo el pretexto de que están dirigidos por otros partidos, sino que proclaman de la manera más abierta posible que la función sindical se completa y se integra solamente cuando la dirección de los organismos económicos está en manos del partido de clase del proletariado. Cualquier influencia distinta sobre los organismos sindicales proletarios no sólo le priva de su carácter fundamental de órgano revolucionario tal y como muestra toda la historia de la lucha de clase, sino que lo convierte en algo estéril incluso para conseguir mejoras económicas inmediatas y en un instrumento pasivo de los intereses patronales. La solución que se ha dado en Italia ante la formación de la central sindical, como un compromiso, no entre tres partidos proletarios de masas, que no existen, sino entre tres grupos jerárquicos de pandillas extraproletarias como sucesores del régimen fascista, debe ser combatida invitando a los trabajadores a que derriben esos entramados oportunistas formados por contrarrevolucionarios profesionales».
Está claro pues que la Izquierda sitúa al sindicalismo nacido de la resistencia y del «antifascismo» democrático en una posición antibélica a la del período de la primera posguerra y, como veremos, identifica la raíz de este fenómeno en la tendencia del imperialismo al monopolio de los medios de producción y de la fuerza de trabajo. Este argumento aparece repetido en numerosos escritos de este período, en particular en los «Hilos del tiempo» que empiezan a publicarse en 1949. Retomemos de nuevo el texto ya citado, «Movimiento obrero e Internacionales sindicales» donde se lee:
«Los sindicatos se reagrupan en congresos y consejos en los que no pueden demostrar ningún vínculo con la clase obrera y, según todas las evidencias, muestran que su presencia está apoyada por un grupo gubernamental u otro. La defensa de la clase obrera, su nueva ascensión histórica, tras luchas y adversidades terribles, no son asumidas por ninguno de estos organismos» («Battaglia Comunista», n° 21/1949).
El sindicalismo tricolor era el digno heredero del sindicalismo fascista, de la misma manera que la democracia «restablecida» por los bombarderos y los cañones aliados no podía ser otra cosa que la continuación del reformismo totalitario fascista. Y ciertamente la reanudación de clase no podía avanzar a través de ella. En esta afirmación se encuentra ya de manera implícita la afirmación de que, incluso colocándonos desde un punto de vista táctico a este respecto, trabajando dentro o fuera de estos organismos sindicales, está claro que esta toma de posición no podía ser la misma que la adoptada por los comunistas ante los sindicatos de la primera posguerra: la táctica que se debía adoptar sobre este particular no podía ser la repetición mecánica de la que adoptó el Partido Comunista de Italia ante la Confederación General del Trabajo (CGL). Forzosamente habrían debido tener en cuenta la diferencia sustancial entre los dos períodos y sobre todo la tendencia irreversible del Estado burgués para someter las centrales sindicales y, dialécticamente, la tendencia de éstas a reclamar la institucionalización formal y sustancial de su función; esta última tendencia aparecerá claramente en todos los acontecimientos de carácter sindical de la segunda posguerra y atravesará por etapas cada vez más decisivas en este sentido, la primera de ellas la participación directa de los sindicatos en los órganos institucionales destinados a controlar la economía capitalista, además de dejar en manos patronales su organización financiera y operativa, introduciendo el método de la inscripción al sindicato, pagando la cuota sindical a la dirección empresarial, es decir los sindicatos obtienen el reconocimiento gubernamental como contrapartida activa ante la elaboración de los programas económicos de los distintos ministerios con el objetivo de empeorar las condiciones de vida de la clase obrera dentro del esfuerzo nacional para «salir de la crisis», llegando a formular recientemente entre sus adherentes que son delegados sindicales, bajo el pretexto de «lucha contra el terrorismo», una declaración explícita de rechazo a la violencia en la lucha de clase, jurando fidelidad incondicional a los «valores democráticos» y Constitucionales, paso éste que suprime la última característica formal de estos organismos como sindicatos libres.
El claro posicionamiento del sindicalismo tricolor dentro del bando burgués e imperialista viene recogido con extrema claridad en un «Hilo del tiempo», «Las escisiones sindicales en Italia» («Battaglia Comunista», n° 21, 1949):
«Los sindicatos fascistas aparecen con la etiqueta tricolor dentro de la amplia gama de etiquetas sindicales, en oposición a las rojas, amarillas y blancas, pero el mundo capitalista ya era el mundo del monopolio, y esos sindicatos fascistas desarrollan su tarea como sindicato estatal, forzoso, encuadrando a los trabajadores dentro de las estructuras del régimen dominante y destruyendo de hecho y de derecho cualquier otra organización.
Este gran acontecimiento, nuevo en la época contemporáneo, no era, reversible, y es la base del desarrollo sindical en todos los países capitalistas. Las parlamentarias Inglaterra y América son monosindicales y las jerarquías sindicales están al servicio de sus respectivos gobiernos, como sucede en Rusia. La victoria de las Democracias y el retorno a Italia de personajes que habían derramado más aceite de ricino que el que habían bebido, no es una reversión del fascismo, que era mucho menos regresivo que ellos.
Si la situación italiana hubiese sido reversible, o sea si hubiese tenido alguna base era insulsa la posición que reivindicaba un segundo Risorgimento y una nueva lucha por la Nación y la Independencia, conceptos usados por los estalinistas más que por ningún otro, no habría tenido ni un minuto de existencia la táctica de fundar una confederación única de rojos y amarillos, de blancos y negros; y sin la influencia de factores de fuerza histórica, que por tomar un nombre puede tomar el de Mussolini, las masas no habrían sufrido este orden bestial contenido en la encíclica moscovita en la Pascua de 1944.
Las sucesivas escisiones que se han producido en la Confederación Italiana General del Trabajo (GIGL), al irse los democristianos y más tarde los republicanos y los socialistas de derecha, aunque hoy lleguen a formar otras confederaciones distintas, e incluso aunque la constitución admita la libertad de organización sindical, no van a interrumpir el proceso social de la sujeción del sindicato al Estado burgués, y no son más que una fase de la lucha capitalista para privar a los futuros movimientos revolucionarios de clase de una base sólida para organizar un encuadramiento sindical obrero verdaderamente autónomo.
Los efectos, en un país vencido y privado de la autonomía estatal de la burguesía local, de las influencias de los grandes complejos estatales extranjeros que rivalizan entre sí por estas tierras de nadie, no pueden ocultar el hecho de que también la Confederación que sigue en manos de los socialcomunistas de Nenni y Togliatti no tiene como base una autonomía de clase. No se trata de una organización roja, ya que es una organización tricolor según el modelo de Mussolini.
La historia del «risorgimento» sindical de 1944 se escribe, con las escarapelas tricolores y las gotas de agua bendita en las banderas obreras, con las infames consignas de Unión Nacional de la guerra antialemana, del nuevo Risorgimento Liberal, con la reivindicación de un ministerio de Concordia Nacional, consignas que harían vomitar a cualquier organizador rojo - aunque fuese un reformista manifiesto».
Los sindicatos rojos tradicionales, antítesis de los sindicatos tricolores
[prev.] [content] [next]
¿Cuál es la gran y sustancial diferencia entre los sindicatos rojos del primer período del imperialismo, el de la primera posguerra y los actuales? Los primeros, al estar dirigidos por el oportunismo reformista, eran sindicatos que se habían forjado en el proceso de organizar progresivamente al proletariado como clase en lucha contra el capitalismo, intentando superar las divisiones por fábrica, territorio y categoría. Estos sindicatos surgieron en los primeros años del siglo bajo el estímulo de poderosos movimientos de clase, y en ellos tenían cabida con pleno derecho de organización autónoma, aunque fueran contrapuestas, todas las formaciones políticas que se reclamaban a la clase obrera y que tenían sólidas raíces en ella. La misma naturaleza de la organización fundada sobre el principio de la lucha de clase y de la inconciliabilidad de intereses entre capital y fuerza de trabajo, además de su independencia y autonomía con respecto al Estado, hacía que ni siquiera los dirigentes reformistas más derechistas pudiesen considerarla nunca como un organismo que aspiráse a la integración dentro de los engranajes institucionales y empresariales de la economía capitalista. Los jefes oportunistas en aquel entonces estaban obligados a limitarse a la acción apagafuegos en los conflictos obreros para evitar que la acción anticapitalista de las masas proletarias llegase hasta sus consecuencias más extremas. No puede decirse precisamente que la obra del reformismo y su tendencia al colaboracionismo con la patronal y las instituciones del Estado fuese sustancialmente distinta. Desde el punto de vista político hemos demostrado mil veces la perfecta continuidad histórica entre el reformismo socialdemócrata, el fascismo y el reformismo democrático estalinista y postestalinista moderno. Pero la acción del primero, aún situándose plenamente en el sentido de la conservación capitalista, se llevaba a cabo dentro de una organización clasista, que se apoyaba sobre masas proletarias en las que estaba vivo el verdadero concepto de la lucha de clase, atizado continuamente por la propaganda y la acción de los comunistas y de las fuerzas que se situaban correctamente sobre el terreno de la lucha de clase. La CGL (Confederazione Generale del Lavoro) reflejaba exactamente esta situación y era definida correctamente como «roja» por los mismos comunistas, en oposición al sindicalismo blanco o amarillo emanado directamente de la patronal o subvencionado por los Estados capitalistas.
La CGIL unitaria creada en 1945 no tiene nada en común con esas características, salvo la forma organizativa. En lugar de ser una organización de clase controlada por el oportunismo es un sindicato puesto en pie por un bloque de fuerzas políticas agrupadas por la unidad nacional, a la cual pertenecen indiferentemente partidos abiertamente burgueses y partidos sedicentemente «obreros», todo ello bajo la égida del imperialismo americano y la bendición de la Iglesia. Basta con la constatación de este agrupamiento y de sus patrones, que habría resultado imposible si hubiesen permanecido las característicasde la organización de la primera posguerra, para designar el carácter abiertamente burgués y, como se afirma en el «Hilo del tiempo» ya citado, la salida de la CGIL de entre las fuerzas sindicales inspiradas por los partidos burgueses y abiertamente oportunistas, no cambiará nada. La lógica de estas escisiones no estará guiada por consideraciones de clase, sino por choques interimperialistas entre las naciones vencedoras en la masacre recién terminada.
Esta profunda diferencia se refleja también en los estatutos de las dos confederaciones. Comparemos brevemente los pasajes más significativos.
Del estatuto de la CGL del 10-12-1924:
«Art. 1º.-Queda constituida en Italia la Confederación General del Trabajo para organizar y disciplinar la lucha de la clase trabajadora contra la explotacióncapitalista de la producción y el trabajo; y para desarrollar en la misma clase las capacidades morales, técnicas y políticas que deben conducirla al gobierno de la producción socialmente ordenada y a la administración de los intereses públicos generales»
Veamos ahora la parte final del artículo 31:
«(...) organiza (la CGL) el movimiento proletario en el campo de la resistencia, de tal modo que las luchas de categoría vayan siendo sustituidas por luchas conjuntas tendentes a elevar el tenor de vida de toda la clase trabajadora y dar a ésta la convicción de que toda mejora conseguida en materia salarial mediante la lucha de categoría, a largo plazo está destinada a ser en vano allí donde la clase trabajadora no proceda más estrictamente contra el poder político y económico, para transformar radicalmente la institución de la propiedad privada».
Por encima de las consideraciones que se puedan hacer desde el punto de vista teórico marxista sobre la tendencia implícita al educacionismo tecnicista como premisa a la conquista del poder político - no olvidemos que nos hallamos frente al estatuto de un sindicato, no frente al programa político del partido - es evidente que la finalidad de la organización es la de agrupar las luchas por encima de las categorías, en guerra abierta contra la opresión capitalista, hacia la emancipación completa de la clase trabajadora del yugo del trabajo asalariado. Veamos, por el contrario, la perla que recoge el estatuto de la CGIL de 1965:
«La CGIL coloca en la base de su programa y de su acción la constitución de la república italiana y persigue su aplicación integral particularmente en lo que se refiere a los derechos que en ella se recogen y a las reformas económicas y sociales que en ella se dictan. La CGIL considera que la paz entre los pueblos es un bien supremo de la humanidad y una condición indispensable para el progreso civil, económico y social».
Este es el estatuto de un sindicato que se considera ya irreversiblemente parte integrante de la sociedad a la que pertenece y del régimen político que la defiende, y dispuesto por lo tanto a sacrificar cualquier interés incluido el de la clase que pretende representar oficialmente, en defensa de las instituciones estatales y de la economía nacional por cualquier medio. En lo que hemos definido como un sindicato del régimen, es decir un sindicato que representa la voz y la ideología de la clase dominante en el reino de la clase obrera. Todavía no se trata de un sindicato del Estado, sólo lo es formalmente, pero ya posee todos los ingredientes programáticos para serlo también jurídicamente.
En el estudio sobre los sindicatos fascistas aparecido en los números 4, 6 de esta revista hemos puesto en evidencia precisamente esta continuidad, incluso jurídica, entre el sindicalismo fascista y el sindicalismo tricolor democrático, en el sentido de que tanto bajo la jurisdicción fascista como bajo la democrática, el sindicato es visto como un «órgano indirecto» del Estado, o sea una organización que lleva a cabo una objetiva actividad de apoyo y revitalización de las instituciones estatales, aunque no pertenezca orgánicamente a ellas, es decir, no siendo un verdadero órgano del Estado, como eran por ejemplo las Corporaciones.
Este concepto corresponde a la dinámica propia del imperialismo y constituye un hecho característico de todas las naciones, si bien presenta aspectos formales distintos según los países.
La dinámica de la lucha sindical en la época del imperialismo
[prev.] [content] [next]
Retomemos nuevamente algunas largas citas del informe de 1977 «Bases de acción del Partido...»:
«¿Qué es lo que ha cambiado en la dinámica sindical de la época imperialista? La época imperialista se distingue por la concentración extrema de la producción y del capital financiero, pero también por una ingerencia intensificada del Estado en todos los aspectos de la vida económica y social. El Estado no sólo se manifiesta cada vez más como el «comité de administración de la clase dominante», su aparato de dominio, la concentración de su fuerza armada contra el proletariado, sino que se convierte también en el garante de la economía capitalista, obedeciendo cada vez más a las necesidades de su funcionamiento y encargándose en primera persona de la gestión del mecanismo productivo de la economía capitalista.
Esta acentuación de las funciones del Estado se refleja necesariamente también en los organismos proletarios a los que no se les permite desarrollarse libremente salvo que no se inscriban dentro de una perspectiva revolucionaria y de esta manera caen bajo control en su misma acción reivindicativa y económica. La clase burguesa no ha olvidado la lección de 1917-26, cuando los sindicatos obreros, pese a estar dirigidas por oportunistas y reformistas declarados, habían llegado a un punto tal que podían desencadenar la lucha revolucionaria entre las clases y ser conquistados por el partido de clase».
Como hemos visto, las tesis de la Internacional ya señalaban esta situación e indicaban que
«en la época imperialista la lucha económica se transforma en lucha política revolucionaria mucho más rápidamente que en la época precedente de desarrollo pacífico del capitalismo».
En la época imperialista el capitalismo no puede permitir más el libre desarrollo de la lucha económica, ni de la organización obrera, porque ha experimentado históricamente que la aparición de luchas económicas generalizadas en un período crítico de la economía capitalista puede conducir de forma peligrosa hasta la lucha política, hasta el asalto del poder político: o sea que la lucha de los proletarios en el terreno económico es, debido a las condiciones en las que se lleva a cabo, susceptible de ser influenciada mucho más fácilmente por el partido revolucionario.
Después de haberse salvado por los pelos del peligro revolucionario en 1919-1926, el Estado capitalista ya no permite ningún desarrollo libre de los conflictos sociales, ya que sabe muy bien que este «libre desarrollo» puede producir efectos desastrosos para la conservación del régimen. El Estado capitalista no suprime la organización obrera económica, pero se esfuerza por todos los medios en controlarla sometiendo su acción a unos límites bien precisos, en integrarla con todo tipo de vínculos, haciendo de ella un apéndice suyo hasta tal punto que, en los momentos críticos de la lucha de clase, la transforma abiertamente en un engranaje de la máquina estatal. El hecho de poder controlar el movimiento obrero económico en los períodos inevitables de desorden productivo y crisis económica es esencial para la supervivencia del régimen capitalista, porque es el único elemento que puede impedir que de la crisis económica se pase a la crisis social y política.
El capitalismo en la época imperialista intenta, debido al agravamiento de sus contradicciones internas, controlar a escala social el anárquico desarrollo del proceso económico y productivo, del que se derivan las crecientes tensiones sociales. Por esto el Estado es consciente de la necesidad de controlar directamente los sindicatos obreros, lo cual prueba la extrema debilidad y la vulnerabilidad del capitalismo en la fase imperialista. Este control puede asumir diversas formas, de las cuales la más adecuada y perfecta es la de incorporar al sindicato obrero dentro de las estructuras estatales, para lo cual el Estado busca la forma de hacer compatibles los niveles salariales y los beneficios, el coste del trabajo con los rendimientos económicos e igualmente busca la forma de hacer tolerables para el sistema capitalista las insuprimibles diferencias entre las necesidades de los asalariados y las de las empresas; resumiendo: intenta reglamentar las relaciones entre obreros y patronos en el marco de la conservación del régimen. De la misma forma que el sindicato deja de ser libre para estar sometido, se transforma de órgano de la clase obrera en órgano del Estado burgués, y de la defensa de los proletarios pasa a la defensa de la economía nacional.
La época imperialista se caracteriza por esta necesidad: o el movimiento obrero se somete a los intereses de la nación u objetiva y materialmente se convierte en revolucionario. Un sindicalismo de clase solo es posible en la medida que ataca las bases mismas de supervivencia del régimen golpeándolas inevitablemente. Esto viene explicado en las tesis de la Internacional Comunista: la imposibilidad del capitalismo para reorganizar la economía tras la guerra si no aplasta al movimiento obrero.
El capitalismo internacional, por lo tanto, no habría podido salir de su crisis y no habría podido reorganizar su economía sin aplastar las luchas económicas y sociales del proletariado, y no podía permitirse en la práctica mantener las condiciones económicas del proletariado al nivel anterior a la guerra.
Por consiguiente las luchas económicas proletarias asumían un aspecto objetivamente revolucionario y constituían la base para la movilización del partido.
La lucha económica del proletariado no podía permanecer sobre un terreno neutral en el conflicto entre proletarios y capitalistas, ya que socavaba las bases mismas del régimen, y por consiguiente se transformaba en lucha contra el Estado.
Los sindicatos de clase o bien habrían debido limitar la defensa de las condiciones de vida en función de las necesidades burguesas o por el contrario habrían debido convertirse en sindicatos rojos dirigidos hacia el ataque revolucionario.
En la época imperialista se modifican por esto las bases de la acción sindical que, en períodos críticos, se transforma rápidamente en lucha insurreccional o en sacrificio total de las condiciones obreras.
Pero esto significa también que un sindicato dirigido por cualquier partido que no sea el partido revolucionario de clase no puede conducir la lucha económica de manera consecuente en estos períodos críticos, cosa que por el contrario era posible en la época de desarrollo «pacífico» del capital. En esta época las luchas económicas del proletariado podían incluso contraponerse a la lucha revolucionaria, como lo pueden hacer actualmente en épocas que no son críticas, pero en la época imperialista el vínculo es más estrecho.
De esto se derivan el valor y la inmensa importancia que asumen los movimientos básicos del proletariado destinados a defender el pan y el trabajo. Muy lejos de negar su valor esencial, el hecho de que estos movimientos pasen fácilmente al terreno político, hace que el partido subraye su necesidad. Es precisamente esta situación la que coloca al partido de clase sobre el terreno de la defensa proletaria, mientras que contra esta elemental exigencia obrera coloca a todos los partidos de la burguesía y a todas sus fuerzas estatales. Todas las fuerzas de la conservación social están alineadas para impedir la libre y abierta manifestación de la lucha económica, manteniendo las ataduras legales que hoy la caracterizan. Sólo las fuerzas del partido se alinean para defender el libre desarrollo de las luchas obreras. El capitalismo ya no permitirá más la aparición de sindicatos libres: y mucho menos lo favorecerá como sucedía en la época precedente. Y se acabó la época en la que podía permitir la libre organización de los obreros y de esa manera oponerse a la revolución en el campo sindical.
De esta dinámica sindical de la época imperialista algunos pseudorrevolucionarios más o menos pistoleriles deducen que ya se acabó el tiempo de las reivindicaciones sindicales y de los organismos obreros de defensa y que ya no se puede concebir nada, en términos de «lucha contra el sistema», que no sea inmediata y exquisitamente político, denunciando las luchas de defensa económica como «atrasadas», «integrantes del sistema» o bien «reaccionarias» o «corporativas», uniéndose en esto a los oportunistas oficiales. Otros, que incluso pretenden reclamarse a la Izquierda Comunista, deducen que el resurgimiento de organismos intermedios entre el Partido y la clase, podrá configurarse según un proceso original, no previsto en nuestros cuerpos de tesis, ya que estos organismos podrán tener incluso contenidos inmediatamente políticos, saltando la fase económica. Tal concepción pone automáticamente a quien la defiende fuera del campo del marxismo revolucionario y del materialismo histórico, y lo sitúa dentro del idealismo, según el cual los hombres no actuarían empujados por condiciones económicas inmediatas, sino por conceptos ideológicos y políticos, que como mucho se adquirirían en el terreno de la lucha de clase.
La constatación de que en el régimen imperialista la defensa consecuente de los intereses económicos de clase plantea de modo drástico y categórico la incompatibilidad de las exigencias más elementales de vida del proletariado respecto a la estabilidad del sistema capitalista asumiendo por lo tanto inmediatamente un contenido eversivo intolerable para las instituciones burguesas, lleva a confirmar que las futuras organizaciones de clase sólo podrán surgir de la batalla por la defensa desesperada de las exigencias de vida y de trabajo de las masas obreras, y por lo tanto sólo podrán tener un contenido inmediato esencialmente económico.
Esta alineación de fuerzas que, de un modo u otro niegan la validez marxista de la perspectiva del resurgimiento de los organismos económicos inmediatos de clase, hace más difícil la reconstitución de una red organizativa económica de clase sometiéndola a mil insidias, pero al mismo tiempo hace que la obra y la dirección del Partido en este sentido sean netos e insustituibles. No es poco constatar que, respecto a todas las organizaciones que bajo diversas etiquetas, pretenden reclamarse a la Izquierda Comunista, nosotros nos distinguimos claramente también en esto, ya que somos los únicos que defendemos la perspectiva del renacimiento de las organizaciones económicas clasistas.
Es importante sobre estas cuestiones, resaltar el análisis de Trotsky acerca de los sindicatos en la época del imperialismo que, aunque fue escrito en un período (1) en el que sus posiciones políticas se separaban cada vez más de las nuestras, resulta idéntico al análisis efectuado por la Izquierda y por esto hay que considerarlo como un pilar fundamental para comprender la dinámica sindical que caracterizará la futura reanudación del movimiento de clase.
«Hay una línea común» - escribe Trotsky - «en el desarrollo o más exactamente en la degeneración de las modernas organizaciones sindicales en todo el mundo. Ésta línea común consiste en su tendencia constante hacia el Estado uniéndose a él. Este proceso es igualmente característico en los sindicatos neutrales, socialdemócratas, comunistas y «anarquistas». Este hecho solamente muestra que la tendencia hacia la «unión con el Estado» es intrínseca no a esta o aquella doctrina como tal, sino que deriva de las condiciones sociales comunes a todos los tipos de sindicatos.
El capitalismo monopolista no se apoya en la concurrencia o en la libre iniciativa privada, sino en la centralización. Los grupos capitalistas que están a la cabeza de los poderosos trust, sindicatos industriales, consorcios bancarios, etc., controlan la vida económica desde una altura muy similar a la del Estado, y a cada momento necesitan la colaboración de éste último.
A su vez los sindicatos obreros de las más importantes ramas industriales están privados de la posibilidad de aprovechar la competencia entre diversas empresas. Los sindicatos obreros deben enfrentarse a un enemigo capitalista centralizado, ligado íntimamente al Estado. De aquí deriva la exigencia para los sindicatos obreros - en la medida en que se apoyan sobre una posición reformista y por tanto sobre una posición de adaptación al régimen de la propiedad privada - de adaptarse al Estado capitalista y luchar por una cooperación con él. A los ojos de la burocracia del movimiento sindical la tarea principal consiste en «liberar» al Estado del abrazo del capitalismo, en debilitar su dependencia de los trust, en ponerlo de su parte. Esta posición está en completa armonía con la posición social de la aristocracia y de la burocracia laborales, que luchan por las migajas que sobran del reparto de los sobrebeneficios del capitalismo imperialista. Los burócratas sindicales lanzan consignas y acciones para demostrar al Estado «democrático» lo útiles e indispensables que son en tiempos de paz y especialmente en tiempos de guerra. Al transformar en órganos del Estado a los sindicatos, el fascismo no ha inventado nada nuevo; simplemente lleva hasta sus últimas consecuencias las tendencias implícitas en el imperialismo».
Más adelante continúa:
«El capitalismo monopolista está destinado a reconciliarse cada vez menos con la independencia de los sindicatos. Su deseo es que la burocracia reformista y la aristocracia obrera, que son quienes recogen las migajas de sus banquetes, se vayan transformando en su policía política ante la clase trabajadora. Si esto no se consigue la burocracia sindical es suprimida y la sustituyen los fascistas. Pero pese a todos sus esfuerzos, la aristocracia laboral al servicio del imperialismo, a la larga no puede salvarse de la destrucción.
La intensificación del choque entre las clases dentro de cada país y los antagonismos entre las naciones, producen una situación por la cual el capitalismo imperialista puede tolerar, naturalmente durante un cierto tiempo, una burocracia reformista sólo si ésta sirve directamente como una pequeña pero activa accionista a sus empresas imperialistas, a sus planes y programas tanto dentro del país como en la escena internacional. El social-reformismo debe transformarse poco a poco en social-imperialismo para prolongar su existencia, pero sólo para prolongarla y nada más. No tiene otra salida».
Volveremos al final de este trabajo a ver los aspectos tácticos y estratégicos que Trotsky indica en su artículo. Por otra parte no tenemos que modificar nada a su análisis que discurre paralelamente con cuanto delineó la Izquierda al término de la segunda guerra mundial.
La táctica del Partido en las dos primeras décadas de la segunda posguerra
[prev.] [content] [next]
Aunque la tendencia al abrazo entre el sindicato y el Estado burgués es un proceso irreversible, no por esto la Izquierda, como Trotsky, niega la necesidad del trabajo de los comunistas dentro del sindicato, en particular - para volver a la situación real que examinamos aquí, o sea la segunda posguerra en Italia - la necesidad de trabajar dentro de la CGIL, que había surgido como prolongación del CLN (2) y que fue abandonada sucesivamente por los demócratas cristianos, los socialdemócratas y los republicanos debido a la oposición a escala mundial entre los bloques imperialistas, oposición que se reflejaba en los componentes políticos de la Confederación unitaria, a pesar de esa autonomía suya tan proclamada.
La Izquierda, como punto cardinal de toda acción táctica en materia sindical, siempre ha señalado la necesidad de no separar nunca a los comunistas del resto de la masa de los trabajadores. En otros términos, acerca del trabajo en los sindicatos existentes, la Izquierda nunca ha sido escisionista por principio. Por ejemplo, la Izquierda ha combatido enérgicamente la tendencia típica de los kaapedistas (KAPD) de la primera posguerra a separarse de los sindicatos existentes para dar vida a nuevas organizaciones de clase, creando pequeños sindicatillos «revolucionarios» controlados por el Partido, y de hecho formados sólo por comunistas o por obreros fuertemente politizados en sentido «revolucionario». Hacer esto habría significado aislar a los comunistas del resto de los trabajadores, o sea hacer lo inverso de lo que deben hacer siempre los comunistas.
Para decidir si se trabaja o no en un sindicato no basta con analizar las tendencias históricas de la forma sindicato verificando si estas tendencias son atribuibles al sindicato en cuestión. No basta pues con deducir la táctica de la naturaleza política de este organismo, sino que es necesario ante todo tener en cuenta la actitud de los obreros hacia él. Puesto que somos materialistas no podemos atribuir a los trabajadores inscritos en un sindicato la conciencia de lo que representa para nosotros. Si los trabajadores, o la mayor parte de ellos, o la más combativa, ve en este sindicato a su representante a su única vía defensiva junto a la que luchar, nuestro puesto de combate no puede estar más que en este sindicato. Esta era precisamente la actitud de las masas obreras más combativas en Italia en los años de la posguerra y el Partido decidió militar en la CGIL. No obstante lo hizo planteándose el problema del futuro desarrollo de la verdadera lucha de clase libre de la influencia del oportunismo, futuro que no podía en aquel entonces más que vislumbrarse a muy largo plazo. Esta cuestión aparece planteada de un modo extremadamente sintético y claro en un documento de 1951:
«La situación sindical actual difiere de la de 1921 no sólo por la ausencia de un fuerte Partido Comunista, sino también por la progresiva eliminación del contenido de la acción sindical sustituyendo la acción de base por funciones burocráticas: asambleas, elecciones, fracciones de partidos en los sindicatos y cosas así han sido sustituidas por funcionarios de oficio para ser elegidas en los cargos dirigentes, etc. Esta eliminación, defendida en interés propio por la clase capitalista va acompañada de los siguientes factores que actúan en la misma línea histórica: corporativismo tipo CLN, sindicalismo tipo Di Vittorio o Pastore. Este proceso no puede definirse como irreversible. Si la ofensiva capitalista es afrontada por un Partido Comunista fuerte, si al proletariado se le sustrae de esta táctica (sindicalista) del CLN, si se le sustrae de la influencia de la actual política rusa, en un período X o en el país X pueden resurgir los sindicatos clasistas o bien ex-novo o bien conquistando incluso a estacazos, los sindicatos actuales. Esto no se puede excluir históricamente. Estos sindicatos se formarían en una situación de ataque o de conquista del poder. La diferencia entre ambas situaciones hace pasar a un segundo plano la cuestión de la dirección de D'Aragona, que no excluye nuestra acción de fracción en la CGL, o la dirección de Di Vittorio».
Es importante subrayar con rigor cuanto se dice en este pasaje y seguir atentamente esas partes que tras una lectura poco atenta podrían parecer contradictorias. En primer lugar se aborda, respecto a la organización sindical, la diferencia sustancial entre 1921 y 1951, que se caracteriza por
«la eliminación del contenido de la acción sindical sustituyendo la acción de base por funciones burocráticas».
Ya no hay jefes obreros elegidos libremente y revocables en cualquier momento, sino «funcionarios de oficio» los cuales habían recibido del poder central y de los partidos de la coalición CLN la misión de representar oficialmente los intereses de los trabajadores. Pero «este proceso no puede definirse como irreversible». La inversión de esta tendencia que, como hemos visto es irreversible desde el punto de vista del proceso de centralización imperialista, sólo puede venir del retorno del proletariado a la lucha de clase anticapitalista y antioportunista, bajo la influencia del partido revolucionario. Si las premisas para que esta tendencia se invirtiese existían, históricamente no había que excluir el resurgimiento de los sindicatos clasistas. Hay que señalar que por sindicatos clasistas no se entiende una organización económica necesariamente controlada por el Partido, sino un organismo en el que existe una plena libertad de acción y de movimiento para una fracción organizada dentro del mismo. El resurgimiento de los sindicatos clasistas está ligado por tanto a la reanudación de la lucha de clase y no podría darse más que «en una situación de ataque» o directamente «de conquista del poder». La dinámica de los acontecimientos y no unos aprioristas ejercicios voluntaristas, resolvería la alternativa, el famoso dilema, conquista «incluso a estacazos» de los sindicatos actuales o bien «renacimiento ex-novo».
Al plantearse la alternativa en estos términos el Partido no podía asumir una actitud de cautela expectante, esperando que los acontecimientos resolviesen la cuestión, y decidió tomarel camino de la «conquista a estacazos» y organizarse allí donde sus debilísimos efectivos obreros lo permitían, en fracción interna en la CGIL. En este sentido hay que entender la última expresión:
«La diferencia entre ambas situaciones (la de 1921 y la de 1951) hace pasar a un segundo plano la cuestión de la dirección de D'Aragona, que no excluye nuestra acción de fracción en la CGL, o la dirección de Di Vittorio».
Decíamos que esto podría parecer contradictorio con la afirmación inicial acerca de la diferencia neta entre las dos organizaciones sindicales de la primera y de la segunda posguerra.Pero la cuestión hay que afrontarla en sentido dialéctico, precisamente en el sentido de la reversibilidad del proceso por parte del movimiento de clase, proceso que el Partido habría debido y podido favorecer (obsérvese la expresión «si se le sustrae...») mediante la conquista del sindicato existente.
Si la tendencia irreversible del capitalismo es la de encerrar al proletariado dentro de los sindicatos del régimen o en los del Estado, la tendencia irreversible del proletariado es la de reconstituir sus organismos de batalla, los sindicatos de clase. En la «Plataforma política» de 1945 el Partido reconoce que:
«Debe combatirse el criterio común tanto de la política fascista como de la democrática, de atraer al sindicato obrero dentro de los órganos estatales, bajo las distintas formas de su sometimiento a través de sistemas jurídicos. El Partido aspira a la reconstrucción de la Confederación sindical unitaria, autónoma respecto al Estado y que actúe con los métodos de la lucha de clase y de la acción directa contra la patronal, llegando desde las reivindicaciones locales y de categoría hasta las reivindicaciones generales y de clase».
La Izquierda, nada más terminar la guerra, nunca ha tenido ninguna duda acerca de la naturaleza de la CGIL «creada según el modelo de Mussolini», y la táctica adoptada para militar en sus filas para luchar contra las cúpulas oportunistas, no se apoya precisamente en considerar que se trata de un sindicato clasista controlado por el oportunismo. Una vez sentada y deducida para la historia según el método marxista la naturaleza de es