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LAS CAUSAS HISTÓRICAS DEL SEPARATISMO VASCO
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Content:

Las causas históricas del separatismo vasco
El marxismo ante el problema nacional y colonial
El caso irlandés
Los vascos. ¿Un origen misterioso?
Los vascos en la Antigüedad
Consideraciones acerca de la lengua vasca
El País Vasco en la Edad Media
Las Guerras Carlistas y el fin del régimen foral
El industrialismo y sus consecuencias
La irrupción del proletariado moderno: terremoto social
Fuerismo y Conciertos económicos
Nacionalismo vasco y movimiento obrero
De la Dictadura de Primo de Rivera la II° República
La II° República y el «Problema Vasco»
La Guerra Civil en el País Vasco
La posguerra en el País Vasco
EKIN-ETA: de los comienzos a la I° Asamblea
Las luchas obreras y su repercusión dentro de ETA hasta la V Asamblea
ETA: desde la V asamblea hasta la muerte de Franco
De la muerte de Franco al Estatuto de Guernica
Guerra Sucia contra ETA. Conexiones internacionales
Desde el Estatuto hasta hoy. Perspectivas futuras
Notes
Source


Las causas históricas del separatismo vasco
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Nuestra corriente ha sostenido siempre que los medios tácticos que el Partido puede emplear en determinadas áreas históricas y sociales, deben estar previstos y codificados en claras reglas de acción. La teoría del materialismo histórico permite al Partido revolucionario proletario, al Partido Comunista, prever los acontecimientos históricos en sus grandes líneas generales, evitando así un peligroso empirismo táctico que forzosamente influiría muy negativamente sobre la organización y el curso de la misma lucha proletaria. Hacer lo contrario, es decir buscar nuevas vías imprevistas, desconocidas por el conjunto del Partido, equivaldría, y de hecho así sucedió con la III° Internacional, a quebrar la monolítica estructura teórica y programática del Partido.

Es por tanto una necesidad vital para el movimiento revolucionario que ese rigor doctrinal y programático se plasme en líneas tácticas que no contradigan su naturaleza, determinada por la finalidad suprema de nuestro combate, la sociedad sin clases, por lo que en todo momento estas líneas tácticas siempre deben estar subordinadas al objetivo final, que es quien en última instancia las determina inexorablemente.

El abandono de estos principios marxistas básicos ha supuesto para el movimiento obrero internacional la más terrible de sus derrotas históricas. La mayor responsabilidad recae, sin lugar a dudas, sobre el estalinismo y su política de reniegos continuos y traiciones consumadas. No hay ni una sola de las grandes cuestiones sociales planteadas por la sociedad contemporánea, que no refleje la concienzuda y meticulosa tarea de falsificación llevada a cabo por ese ejército de contrarrevolucionarios profesionales.

Los planteamientos mecanicistas del oportunismo traidor en la así llamada cuestión nacional y colonial, muestran, y actualmente la guerra yugoslava constituye la enésima prueba de ello, cómo la burguesía y sus agentes una y otra vez intentarán confundir a los proletarios para que derramen generosamente su sangre, planteando como un fin en sí mismos unos objetivos que no son en modo alguno los históricamente suyos.

El marxismo ante el problema nacional y colonial
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El oportunismo ante la cuestión nacional se ha presentado siempre bajo dos formas. La primera ha negado que la constitución del Estado nacional fuera uno de los factores históricos decisivos a la hora de consolidar los fundamentos del orden burgués contra el antiguo régimen feudal y eclesiástico. Ya Marx y Engels tuvieron que combatir contra estos planteamientos, incluso dentro de sus propias filas, que en un contexto europeo de revolución burguesa antifeudal consideraban a las nacionalidades y a las luchas de liberación nacional como prejuicios caducos. Recuérdese la polémica surgida en el seno de la Internacional, tal y como reflejan las cartas de Marx a Engels con fecha 7 y 20 de junio de 1866.

La segunda forma, que ha causado más perjuicios al movimiento obrero que el indiferentismo de la primera, reconoce en la formación del Estado nacional burgués un elemento de progreso histórico frente a formas sociales caducas, pero aplica mecánicamente este principio allí donde la forma burguesa es ya un hecho consumado e irreversible, y allí donde la lucha antifeudal y anticolonial está legitimada históricamente, difunden en las masas proletarias el sagrado respeto a una ideología nacional patriótica y popular, totalmente idéntica a la de sus aliados burgueses.

Ya desde los tiempos del «Manifiesto» encontramos expuesta la posición marxista acerca del apoyo proletario a la burguesía revolucionaria en lucha contra el antiguo régimen feudal:
«
En esta etapa, los obreros forman una masa diseminada por todo el país y disgregada por la competencia. Si los obreros forman masas compactas, esta acción no es todavía consecuencia de su propia unión, sino de la unión de la burguesía, que para alcanzar sus propios fines políticos debe -- y por ahora aún puede -- poner en movimiento a todo el proletariado. Durante esta etapa, los proletarios no combaten, por tanto, contra sus propios enemigos, sino contra los enemigos de sus enemigos, es decir, contra los restos de la monarquía absoluta, los propietarios territoriales, los burgueses no industriales y los pequeños burgueses. Todo el movimiento histórico se concentra, de esta suerte, en manos de la burguesía; cada victoria alcanzada en estas condiciones es una victoria de la burguesía».

Por tanto, al existir ya desde 1848 la doctrina y el partido del proletariado, existe la explicación teórica de las luchas nacionales a la luz del determinismo económico, y en ella se establecen los límites y las condiciones de tiempo y lugar para el apoyo a las insurrecciones y a las guerras estatales de independencia nacional.

Marx y Engels establecieron estos límites en el área europea occidental (exceptuando a Inglaterra, país ya plenamente capitalista) desde 1848 a 1871, fecha en la que el aplastamiento de la Comuna de París por parte de dos ejércitos nacionales enemigos, puso de manifiesto la coalición de todas las burguesías europeas contra el proletariado y el cierre definitivo de las luchas de liberación nacional en ese área geohistórica.

No obstante, hay un caso, el irlandés, que no se cerrará definitivamente, con sus bien conocidas deficiencias, hasta bien entrado el siglo XX, y al cual Marx y Engels dedicaron una gran atención, pues en efecto Irlanda podía considerarse como la primera colonia inglesa, y la influencia de esta cuestión sobre el movimiento obrero inglés era determinante:
«
La clase obrera inglesa no hará nada mientras no se separe de Irlanda. La palanca debe ser aplicada en Irlanda. De ahí que el problema irlandés tenga tan gran importancia para el movimiento social en general» (Marx. Carta a Engels del 10 de diciembre de 1869).

El caso irlandés
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La referencia irlandesa es obligada por dos razones: en primer lugar nos suministra un ejemplo histórico, vivido y analizado directamente por Marx y Engels, de una lucha anticolonial y de liberación nacional en sus aspectos más claramente definidos, y en segundo lugar sirve para desenmascarar analogías que interesadamente se han establecido entre la historia irlandesa y la de otras zonas de Europa (País Vasco) y que presuntamente ofrecerían unas características de opresión nacional y colonial similares a las irlandesas.

Desde tiempos remotos Irlanda fue un territorio apetecido por toda clase de pueblos invasores. En las Islas Británicas, al remoto sustrato étnico preindoeuropeo, se le unieron las invasiones célticas que asimilando a la primitiva población aborigen suministraron un elemento étnico claramente diferenciado de los posteriores elementos invasores (germanos). Es en algunas zonas de Gran Bretaña (Escocia y Gales) y sobre todo en Irlanda donde la germanización de los aborígenes planteó más dificultades. La historia escrita irlandesa es la historia de las invasiones y de la resistencia a las mismas. Caerá definitivamente bajo el yugo inglés en el siglo XVII, y el burgués republicano Cromwell, abrirá las puertas a una particular limpieza étnica en la isla que continuará siglos después. La ocupación militar transformó a Irlanda en la primera colonia inglesa, impidiendo un desarrollo normal del comercio y de la industria.

Las bases para la posterior ruina económica de Irlanda y la masiva huida desesperada de millones de sus habitantes se fueron sentando durante estos años de máxima opresión y feroz represión de los levantamientos nacionales.

Así describe Marx, en uno de sus numerosos textos sobre la cuestión irlandesa, las raíces económicas de una verdadera opresión nacional y colonial:
«
d) Irlanda engañada y humillada al máximo. 1692 - 4 de julio de 1776. (año) 1698. El parlamento anglo-irlandés votó (como colonos sumisos) por orden de la madre patria un impuesto prohibitivo para la exportación de artículos de lana irlandesa al extranjero. 1698. En el mismo año, el parlamento inglés gravó la importación de productos irlandeses a Inglaterra y Gales con un impuesto alto y prohibió totalmente su exportación a otros países. Inglaterra aniquiló las manufacturas de Irlanda, despobló sus ciudades y echó a la población de nuevo al campo» (Marx. Proyecto de una conferencia sobre el problema irlandés. Dictada el 16 de diciembre de 1867 en la Asociación Cultural de Trabajadores Alemanes).

Más tarde incluso el campo sería un lujo demasiado grande para los campesinos irlandeses, tal y como refleja Marx citando al periódico irlandés «The Galway Mercury»:
«
La gente va desapareciendo rápidamente de la tierra en el oeste de Irlanda. Los landlors de Connaught están tácitamente combinados para desarraigar a todos los pequeños ocupantes, contra quienes se emprende una guerra regular y sistemática de exterminio... Diariamente se practican en esta provincia las más desgarradoras crueldades, cosa de la cual el público no tiene conciencia alguna» (Marx. «The New-York Daily Tribune», 22 de marzo de 1853 y «The People's Paper», 16 de abril de 1853).
Por eso a medida que iba desapareciendo la población, iba aumentando el número de cabezas de ganado propiedad de los terratenientes. Los datos que nos suministra Marx son esclarecedores:
«
III. EL PROBLEMA DE LA TIERRA. DISMINUCIÓN DE LA POBLACIÓN.
1841 - 8.222.664 habitantes; 1866 - 5.571.971 habitantes. En 25 años una disminución de 2.650.693. 1855 - 6.604.665; 1866 - 5.571.971. En 11 años una disminución de 1.032.694. No sólo disminuyó la población, sino que al mismo tiempo aumentó el número de sordomudos, ciegos, inválidos, dementes e imbéciles con relación al conjunto de la población. Aumento del número de reses entre 1855 y 1866 (...) Por consiguiente, aproximadamente un millón de cabezas de ganado vacuno, porcino y ovino, sustituyó a 1.032.694 irlandeses. ¿Qué ocurrió con estos irlandeses? La estadística de emigración nos da la respuesta
» (Marx. Proyecto de un discurso no pronunciado sobre el problema irlandés. 26-11-1867).

Esta emigración de los irlandeses desposeídos se dará sobre todo hacia Inglaterra y América. En Inglaterra es conocido el recelo con el que eran recibidos estos emigrantes por competir a bajo precio con los obreros ingleses. La Internacional dirigida por Marx y Engels, luchó decididamente en pro de la independencia de Irlanda y contra los recelos nacionales entre los trabajadores de ambos lados del Canal de San Jorge, pues éste era un requisito previo para la revolución social anticapitalista en Inglaterra.

Pero la atención de Marx y Engels no se centró única y exclusivamente en Irlanda. Su condena de las infamias colonialistas en África y Asia, y su apoyo a las luchas de liberación nacional en el siglo XIX (Polonia, Italia...), son de sobra conocidos, como lo es la crítica que dirigieron a la dirección burguesa de estos movimientos europeos (el irlandés incluido), poniendo en guardia al proletariado acerca de quién será el verdadero enemigo una vez que el estado nacional burgués sea una realidad. El peligro para la clase obrera se encontraba en sacrificar por esos intereses nacionales, una fuerza proletaria que estuviese ya desarrollada en base a un plan autónomo de clase, admitiendo que la doctrina y la política de la liberación nacional es un fin en sí misma, y forma eternamente un patrimonio común a burgueses y proletarios.

Como se ha señalado anteriormente este ciclo, en la Europa occidental y continental, se cerrará en 1871, precisamente tras el aplastamiento de la primera forma estatal proletaria que se dio en la historia: la Comuna de París. Desde este momento, los comunistas sólo tienen una perspectiva histórica en este área: la dictadura del proletariado.

Por lo tanto, y a modo de breve resumen, estos son los puntos básicos que todo revolucionario marxista debe defender en esta cuestión:
- La organización social y estatal feudal constituye un obstáculo para la formación de la nación unitaria moderna burguesa.
- La unidad nacional es una necesidad histórica ya que el mercado interior único, la abolición de los estamentos feudales, el derecho positivo común para todos los ciudadanos, la existencia de una lengua nacional (¡importantísimo medio de producción!) son condiciones previas para el triunfo futuro del comunismo.
- El proletariado y sus organizaciones apoyan a la burguesía en la lucha por la liberación nacional, en un contexto de revolución antifeudal y anticolonial, por la implantación del modo de producción capitalista.
- En presencia de un marco social capitalista y mercantil, rechazo del proletariado de cualquier fórmula nacional y reivindicación política de la dictadura del proletariado y de la revolución comunista internacional.

El cierre definitivo de las luchas de independencia nacional en todo el área Europea ha dejado, no obstante, en pie, numerosos problemas menores. La persistencia de estos problemas, más que el agudizamiento de presuntas opresiones nacionales pone de manifiesto el grado de influencia que ideologías caducas y reaccionarias tienen sobre sectores, a veces considerables, de la clase obrera. Largos años de contrarrevolución han tenido como resultado, no sólo la inexistencia física del partido en casi todo el mundo, sino también el auge de movimientos antiproletarios que agitando la hoy falsa bandera de la liberación nacional han conseguido hacer pasar objetivos puramente burgueses, como si fuesen de interés proletario.

El nacionalismo vasco reúne estas características.

Los vascos. ¿Un origen misterioso?
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No han escaseado ciertamente quienes han dedicado no pocos esfuerzos a la ardua tarea de buscar los orígenes de tal o cual grupo étnico. Y en la medida que una lengua ha quedado aislada de la familia lingüística que la agrupa, se recurre a teorías fantasiosas, que tienen más puntos en común con la mística que con la ciencia. Buscar los orígenes de los vascos equivaldría a buscar los orígenes de los pueblos indoeuropeos o de cualesquiera otros agrupados lingüísticamente. ¿Alguien puede afirmar taxativamente cuál ha sido el origen del primitivo lenguaje indoeuropeo, que agrupa a lenguas tan distantes como el sánscrito o el irlandés? Evidentemente la cuestión se simplifica mucho si se comprende que la especie humana forma una red inextricable, en la que todas las líneas están unidas entre sí. El cruce de distintas especies es estéril, por incompatibilidad genética, pero el cruce de razas es fecundo, por lo que tiene mucho más sentido científico y cabal hablar de los procesos evolutivos de la especie humana, más que hablar de los orígenes (dialécticamente negados) de éste o aquel grupo étnico particular. No obstante es un hecho innegable que unos grupos y otros poseen elementos diferenciadores, tanto en los rasgos fiso-anatómicos como en los medios de producción y superestructurales, pero estos elementos van siempre ligados a la adaptación al medio ambiente circundante, que es en definitiva el que condiciona sus relaciones económicas, sociales y religioso-culturales.

El elemento más claramente diferenciador de los vascos es indudablemente su lenguaje, cuya peculiaridad consiste en no haber sido emparentado oficialmente todavía (y no es un caso único) con ninguna familia lingüística conocida. Este factor ha sido uno de los pilares sobre los que se ha fundado el nacionalismo vasco y su consecuencia política, el separatismo tanto de Francia como de España y la pretensión, en realidad más propagandística que real, de formar un presunto estado nacional vasco.

El medio físico condiciona al hombre, y esto es válido también para los pueblos misteriosos. Hasta el momento no tenemos elementos de juicio para afirmar que los hombres del paleolítico que habitaban la cornisa cantábrica, eran los antepasados directos de una parte de los habitantes actuales. Pero sí podemos afirmar que el medio físico en el que desarrollaban su actividad ha proporcionado un modo de vida común al de otras zonas con características similares. Es más, en toda la zona franco-cantábrica, y en sus aledaños, la arqueología nos suministra elementos comunes a los de otras zonas de Europa: grupos humanos cazadores-recolectores, que habitaban en chozas y cuevas y que en estas últimas han dejado significativos restos de su peculiar manera de expresar sus anhelos y temores. En el País Vasco encontramos preciosas muestras de tal arte en las cuevas de Ekain, Santimamiñe o Alcherri, entre otras.

El así llamado patriarca de la etnología vasca, el cura Barandiarán, niega que durante la prehistoria el territorio vasco haya sido invadido por pueblos distintos al autóctono, explicando los cambios culturales, por contacto con otros grupos humanos, por lo que nos encontraríamos ante el pueblo más antiguo de Europa. Evidentemente lo que se esconde tras estas teorías es la afirmación de la pureza racial para sustentar las teorías nacionalistas, negando la existencia de algo a lo que ningún pueblo de la Tierra se ha podido sustraer: el mestizaje.

Los demás períodos prehistóricos posteriores (neolítico, metales, etc.) nos ofrecen un panorama en el País Vasco, muy similar al que ofrecen las demás áreas peninsulares y europeas. No obstante, los monumentos megalíticos vascos presentan diferencias entre ellos, ya estén situados al sur (zona más bien llana, agrícola) o al norte (zona montañosa). Los del sur suelen ser más grandes y complejos en su elaboración, y en su interior se han encontrado restos más ricos en variedad y elaboración que los del norte. Tanto los restos pertenecientes al periodo neolítico como a la primera edad de los metales llevan la impronta de la influencia europea y peninsular.

Esto, obviamente sintetizado al máximo, es cuanto nos ofrece la arqueología prehistórica en Vasconia, y es hora ya de referirnos a las primeras fuentes históricas escritas.

Los vascos en la Antigüedad
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Las referencias de los autores clásicos sobre los vascos, como en general sobre todos los pueblos que habitaban el norte de la Península Ibérica no son muy numerosas. No obstante se han conservado valiosísimos testimonios de primer orden que nos ofrecen una visión muy ajustada a la realidad en la que vivían aquellos grupos humanos.

La orografía y la climatología del norte peninsular confieren a esta región geográfica un carácter más o menos uniforme, en cuanto a medios de vida para los grupos humanos se refiere. Su montuosidad y su régimen pluvial determinaron una estructura económica que a razón de cuanto nos dicen los cronistas greco-romanos se podía englobar dentro del estadio medio de la barbarie con un marcado régimen matriarcal. La base económica de estos grupos humanos montañeses era esencialmente pastoril-agrícola y recolectora, de tal forma que el pan se fabricaba a base de las bellotas recogidas y molidas. Este terreno tan accidentado impuso una agricultura rudimentaria y pobre en variedad. Esto lo suplían los montañeses con frecuentes incursiones contra sus vecinos meseteños situados más al sur, ricos en grano y ganado.

Algunos autores clásicos, evidentemente prorromanos, cuentan que ésta fue la causa que pretextaron los romanos para declarar la guerra a los pueblos del norte (las famosas Guerras Cántabras), con el objetivo de proteger así a sus hipotéticos aliados. Algún autor moderno (Schulten) relaciona estas guerras con la insurrección de Aquitania en los años 29-28 a.d.C., ya que existe constancia histórica de vínculos estrechos (¿tal vez de tipo gentilicio?) entre Aquitanos y Cántabros. Pero al margen de esto, una razón suficientemente poderosa como para declarar la guerra a cántabros, astures y galaicos, era la existencia de importantísimos yacimientos de hierro (Cantabria) y de oro (Asturias). El sometimiento de las poblaciones nativas era el primer paso para la explotación comercial de estos recursos mineros y para suministrar la mano de obra esclava necesaria. La gran repercusión que tuvieron estas guerras cantábricas, hizo que esta región, hasta entonces incógnita para el mundo civilizado de la época, empezase a ser conocida.

A medida que la romanización fue progresando, estos pueblos fueron perdiendo parte de su fisonomía étnica y lingüística original, incapaces de contener por razones materiales el imparable y arrollador, pero a la vez civilizador, peso del latín, vehículo instrumental de la superioridad productiva y cultural del esclavismo romano.

Pero no todos los pueblos del norte sufrirían este proceso en la misma medida. Una serie de tribus conocidas más tarde con el nombre genérico de vascones, conservarán durante más tiempo su idiosincrasia étnico-lingüística. Los vascones, según los antiguos textos clásicos, eran los habitantes de lo que hoy constituye la totalidad de Navarra, una parte de Guipúzcoa, Logroño y Aragón. Junto a ellos habitaban una serie de pueblos tales como los autrigones, caristios y várdulos, que ocuparían el resto del actual País Vasco y buena parte de las regiones limítrofes.

Es un mito defendido interesadamente por los nacionalistas, la afirmación de la derrota romana ante los vascones. Pero lo cierto es que todo el sur del territorio vascón, rico en agricultura y ganadería, fue ocupado por Roma. El norte montañoso y con escasos recursos no atrajo el interés de los romanos, que tuvieron en Pamplona (Iruña en vasco, la «ciudad» por autonomasia), su límite urbano norteño de importancia. La participación de los vascones en el mundo romano no fue ciertamente escasa, del tal forma que aparecen menciones sobre soldados vascones sirviendo en las legiones romanas en los confines del imperio, y participando en los avatares políticos y en las guerras civiles tan comunes en la historia romana.

Consideraciones acerca de la lengua vasca
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La dominación romana y la progresiva adopción del latín abrirían una fractura lingüística en el territorio de los vascones, pues junto al territorio vascón del sur romanizado quedaba la parte norte, en la que la influencia romana no fue tan intensa. Un fenómeno similar se dio en la otra vertiente de los Pirineos, en Aquitania, aunque cambiando las coordenadas geográficas, ya que en este caso la influencia latina tenía dirección norte-sur. Esto haría que la lengua y la toponimia vascas, junto al mayoritario elemento no indoeuropeo, incluya gran cantidad de préstamos latinos y romances, y en mucha menor medida célticos.

Algunos lingüistas afirman que la lengua vasca la configuran en realidad una serie de dialectos, emparentados entre sí, pero distintos unos de otros, de tal forma que muchas veces era imposible que se entendieran entre sí hablantes de distintos dialectos. Es, en cierto modo, un fenómeno análogo al existente entre las lenguas románicas o entre otros grupos lingüísticos conocidos. Lo cierto es que en fechas recientes, la Academia de la Lengua Vasca, en su Congreso de Aránzazu de 1968, y teniendo en cuenta estas diferencias dialectales, aprobó oficialmente los criterios para unificar artificialmente estos dialectos estableciendo el euskera batua, o vascuence unificado, basado en gran parte en el guipuzcoano.

Ya hemos comentado anteriormente que el vasco o los dialectos vascos, no han podido ser incluidos oficialmente, hasta la fecha, dentro de ninguna familia lingüística. Con otras lenguas, como el etrusco o el ibérico, por ceñirnos al occidente europeo, sucede algo parecido. La diferencia es que los dialectos vascos han seguido siendo lenguas vivas, si bien su área de uso ha ido restringiéndose, ciñiéndose al mundo rural con el paso de los siglos, debido a la existencia de otras lenguas que sí eran claros vehículos de relaciones productivas modernas, es decir, las lenguas románicas con las que convivía.

Pero el hecho de que oficialmente el vasco no haya sido incluido aún dentro de ninguna familia lingüística conocida no es una causa como para afirmar que nunca pueda establecerse dicha clasificación.

Decía Marx en la «Miseria de la Filosofía», hablando de los trabajos de Rodbertus, que la primera condición para toda crítica es la ausencia de un criterio preconcebido. Muchos científicos, en materia lingüística, al igual que sucede con las demás ramas de la ciencia, tienen un límite establecido en sus investigaciones por sus propios intereses políticos, y en definitiva, de clase. De ahí que una cuestión, que aparentemente debería presentarse como inocua, el estudio comparativo de la lengua vasca, haya suscitado desde siempre intereses contrapuestos.

El marxismo no necesita, por cierto, servirse del argumento lingüístico para justificar la validez o no de una hipotética lucha nacional, ya que la lengua en sí misma no es más que un medio al servicio de las relaciones de producción, y éstas en el País Vasco, donde el arcaísmo y el modernismo siempre han convivido desde fecha remota, no se han fosilizado nunca, al contrario, han mostrado siempre un dinamismo del que han carecido, por circunstancias históricas que se verán en su momento, otras zonas presuntamente opresoras. Desde este punto de vista es como hemos abordado, con los materiales disponibles hasta la fecha, y contrastados convenientemente, estas consideraciones sobre el vascuence para confrontarlas con las manipulaciones de los amantes del exclusivismo racial.

Por simple deducción lógica, las lenguas más afines al euskera o vascuence deberían hallarse cerca de su área geográfica de difusión. Este área, la del vascuence propiamente dicho, no era ni mucho menos la actual. La toponimia de las regiones aledañas al País Vasco oficialmente reconocido ofrece elementos comunes con la vasca. Pero lo cierto es que fenómenos onomasiológicos de este tipo se dan prácticamente por toda la Península Ibérica, y también fuera de ella. ¿Una expansión vasca primitiva o más bien existencia de una familia lingüística pre-indoeuropea, de la cual el vascuence es el único representante actual en el occidente europeo? Todo parece indicar que se trata efectivamente de lo segundo.

A principios del siglo XIX, Wilhelm von Humboldt fue uno de los primeros que, con rigor hegeliano, intentó aproximarse científicamente al tema de la clasificación del vascuence. Con anterioridad otros autores habían abordado esta cuestión, pero con una metodología que más tenía de mística que de científica, utilizando los textos bíblicos como soporte de sus teorías e incluso inventando neologismos propios, inexistentes en la lengua hablada, para otorgar al vascuence un carácter culto del cual carecía (los curas Erro y Larramendi).

Humboldt hace una exhaustiva y pormenorizada exposición de la toponimia y la onomástica prerromanas extraída de los textos clásicos y establece, si bien nunca con un carácter absoluto, interesantes y sugestivas etimologías con la ayuda del vascuence.

Para Humboldt el vascuence:
«
No pertenece a ningún grupo de pueblos aislado, desgajado de lejanos continentes, sino a un antiguo tronco de pueblos, ampliamente esparcidos, íntimamente entrelazados en los primitivos destinos de la Europa occidental» («Primitivos pobladores de España y lengua vasca», pág.193. Ediciones Minotauro. Madrid 1959).

Con posterioridad a Humboldt, los lingüistas parecían encontrarse en un callejón sin salida. Era cierto que las hipótesis planteadas por Humboldt y por otros autores, eran sólidas, pero se encontraban con un hecho irrefutable: las inscripciones peninsulares en lenguas prerromanas no indoeuropeas, no sólo no se podían traducir con ayuda del vascuence actual, sino que ni siquiera se podían transcribir. Fue el arqueólogo Gómez Moreno el primero en transcribir en 1920 los textos en alfabeto ibérico a caracteres latinos. Pero pese a este grandísimo avance las inscripciones en la asíllamada lengua ibérica siguieron sin traducción posible.

Recientes investigaciones (denigradas sin argumentación válida alguna por los círculos vinculados al nacionalismo vasco) han puesto de manifiesto la posibilidad de traducción de algunos de estos epígrafes. Veamos un ejemplo.

En la Sierra de Gádor (Almería) se encontró en una mina de galena, en el año 1862, una plancha de plomo con la siguiente inscripción, leída de derecha a izquierda tal como sigue:
l° línea: UDUORUDUINOMSTARIENMÜ IIIIIIIII
2° línea: BISTEÜLESKEMSTARIENMU IIIIII
3° línea: EKOÜLESKEMSTARIENMÜ IIII
4° línea: ENÜLESKEMSTARIENMÜ III

Evidentemente esto no se corresponde, en apariencia, a ninguno de los dialectos vascos conocidos, por lo que a simple vista su traducción resultaría imposible. Pero si esas extrañas y largas palabras se segmentan la traducción no sólo es factible, sino que incluso es plenamente coherente con el lugar del hallazgo arqueológico. Se trataría de un balance de masas en una mina de galena, actividad que sería en gran parte responsable de la deforestación de esa parte del sureste español, ya que la fundición del mineral supuso el empleo de enormes cantidades de carbón vegetal, único combustible conocido en la época apto para tales tareas. Los posteriores análisis químicos de las escorias encontradas en fundiciones antiguas han confirmado la gran aproximación del balance ibérico y de la traducción con ayuda de los dialectos vascos.

1° línea: UDUORU - uduri, cisco, carbón muy menudo en alto navarro y labortano; DUIN - duin, justo, suficiente, ajustado, en vizcaíno; OM - on, provecho, beneficio, ganancia, bien, en vasco; ST (A) (O) - zto, abundante, copioso, en vizcaíno; ARI - ari, hilo, filón, veta en vasco; EN - en, partícula de genitivo en vasco; MÜ - muin, meollo, médula en vasco.

La segmentación sería por lo tanto: UDUORU / DUIN / OM / ST / ARI / EN / MÜ IIIIIIIII. Y su traducción tal como sigue: 'Extracto de la veta rica. Aprovechamiento de las medidas de cisco, 9'. Las restantes líneas se traducirían empleando idéntica metodología.

Por lo tanto, y a medida que las investigaciones vayan avanzando sin criterio preconcebido, quedará en evidencia lo absurdo que es plantear como algo definitivo y sin apelación, al estilo de las verdades eternas del iluminado Dühring, la existencia de un pueblo sin conexión en el espacio y en el tiempo.

Los avatares históricos de los dialectos o lengua vasca han sido los de una lengua marginal, relegada al mundo rural y a menudo asociada antaño con la ignorancia y el embrutecimiento debido a esto, pero al contrario de cuanto ha sucedido con el irlandés (perseguido y castigado su uso por el invasor inglés) el vasco no ha sufrido nunca una rigurosa prohibición oficial, ya que incluso tras la exaltación de los «valores de la raza y de la lengua españolas» durante los primeros años de la dictadura fascista de Franco, lo cierto es que ya en los años 50 se dio cierta apertura a la difusión escrita en vascuence, y ya en los años 60 empiezan a aparecer las primeras ikastolas, escuelas en lengua vasca.

Es innegable el hecho de que el vascuence ha sufrido un proceso de marginación debido al hecho, apuntado antes, de no haber podido servir como vehículo de nuevas fuerzas productivas, ya que su lugar fue ocupado en primer lugar por el latín, y luego por sus variedades dialectales. Estos factores económicos son los que han ido propiciando el paulatino retroceso del vasco, tal y como sucedió en el valle navarro del Roncal, donde el dialecto propio, el roncalés, ha desaparecido debido a la importancia de la transhumancia ganadera hacia el sur de Navarra y el contacto y superioridad técnica de las lenguas romances. Otros factores económicos igualmente importantes para determinar el retroceso del vascuence fue la repoblación de amplios territorios ganados a los moros y el descubrimiento y colonización de América, tareas en las que participaron no pocos vascos, por no hablar de la más moderna emigración, factor de importancia económica donde lo haya.

Respecto a la literatura escrita en lengua vasca, su desarrollo ha sido reciente. Los primeros textos (en 1545 aparece el libro de poemas de Bernard Dechepare) están escritos en dialecto labortano (Labourd, Francia) y siempre por curas. Será a partir del siglo XVIII cuando el guipúzcoano, gracias al comercio de ultramar, y al declive comercial de Labourd, cobre mayor fuerza literaria, que siempre será marginal en comparación con la literatura en romance. En el siglo XIX hay un auge de la literatura profana frente a la religiosa, reflejo en la lengua vasca de los contrastes cada vez más vivos entre la dinámica burguesía de las ciudades y un mundo rural anclado en relaciones arcaicas. No es por eso ciertamente casual el apoyo, constatable igualmente hoy en día, dado por los curas al potenciamiento del vascuence. Y esto por intereses de dominación de clase. Para el clero, el euskera de las gentes sencillas e ignorantes es una lengua a proteger frente a la irrupción de otras lenguas extrañas, ya que de esta manera se les protege de la contaminación ideológica exterior, manteniendo el dominio material e ideológico de las clases dominantes y de la Iglesia:
«
Nuestra lengua posee aún otra virtud y otra ventaja más. Así como la sólida muralla rodea el prado o la viña, así se alza nuestra lengua en los confines del País Vasco. Ella protege nuestras acendradas creencias, nuestros buenos hábitos y todas las antiguas costumbres, al mismo tiempo que aleja de nosotros las falsedades de los vecinos, sus torpes acciones y las semillas dañosas y extranjeras» (Arbelbide. «Igandea edo Jaunaren Eguna. El domingo o el día del Señor». Citado por Ibon Sarasola, «Historia Social de la Literatura Vasca», p.71).
Este mismo autor cita otra interesante alocución del obispo Freppel a otro pueblo presuntamente oprimido, los bretones:
«
Gardez votre langue: elle sera une garantie pour vos moeurs et un préservatif pour votre foi» (Conservad vuestra lengua: será una garantía para vuestras costumbres y una protección para vuestra fe).

Ya hemos visto, a grandes rasgos, cual ha sido el curso pasado del euskera o de los dialectos vascos. La manipulación histórica en esta cuestión ha sido permanente desde la aparición del movimiento nacionalista a finales del siglo pasado, pues precisamente la cuestión de la unicidad de la lengua constituye uno de los pilares básicos de la epopeya nacional vasca, epopeya que no es en modo alguno un producto histórico, ya que ha sido creada manipulando groseramente la Historia para ponerse al servicio de ideologías caducas y archirreaccionarias.

El País Vasco en la Edad Media
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El hundimiento del Imperio Romano y la irrupción violenta y a la vez regeneradora para un mundo decadente, de las tribus germánicas, tuvo los efectos característicos de un fuerte cataclismo social. La revuelta campesina de las bagaudae, que tuvo una incidencia general, sobre todo en la provincia Tarraconense y en el territorio vascón, fue en cierta medida la expresión de un descontento social que surgecoincidiendo con los estertores de una forma social agónica.

Al igual que sucedió con los romanos, los nuevos invasores germánicos demostraron poco interés por ocupar un territorio montañoso y pobre en recursos. No obstante la zona sur vasca, fue ocupada militarmente por los visigodos, levantando fortificaciones para defender esta rica zona agrícola y ganadera, de las incursiones de los montañeses. Tal será el origen de la fortaleza de Victoriacum, que más tarde daría su nombre a la capital alavesa, Vitoria, fortaleza defensiva erigida tras derrotar a los vascones en el año 581.

En este periodo medieval primitivo, el cristianismo, surgido en Oriente sobre el tejido social del esclavismo romano, poco a poco irá desplazando los antiguos ritos paganos prerromanos. Es una característica, no sólo del País Vasco, sino de todas las zonas montañosas del norte peninsular, la pervivencia de estos ritos, cuya imagen, evidentemente distorsionada, ha llegado incluso hasta nuestros días. Pese a algunas versiones interesadas, lo cierto es que la cristianización del País Vasco, exceptuando la zona sur romanizada, fue lenta y tardía. Aún en el siglo XII el relato de un peregrino francés a Compostela, Aymeric Picaud, nos muestra un Saltus Vasconum (la montaña pirenaica navarra) nada piadoso con los cristianos. Es lógico que unas zonas que permanecieron al margen de las grandes corrientes económicas y sociales de la Antigüedad, se mostrasen más refractarias a admitir una ideología y unas creencias propias de un sustrato social del cual carecían.

De esta convivencia entre el cristianismo del sur que avanza, y el paganismo al norte que retrocede, han quedado interesantes reflejos en la literaturaoral vasca. Así en las leyendas, los paganos o gentiles (gentillak) se presentan como seres con poderes extraordinarios y a menudo maléficos. También no deja de ser significativa la designación que en algunas zonas del País Vasco se emplea con respecto a los monumentos megalíticos, llamándoles Jentilleche (casa de los gentiles) o bien Jentilarri (piedra de los gentiles).

Llegará posteriormente la invasión-liberación (no se explica de otro modo su meteórica conquista de casi toda la Península) musulmana, ocupando Pamplona en el año 732. Más tarde, recobraría parcialmente su independencia, lo que sería el primer paso para la formación del futuro reino de Navarra, manteniéndose tributaria durante algún tiempo de los musulmanes. Será la invasión musulmana y la reconquista cristiana posterior, lo que dará una fisonomía particular al Medievo español que no comparte con ningún otro país de Europa. Marx lo expone como sigue:
«
En la formación de la monarquía española se dieron circunstancias particularmente favorables para la limitación del poder real. De un lado, durante el largo pelear contra los árabes, la península iba siendo reconquistada por pequeñas partes, que se constituían en reinos separados. Durante ese pelear se adoptaban leyes y costumbres populares (...) la lenta redención del dominio árabe mediante una lucha tenaz de cerca de ochocientos años dio a la península, una vez totalmente emancipada, un carácter muy diferente del que presentaba la Europa de aquel tiempo». (Marx. «La España Revolucionaria». «New York Daily Tribune», 9 de septiembre de 1854).

Es en este periodo donde se plasman y adquieren carácter de futura ley, las libertades locales, los FUEROS, que junto al surgimiento de nuevas unidades estatales (los distintos reinos peninsulares unificados más tarde en una monarquía absoluta), y la decadencia de las ciudades, condicionarán el devenir histórico no sólo del País Vasco, sino de toda España. Como reconoce Marx:
«
A medida que declinaba la vida comercial e industrial de las ciudades, se hacían más raros los intercambios internos y menos frecuentes las relaciones entre los habitantes de las distintas provincias, los medios de comunicación se fueron descuidando, y los caminos reales quedaron gradualmente abandonados. Así la vida local de España, la independencia de sus provincias y de sus municipios, la diversidad de su vida social, basada originalmente en la configuración física del país y desarrollada históricamente en función de las diferentes formas en que las diversas provincias se emanciparon de la dominación mora y crearon pequeñas comunidades independientes, se afianzaron y acentuaron finalmente a causa de la revolución económica que secó las fuentes de la actividad nacional» (Marx. «La España Revolucionaria». «New York Daily Tribune», 9 de septiembre de 1854).

Paralelo a este proceso de atomización local foralista, se da el de la transformación del latín vulgar en los nuevos y dinámicos dialectos romances, que en Vasconia, surgiendo en zonas de bilingüismo de difícil delimitación, estrecharán cada vez más el cerco impuesto al vascuence por el latín. El romance se convierte en vehículo de comercio, en emblema lingüístico del desarrollo de las villas y ciudades. De tal forma que los comerciantes y los nobles vascos pronto empiezan a olvidarse del vascuence, símbolo plebeyo y vulgar, y en las cortes de Navarra y Castilla sólo se hablará romance. Incluso se utilizará la cuestión de la lengua como discriminante social, ya que se exigirá saber leer y escribir en romance para acceder a cargos públicos. Este tipo de disposiciones encerraba una doble trampa ya que los campesinos de habla romance tampoco sabían leer y escribir en su propia lengua materna, con lo cual el acceso a esos cargos públicos quedaba reservado siempre a las clases dominantes. Además, una clara prueba de la pérdida progresiva del carácter abierto que tuvieron las primitivas instituciones locales medievales en el País Vasco y en el resto de España, lo tenemos en la instauración de la elegibilidad a partir del dinero que se tenía. Así, en la villa de Azpeitia, en Guipúzcoa, a finales del siglo XV eran concejables 300 vecinos, de un total de 3.000. En el siglo XVIII, con 5.000 vecinos sólo eran concejables unos 50.

En este periodo medieval el País Vasco oscilará entre una y otra de las dos grandes unidades estatales influyentes en su territorio: Castilla y Navarra. Reflejo de ambas tendencias serán las guerras banderizas, que serán de esta forma algo más que una simple guerra entre clanes señoriales, como las que se daban en otras zonas de España o de Europa. La ayuda prestada por el poder Real de Castilla a las ciudades para contrarrestar la influencia nobiliaria se plasmará en la institución de las Hermandades, que en las provincias vascas serán un instrumento de primer orden para poner freno a la arbitrariedad señorial. La realeza favorecerá igualmente la fundación de villas con régimen especial, y no tardará en surgir la rivalidad entre estas villas de protección real y las anteiglesias, villas menores junto a los jaunchos o señores locales, y en este enfrentamiento se encuentra, en parte, el germen de las guerras carlistas del siglo XIX en el País Vasco.

Pese a la argumentación ofrecida en contra por los nacionalistas, lo cierto es que de la unión de las provincias vascas a Castilla, se beneficiaron enormemente el comercio en general y las clases dominantes en particular. El mantenimiento de los fueros locales y provinciales otorgó a las principales villas y ciudades vascas un instrumento poderosísimo para originar una primitiva acumulación de capital que posteriormente las convertirán en una de las zonas económicas e industriales más potente de España, si bien nunca se pudieron redimir del carácter atrasado que presentaron frente al desarrollo de otras ciudades europeas. Así mientras en Castilla la insurrección de las ciudades (La Guerra de las Comunidades en 1521) frente al absolutismo, redujo considerablemente el alcance económico de los fueros, sentando las bases para una ignominiosa decadencia económica y social, las provincias vascas tuvieron en el mantenimiento del régimen foral un factor de crecimiento económico de primer orden. Pero más tarde, con el surgimiento de nuevas relaciones productivas, capitalistas, este régimen foral se transformará en una traba para el desarrollo económico y social.

El estudio del contenido de los fueros pone de manifiesto las grandes ventajas económicas que ofrecían a las provincias vascas. Su estructura interna no sufre en realidad grandes modificaciones a lo largo de la existencia del régimen feudal, ya que surgen y mueren con él tras el advenimiento del moderno régimen capitalista. Echemos una breve ojeada a las ventajas del régimen foral, sin olvidar su ámbito restringido y su incompatibilidad con un mercado nacional unitario moderno. A la libertad de comercio y las barreras arancelarias junto a las aduanas internas, se le unen las exenciones aduaneras de cara al exterior y una menor presión fiscal. Las garantías personales también eran notables: instauración del habeas corpus, prohibición de confiscar los bienes del acusado. Los bienes son inembargables por deuda que no «proviniese de delito». Prohibición del tormento a los presos salvo herejía, lesa majestad, falsificación de moneda y sodomía. Régimen militar especial: exención del servicio militar en tiempos de guerra (así se contaba con una masa de jóvenes intacta,en un periodo de guerras permanentes, para prevenir invasiones desde Francia)...

Será la supresión de este régimen foral, incompatible ya con las necesidades del moderno capitalismo, pero que era sumamente ventajoso para un sector de las clases dominantes vascas (la burguesía rural o jaunchos) lo que provocará un enfrentamiento armado, que no será un enfrentamiento nacional, como presenta la historiografía de cariz nacionalista, sino un choque social, de clases con intereses económicos contrapuestos.

Las Guerras Carlistas y el fin del régimen foral
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Como hemos apuntado anteriormente, el País Vasco es una zona en la que modernidad y arcaísmo han coexistido desde tiempos remotos. Mientras que por un lado encontramos un desarrollo considerable en ciertas ramas de la industria (ferrerías famosas en toda España desde los siglos XV y XVI, e industrias navales), por otro, encontramos elementos agrarios de marcado arcaísmo, esto sobre todo en las zonas montañosas que imposibilitaban la adaptación en la misma medida de los avances técnicos originados en las grandes extensiones agrícolas de las zonas llanas.

Serán algunas villas principales las que, al amparo del especial régimen Real y foral que disfrutaban, empiecen a destacarse económicamente sobre el resto. Entre ellas Bilbao y San Sebastián (Donostia en vascuence). De ahí que el odio de los jaunchos y de las anteiglesias contra estas ciudades haya sido constante durante siglos. Antecedentes de estos conflictos, anteriores a las guerras carlistas ya aparecen en las machinadas del siglo XVIII. Es durante este siglo cuando se va a ir gestando un malestar en ciertos sectores sociales vascos, aquellos que quedaban excluidos de los grandes negocios de ultramar o que se veían afectados especialmente por ciertas medidas adoptadas durante el reinado de Carlos III (traslado de aduanas y aumento de la presión fiscal). Un factor importante digno de tenerse en consideración, y que ayudaría a comprender el estado de ánimo de un sector de la clase dominante rural (jaunchos) en este periodo, sería el hundimiento de las exportaciones de productos relacionados con el hierro debido a la competencia internacional, sobre todo sueca. Desde la Edad Media estos jaunchos fueron los propietarios de una gran parte de las ferrerías vascas, y férreos defensores del mantenimiento del régimen foral que les otorgaba un régimen muy favorable de cara a su mercado natural, el español. La supresión del régimen foral por parte del liberalismo burgués, pondráa la jaunchería en pie de guerra.

Igualmente el campesinado, no sólo vasco, sino de otras zonas de España se alzará contra el liberalismo, pero por razones muy distintas a las del moderno proletariado. Las medidas desamortizadoras no contribuyeron a satisfacer la sed de tierra del campesinado pobre español, (para eso habría sido necesaria una Gran Revolución, pero España no era Francia), y la gran cantidad de tierras ofrecidas al mercado fueron a parar en su mayor parte a quienes poseían el dinero necesario para comprarlas, es decir, a la burguesía y a los grandes propietarios, que empeoraron la situación de los arrendatarios al aumentar las rentas. Junto a los terrenos eclesiásticos fueron expropiados muchos terrenos comunales, que contribuían a hacer más llevadera la áspera y miserable vida campesina. No fue ciertamente ajeno el País Vasco al revolucionamiento burgués de las relaciones de producción. El campesinado pobre, verdadera carne de cañón de las reaccionarias pretensiones del carlismo, vio en éste la única posibilidad de retorno a una precaria estabilidad que el liberalismo en su versión hispana le negaba. Una serie de medidas de tipo fiscal y económico impuestas por los gobiernos liberales constituyeron en realidad el mejor banderín de enganche para la causa carlista. La burguesía y las ciudades se enfrentaban al campo, y este enfrentamiento llevaba implícito el fracaso de la burguesía liberal española para vincular históricamente los intereses de un campesinado mayoritario a los del movimiento de las ciudades. Así lo recoge Marx, citando al nada sospechoso de revolución general Morillo:
«(...)
si las Cortes [de 1820-23] hubieran aprobado la ley de los derechos señoriales y desposeído, en consecuencia a los grandes de sus fincas rústicas en favor de las multitudes, el duque [el Duque de Angulema que dirigió la expedición absolutista de los «Cien mil hijos de San Luis»] se habría enfrentado con amenazadores ejércitos, nutridos de fuerzas patrióticas que se habrían organizado espontáneamente, como sucedió en Francia en circunstancias análogas» (Marx. «La España Revolucionaria». 21 de noviembre de 1854).

Del mismo texto extraemos esta otra citación que Marx reproduce del libro «Guerra Civil en España», escrito por el general San Miguel en 1836:
«
Los numerosos decretos de las Cortes encaminados a mejorar la situación material del pueblo no podían dar con tanta rapidez los resultados inmediatos que requerían las circunstancias. Ni la reducción de los diezmos a la mitad ni la venta de las fincas de los monasterios contribuyeron a mejorar la situación material de las clases agrícolas inferiores. La última medida, por el contrario, al poner la tierra de manos de los indulgentes frailes en manos de los calculadores capitalistas, empeoró la situación de los antiguos arrendatarios, debido a la elevación de las rentas, con lo que la superstición de esta numerosa clase, instigada ya por la enajenación de los bienes de la Iglesia, obtuvo más pábulo por el impacto de los intereses materiales lesionados».

De esta forma, en 1833 el choque político entre las dos formas sociales se traduce en choque militar, comenzando la así denominada I° Guerra Carlista al morir Fernando VII, ese rey al que
«
le tenía sin cuidado jurar en falso, ya que disponía siempre de un confesor presto a concederle la plena absolución de todos los pecados posibles» (Marx).
Pero en España, la revolución burguesa llevará, paradójicamente, el sello monárquico. Marx explica esta paradoja como sigue:
«
Debido a las tradiciones españolas, es poco probable que el partido revolucionario triunfara, de haber derrocado la monarquía. Entre los españoles, para vencer, la propia revolución hubo de presentarse como pretendiente al trono. La lucha entre los dos regímenes sociales hubo de tomar la forma de pugna por intereses dinásticos opuestos. La España del siglo XIX hizo su revolución con ligereza, cuando pudo haberle dado la forma de las guerras civiles del siglo XIV. Fue precisamente Fernando VII quien proporcionó al partido revolucionario y a la revolución un lema monárquico, el nombre de Isabel, en tanto que legaba a la contrarrevolución a su hermano Don Carlos, el Don Quijote de losautos de fe» (Marx. Ibidem).
De aquí el nombre de carlistas para designar a los partidarios de la reacción antiliberal y clerical, y el de isabelinos para designar a los liberales, que en un primer momento recibieron el nombre de cristinos en referencia a la regencia de María Cristina.

En el País Vasco el desarrollo de la I° Guerra Carlista puso de manifiesto el enfrentamiento, gestado desde hacía mucho, entre Bilbao, San Sebastián, Pamplona, Vitoria... por un lado, frente a las villas menores y las aldeas. Donostia cumplía en Guipúzcoa el papel que Bilbao desempeñaba en Vizcaya:
«
San Sebastián vivió durante casi un siglo, en franca pugna con el resto de la provincia. Guipúzcoa era principalmente agrícola. San Sebastián principalmente marítima y comercial. Los elementos directores de San Sebastián habían hecho sus fortunas con el ejercicio del comercio. Los prohombres de Guipúzcoa eran los mayores terratenientes de la provincia, poseedores de los grandes vínculos heredados. Los donostiarras eran suministradores. Los guipuzcoanos, consumidores. San Sebastián quería las aduanas en la frontera como lo estaban entonces durante el trienio constitucional [1820-23, ndr]. Guipúzcoa las quería en el Ebro y el tránsito libre con Francia. San Sebastián necesitaba la unificación política. Guipúzcoa se aferraba a sus instituciones autónomas. San Sebastián era proteccionista. Guipúzcoa librecambista. San Sebastián liberal y progresista. Guipúzcoa absolutista» (José Múgica, «Carlistas, Moderados y Progresistas», citado por Juan José Solozabal. «El primer nacionalismo vasco», pág.266. Tucar Ediciones. Madrid).

Ciertos documentos de la época muestran claramente el carácter burgués y comercial de las grandes ciudades vascas y su choque con el mundo rural, y dan, en gran medida, la explicación a la primitiva acumulación de capital que se realizó en el País Vasco. Así, la
«
Memoria justificativa de lo que tiene expuesto y pedido la ciudad de San Sebastián para el fomento de la industria y comercio de Guipúzcoa»,
redactada en 1832, precisamente en un periodo de contracción comercial debido a la pérdida de las colonias americanas, tras examinar los títulos de propiedad, señala que:
«(...)
los gastos de la primera adquisición se costearon o por un ferrón emprendedor, o por un comerciante establecido en América, o por un navegante, que en la clase de maestre, de capitán, de general, de gobernador de alguna Isla o Provincia, hizo su caudal que trajo al país, o por un prelado o clérigo que debió acaso su carrera, si no su Dignidad, a los medios y a los servicios de sus parientes empleados en la navegación o en el comercio, o tal vez por algunos de los empleados en los dominios inmensos de la corona de Castilla, que no ha mirado como advenedizos a los naturales de este país, sino como a hermanos de los demás españoles. Hemos examinado bastantes títulos de esos, hemos hallado que su origen es siempre alguno de los que van indicados, y estamos por ver uno solo en que conste que los beneficios de la agricultura hayan provisto los fondos para alguna adquisición de importancia, o para uno de los desmontes, construcciones y fábricas de consideración» («Memoria...» pág.35-36. Citado por Solozabal, op.cit. pag.268).
Este texto, redactado en la víspera de la I° guerra carlista, pone de manifiesto, además, el temor de la burguesía vasca a quedarse aislada ante la hostilidad, cada vez más manifiesta del mundo rural circundante, plenamente consciente de que su destino está ligado al del resto de la España liberal y burguesa.

Pero la «Memoria» también recoge el sentimiento antiforal existente:
«
El hecho es que no hay ni puede haber comercio ni industria en el estado actual de cosas; que sin comercio no puede subsistir esta Ciudad; que el único medio de obtener esta manera de subsistir, es consentir en una mudanza administrativa, y entonces la verdadera cuestión es la siguiente¿ha de mantenerse el sistema presente que destruye el comercio imposibilitando en el hecho su ejercicio, o ha de consentirse en una mudanza de resguardos que deje expedita la facultad de comerciar; ha de sacrificarse la existencia de las clases comercial e industrial a la conservación de las prácticas del país, o ha de sacrificarse alguna de esas prácticas a la conservación de los comercios e industrias? (...)» (pag.114. Solozabal, op.cit.pag.270).

Bilbao y San Sebastián, por su gran influencia económica, fueron desde el comienzo de la primera guerra carlista un objetivo prioritario. Fue en Bilbao donde el genio militar del general carlista Zumalacárregui, fracasó ante la bien defendida capital liberal, en cuyo sitio, en 1835, perdería la vida, y el carlismo a su mayor estratega militar. El asedio y la resistencia bilbaína tienen un contenido simbólico de primer orden, ya que ilustra perfectamente el fracaso de un viejo mundo que se desmorona ante la solidez inconmovible de nuevas relaciones productivas.

La guerra continuaría con algún que otro episodio de fugaz peligro para la capital del reino, Madrid, que en 1837, tuvo a los carlistas en sus mismas puertas. Por lo que respecta al País Vasco, en 1839el Acuerdo de Vergara serviría como fórmula de compromiso en la que se reconocían ciertos aspectos del régimen foral en Navarra y en el País Vasco. A esto se opondrá la burguesía donostiarra, ya que no se daba una solución válida al problema de las aduanas ni se contrarrestaba el gran peso político de los jaunchos en las juntas provinciales guipuzcoanas. Bilbao se mostrará más proclive al pacto, ya que el carecer de una ubicación fronteriza terrestre y el hecho de haber sufrido un durísimo asedio que influyó muy negativamente en la marcha de su economía, le predisponían al compromiso ante el peligro, en realidad más infundado que real, de una nueva guerra contra la jaunchería y una masa campesina hostil. En realidad el espíritu del Acuerdo de Vergara era el de atacar a fondo la estructura del régimen foral, manteniendo una fachada de conservación del mismo, para acallar los recelos de la masa social del carlismo. De ahí que la burguesía liberalno se pronunciase directamente contra los Fueros, pero de hecho los fue privando progresivamente de contenido ya que una serie de disposiciones forales, importantes, pero anacrónicas en un marco social y económico cada vez más capitalista, fueron suprimidas. Así sucedió con el servicio militar que se hizo obligatorio como en el resto de España; los impuestos que harían que se revisaran los privilegios fiscales vascos; la derogación de ciertos derechos ciudadanos incompatibles con una constitución burguesa (según la ley foral solo los hidalgos ricos podían ser elegidos para los cargos públicos); supresión del pase foral (una protección contra los abusos del poder central, clara reminiscencia medieval que chocaba contra el centralismo, necesario para el régimen burgués); y la aplicación del régimen judicial español y el traslado de las aduanas, situándolas en la frontera con Francia.

La incompatibilidad del sistema foral con las necesidades del mercado nacional e internacional era, pues, manifiesta. Pero no obstante serían necesarias otras tres décadas para que el sistema foral fuese definitivamente liquidado en 1876, tras finalizar la II° y última guerra carlista.

Mientras tanto, la particular revolución burguesa española proseguía su lento avance. Ya hemos visto cómo explicaba Marx el carácter dinástico del liberalismo español:
«
Bajo tales banderas se llevó la lucha desde 1831 hasta 1843. Luego hubo un final de revolución, y a la nueva dinastía se le permitió probar sus fuerzas desde 1843 hasta 1854. De este modo, la revolución de julio de 1854 llevaba implícito necesariamente un ataque a la nueva dinastía; pero la inocente Isabel estaba a cubierto, gracias al odio concentrado contra su madre; y el pueblo festejaba no sólo su propia emancipación, sino la emancipación de Isabel, liberada de su madre y de la camarilla» (Marx. «La revolución en España». «New York Daily Tribune», 18 de agosto de 1856).
Pero pronto se demostró qué intereses defendían realmente Isabel II y las clases sociales que amparaban su mandato:
«
En 1856, el velo había caído, y era ya la misma Isabel quien se enfrentaba con el pueblo mediante el golpe de Estado que fomentó la revolución. Con su fría crueldad y su cobarde hipocresía se mostró digna hija de Fernando VII, el cual era tan dado a la mentira que, a pesar de su mojigatería, jamás pudo convencerse, ni con la ayuda de la Santa Inquisición, de que personajes tan eminentes como Jesucristo y sus apóstoles dijeran la verdad» (Marx. «La revolución en España». «New York Daily Tribune», 18 de agosto de 1856).
Marx expone igualmente el papel desempeñado por el ejército como instrumento de la burguesía liberal, un ejército que en 1856 ya había concluido su misión revolucionaria. De ahí la conclusión de Marx:
«
La próxima revolución europea encontrará a España madura para colaborar con ella. Los años de 1854 a 1856 han sido fases de transición que debía atravesar para llegar a esta madurez». (Marx. «La revolución en España». «New York Daily Tribune», 18 de agosto de 1856).
Paralelamente a esto, la transformación de la arcaica estructura económica española empezaba a tomar cierta envergadura, y el País Vasco no podía sustraerse a la tónica general. No obstante los conflictos que conllevó la coexistencia del régimen foral con las necesidades del moderno capitalismo, tuvieron su reflejo en el parlamento. Los jaunchos, que no habían perdido su representatividad, prueba de que seguían conservando gran parte de su influencia económica y política, acogiéndose a la ideología del fuerismo, clamaban contra una serie dedisposiciones que, según ellos, atentaba contra los intereses vascongados. Una de ellas fue la Ley de Instrucción Pública del ministro Claudio Mollano, que imponía una enseñanza unificada. Los jaunchos exigían que fuesen las Diputaciones (controladas por ellos), las que nombrasen a los maestros. La pretensión era obvia: se trataba de manejar un arma ideológica de primera magnitud, la escuela, para ponerla al servicio de unos intereses de clase determinados y de esta manera contraponerla al avance de nuevas y perniciosas ideas. Los temores de los jaunchos, que en este sentido eran los de la burguesía española y europea, estaban fundados, pues un espectro recorría Europa:
«
¿Veis asomar en el horizonte, hacia la parte del Mediodía, un espectro sangriento y monstruoso? Pues ese espectro es la Revolución, con sus atavíos de socialismo, del cual ya hemos visto hasta ahora algunos engendros. Si ese espectro llega a ser cuerpo, si ese espectro avanza, estad seguros de que la Reina, los hombres de bien, la sociedad que se trate de destruir, encontrarán uno de los núcleos de resistencia en las Provincias vascas» (Discurso del diputado fuerista Barroeta Aldamar en 1864. Citado por Maximiano García Venero, «Historia del nacionalismo vasco», pág.213).

No obstante ciertos aspectos del modernismo si serán bien vistos por la jaunchería. Es el caso de la construcción del ferrocarril en las provincias vascas. En 1846 y en 1849 hubo alzamientos carlistas en Cataluña y Valencia (los matiners) sin despertar ningún entusiasmo en el País Vasco y Navarra. La concesión del ferrocarril a Vizcaya tuvo lugar en 1845. En 1860 tuvo lugar un levantamiento carlista en San Carlos de la Rápita, Andalucía, dirigido por el mismísimo pretendiente Carlos VI en carne y hueso. Este alzamiento, que fracasó estrepitosamente, no fue secundado tampoco en lo más mínimo por sus correligionarios vascos y navarros. Precisamente debido a la concesión, en 1860 estaba en plena construcción la línea férrea Madrid-Irún. La complicidad de los carlistas norteños con el gobierno liberal no es de extrañar, ya que las ventajas económicas que el ferrocarril traía consigo no eran nada desdeñables, ni siquiera para los más refractarios al progreso. De cualquier modo cabe preguntarse cuál era la fuerza social de los jaunchos para poder arrastrar en beneficio propio, ingentes masas campesinas. La respuesta se encuentra en las relaciones de tipo caciquil, fenómeno que se dio por toda España pero agudizado por la cuestión de los fueros en el País Vasco. El jauncho o cacique, era el influyente propietario rural, y sus relaciones con sus vecinos, eran las de todo propietario con sus arrendatarios:
«
Si se analizan una serie de contratos de arrendamiento de mediados del siglo XVIII en la zona de Azpeitia, se observa rápidamente que los inquilinos de los caseríos estaban sometidos a condiciones que recuerdan en mucho a las 'corvées'. El inquilino de un caserío cualquiera del mayorazgo de Loyola comenzaba por pagar las décimas al patrono de la iglesia (que era el mismo señor de Loyola) y una cantidad fija en especie que gravaba su producción; después, además, debía trabajar para el señor, haciéndole carbón, vigilándole sus viveros, plantándole árboles o llevándole la mitad de las manzanas del año a la plaza que aquel o su administrador le señalasen» (Alfonso de Otazu y Llana. «El igualitarismo vasco: mito y realidad», pág.389-390).

Hay otra versión interesadamente descafeinada de las relaciones entre propietarios y arrendatarios, que nos presenta un panorama idílico donde la crudeza de las relaciones económicas es sustituida por un irreal paternalismo:
«
Aquí el propietario lejos de ser un tirano del colono, es un protector, un amigo, un padre (...). El paño de lágrimas del inquilino es siempre el propietario [sic] que le auxilia en sus necesidades, le consuela y visita en sus enfermedades, le defiende cuando se ve atropellado [¿por quién? ndr] y le aconseja cuando tiene necesidad de consejo» (Antonio de Trueba. «Organización Social de Vizcaya en la primera mitad del siglo XIX», pág.612. Bilbao 1870. Citado por Solozabal, op. cit. pág.250).
Evidentemente esto no es más que una manera harto grosera de disimular la explotación económica del colono por el propietario, que constituye la razón de ser económica de este tipo de relación en cualquier lugar de la Tierra.

A la situación de opresión por parte de los jaunchos en la que vivían gran parte de los arrendatarios y pequeños campesinos propietarios vascos, se añadió el cataclismo social provocado por la pérdida de los terrenos comunales y los efectos de la gran industria capitalista sobre la frágil estructura de la industria rural. Sin embargo, fue fácil para los señores locales, desviar la tensión social con ayuda de los curas, hacia el enemigo liberal, en un proceso que recuerda, en cierta medida, a La Vendée durante la Gran Revolución francesa. Fue en esta ocasión donde por vez primera la conservación de la lengua vasca se mostró como un factor político de primer orden, ya que los jaunchos y los curas se dirigían a la masa campesina en su lengua materna, la única que entendían, lo cual unido a la capacidad de presión económica de los propietarios, en un periodo donde el aumento de la población hacía escasear las casas y la tierra, y a la incapacidad, señalada antes, de la burguesía liberal para ligar sus intereses con los del campesinado, hizo que el carlismo y los intereses sociales que lo sustentaban, contasen con unas masas campesinas dispuestas a todo con tal de volver al sistema foral genuino, que el menos les garantizaba una existencia, mísera pero estable.

Las amenazas constantes para el régimen foral y las clases beneficiadas por él, se plasmaron, tras la «Revolución de 1868» y el acceso al trono español de Amadeo de Saboya, en la Segunda Guerra Carlista, que continuó después de la abdicación de Amadeo de Saboya, el primer rey huelguista, como ironizaba Engels. En ella, vemos una repetición del drama social que tuvo lugar treinta años antes, aunque en esta ocasión, hubo mayor participación en el bando carlista de sectores de la pequeña burguesía arruinada. Las capitales vascas y Pamplona, como en 1834, se mantuvieron liberales, mientras que el resto del territorio apoyó en masa al carlismo. El bilbaíno Miguel de Unamuno refleja en su magistral Paz en la guerra la polarización de la sociedad vasca en este periodo, ligando los intereses de las clases enfrentadas a los avatares de dos familias, los Arana (liberales) y los Iturriondo (carlistas). Los fundamentos ideológicos de estos últimos los expresa bien Unamuno:
«
¿Qué es lo que esperaban cuando la sociedad se derrumbaba, les amenazaba el caos y se acercaban las aguas del diluvio; cuando estaba la religión de sus padres oprimida, la patria ultrajada, la monarquía legítima vilipendiada y amenazada la propiedad; cuando se lamentaba el sacerdote mendigando su sustento, gemía la virgen del Señor y los amos de negros de Puerto Rico eran amenazados en sus intereses?¡Vencer o morir!».
Tal era el estado de ánimo que movía a las masas carlistas, y que produjo la aparición de fenómenos atávicos de fanatismo criminal, como las partidas guerrilleras del Cura Santa Cruz, que en realidad no fueron sino la expresión desesperada de un régimen condenado por la historia a desaparecer.

Las guerras carlistas fueron liquidadas definitivamente en 1876, y es a partir de este periodo cuando, una vez suprimidos los obstáculos forales para la industrialización, la gran acumulación de capital realizada por la burguesía vasca se plasme en un desarrollo vertiginoso de la actividad industrial y comercial. Ello supondrá el triunfo definitivo del mundo moderno y mercantil sobre una sociedad rural tradicional, y la aparición de nuevos conflictos de clase y sus exponentes políticos.

El industrialismo y sus consecuencias
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Como apuntábamos en la primera parte de este trabajo, la derrota militar del carlismo y de los intereses clasistas por él representados, despejó el terreno para una profunda transformación económica y social del País Vasco. Será éste un proceso que no involucrará por igual a cada una de las provincias vascas, ya que primeramente serán Vizcaya y en menor medida Guipúzcoa, los territorios que asistan a un mayor desarrollo industrial.

Las fuentes del desarrollo industrial vasco en esta etapa tienen sabor a hierro. Desde los tiempos históricos, con la invasión romana, los yacimientos de mineral de hierro cantábricos fueron objeto de atención. No obstante, lo abrupto del terreno y en consecuencia la escasez de grandes vías de comunicación impidieron la explotación masiva de estos yacimientos por Roma, que buscó minas más accesibles en otras zonas de Hispania y del Imperio.

Ya en plena sociedad industrial capitalista, el hierro vizcaíno, pobre en fósforo, fue comprado masivamente por la industria siderúrgica europea, en especial por la inglesa, no siendo escasa ciertamente la aportación de capitales extranjeros, sobre todo ingleses, a la industria minera vasca. Este activo comercio proporcionó a los propietarios de las minas una gran acumulación de capital, favorecida por las medidas del gobierno de Madrid, como por ejemplo, una nueva reducción de los impuestos a la exportación de hierro, adoptada nada más terminar la guerra carlista en 1876 (1). Poco a poco las riendas del poder económico y político van pasando plenamente a manos de este sector de la alta burguesía vasca, que va ligando sus intereses de manera indisoluble con el resto de la oligarquía española y también europea. Este doble hecho, la acaparación del poder económico y del poder político en detrimento de los derrotados jaunchos, será uno de los factores primordiales para el surgimiento de la ideología nacionalista. Pero de esto hablaremos más adelante.

A medida que crecía la demanda de minerales de la industria europea, crecía igualmente la producción de hierro vizcaíno. En tan sólo 10 años (1870-1880), con el paréntesis forzoso de la tercera guerra carlista, la producción de hierro pasa de 250.000 toneladas a 2.683.000. Semejante incremento trajo consigo el desarrollo progresivo de una industria de transformación, en especial siderometalúrgica, y una mejora y ampliación de las vías de comunicación, en especial de los ferrocarriles y de los puertos. Precisamente el puerto de Bilbao se va a convertir en esos años en uno de los principales puertos españoles.

Este periodo va a otorgar al País Vasco el mayor incremento demográfico, la máxima densidad en vías férreas, la máxima inversión y acumulación de capital y el máximo desarrollo en la matriculación de buques de toda España...¿No es éste un caso atípico de colonialismo? Como hemos visto ya, el marxismo establece que el aspecto principal que caracteriza a un régimen de explotación colonial es precisamente la imposibilidad material de que la colonia pueda desarrollar sus fuerzas productivas propias en un sentido moderno y capitalista, debido a la opresión ejercida por la metrópoli. Teniendo en cuenta esto, todo el andamiaje teórico que sustenta el presunto carácter colonial del País Vasco y también de Cataluña se derrumba ante la realidad material, mostrando de esta forma su verdadero carácter antihistórico y antideterminista.

La irrupción del proletariado moderno: terremoto social
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La abundancia de trabajo en las minas vizcaínas atrajo a numerosos proletarios de otras regiones españolas, los maketos (2), sobre todo de las zonas limítrofes, que huyendo de la miseria secular del campesinado pobre ibérico aspiraban a mejorar sus condiciones de existencia. En las minas de Vizcaya encontraron, sí, mejores jornales que en otras zonas mineras españolas, pero esto iba acompañado de brutales condiciones de trabajo y de existencia fuera del tajo.

El panorama de feroz explotación reinante en aquellos años terribles en las minas vizcaínas, es una copia del que reflejaba Engels, cincuenta años antes en su clásico libro sobre la situación de la clase obrera inglesa. Tras sufrir una durísima jornada de trabajo (que sólo tras la huelga minera de 1890 se rebajó a 10 horas) los trabajadores eran amontonados en barracones o debían alojarse en chabolas carentes de las más mínimas condiciones higiénicas. Así describía estos tugurios infectos el periódico bilbaíno «El Nervión» con fecha 14-10-1894:
«
Habitaciones de tablas con cuartos reducidos, donde viven hacinados seres humanos, sin luz apenas, pues las ventanas son estrechísimas; en el interior de aquellas viviendas la vida se hace insoportable a los cinco minutos, tal es el hedor que allí se siente».
Junto a esto, el pago en muchos casos se efectuaba a través de unos vales con los cuales los mineros debían comprar obligatoriamente en las cantinas de la empresa, originándose de esta forma abusos y fraudes de todo tipo (truck-system).

En un primer momento, las primeras reacciones obreras contra la bestial explotación capitalista las configuraron, tal y como recoge el «Manifiesto», luchas aisladas que pronto pusieron en evidencia la necesidad de una organización más amplia. Luchas pioneras de este tipo aparecen ya en 1872, con la huelga de los obreros de la fábrica Nuestra Señora del Carmen en Baracaldo, o la huelga de panaderos de Bilbao en 1884, derrotada al emplearse al ejército para sustituir a los huelguistas. Las movilizaciones obreras que tuvieron lugar en 1890 y su éxito parcial, contribuyeron en gran medida a impulsar el desarrollo en Vizcaya del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), enucleado alrededor de una figura carismática, el toledano Facundo Perezagua Pérez. Éste, debido a represalias patronales y a las recomendaciones del máximo dirigente socialista, el siempre reformista Pablo Iglesias, se trasladó al País Vasco desde Madrid con el objetivo de crear nuevos núcleos socialistas (3).

La gran huelga de 1890 merece un breve comentario por ser el primer episodio reivindicativo de gran envergadura que sacudió el panorama social vizcaíno de aquellos años. El movimiento se originó el 13 de mayo espontáneamente en la cuenca minera, muy próxima a la capital vasca, Bilbao, demandando la supresión de los barracones, del truck-system, la readmisión de obreros despedidos y la jornada de 8 horas. Los mineros impidieron, a través de grandes piquetes, la incorporación de esquiroles al trabajo, extendiendo la huelga a los centros metalúrgicos bilbaínos. En la fábrica La Vizcaya, hubo una refriega con las fuerzas del orden burgués produciéndose un muerto y varios heridos. La respuesta obrera fue la radicalización del conflicto decretándose la huelga general, por primera vez en Vizcaya, en todo el sector minero y fabril. Del carácter espontáneo y de las carencias organizativas de este generoso movimiento dan fe las declaraciones del cónsul inglés en Bilbao:
«
los mineros estaban completamente desprovistos de fondos que les permitiesen mantenerse» (Citado por Juan Pablo Fusi en «Política Obrera en el País Vasco», 1880-1923, pág.92).
La mediación de Perezagua y los socialistas trajo consigo la renuncia a la acción directa proletaria y la negociación de un laudo, que pese a todo se mostraba ligeramente favorable a los trabajadores, aunque los asquerosos y odiados barracones, cuya eliminación exigían los mineros, no desaparecieron.

Este movimiento huelguístico asustó tanto a la burguesía (grande y pequeña) que sus órganos de prensa lo reflejaron muy claramente:
«
El daño está en que los trabajadores han aprendido que por caminos semejantes a los que ahora han tomado es por donde pueden esperar alguna consideración y justicia» («El Imparcial» (entrecomillado nuestro, ndr) 28-5-1890. Fusi, op. cit. pág.95).

De cualquier forma, muy pronto pudo comprobar la burguesía que, en lo que a la dirección del PSOE se refería, sus temores eran en gran parte infundados. Aprovechando el encarcelamiento de Facundo Perezagua, el ala ultrarreformista del PSOE manifestaba así sus intenciones, tras un intento de copar la dirección del partido en Vizcaya:
«
El partido socialista es un partido naciente, que antes que todo quiere la legalidad y no perturbar el orden ni exterminar a los burgueses, como estos suponen» dejando claro que: «somos enemigos de los disturbios y no queremos que éstos partan del partido socialista» (José Aldaco en un mitin en Bilbao el 14-6-1891. «Noticiero Bilbaíno-El Imparcial» 16-6-1891. Fusi, op. cit. pág.126).
Muy pronto, esta será la línea dominante en dicha organización, propiciada además desde la dirección del partido y acatada por todos, incluso por Perezagua hasta su ruptura en 1921 para formar, junto a otros escindidos, el Partido Comunista de España.

De todas maneras la actitud de los socialistas vascos en este primer periodo, de cara a los trabajadores, tuvo que ser por fuerza distinta de la mantenida por el Comité Nacional de Madrid. La razón de este hecho estriba en que Madrid, pese a tratarse de la capital del Estado, no dejaba de ser un mero centro burocrático-administrativo con pocas industrias, mientras que Bilbao reunía, al igual que sucedía con Barcelona, todos los requisitos que la convertían en la capital industrial del norte peninsular, y por tanto en centro activo de un movimiento obrero poco controlado organizativamente por el Partido Socialista, y por ello mismo demasiado tendente a la acción directa. Pero tanto en Vizcaya, como en Cataluña, como en Madrid, el virus del cretinismo parlamentario había penetrado profundamente dentro del partido socialista español. Y desde 1891, tras el Congreso de Bilbao, la política del partido estará supeditada al resultado electoral, dando progresivamente un valor de fin en sí mismo a lo que se planteó en un principio como un medio, dirigiendo y sacrificando las luchas obreras en aras de este objetivo, siguiendo en esto las grandes corrientes degenerativas que empezaban a afectar por igual, a casi todos los grandes partidos socialistas europeos.

Los primitivos núcleos socialistas vascos no tardarán en extenderse desde Vizcaya a la vecina Guipúzcoa. Así, en San Sebastián y en Eibar se crearán los primeros centros socialistas guipuzcoanos, dándose la circunstancia de que más tarde será Eibar, con su especializada industria de armamento, uno de los puntos fabriles con mayor afiliación sindical proporcional de toda España. No obstante los choques de clase entre proletariado y burguesía, en este primer periodo, no alcanzarán en Guipúzcoa la virulencia registrada en Vizcaya. Diversos factores influirán en ello, pero uno de importancia, sin lugar a dudas, será la inexistencia de minas y barracones dándose por tanto una estructura urbanística diferente, lo cual posibilitaba que muchos de los obreros de las fábricas y talleres, que eran de origen campesino, siguiesen manteniendo en parte su modo de vida tradicional fuera del trabajo.

En enero de 1892, el incumplimiento por parte de los capitalistas del laudo dictado por el general Loma en 1890, motivó una nueva huelga espontánea que pronto sería encauzada por los reformistas del PSOE. La combatividad de los trabajadores se vió saboteada en aras de la política electoral mantenida por la dirección del partido. De esta manera, la política conciliadora de la dirección será la única política oficial también entre los socialistas vascos, de tal forma que en 1894, el PSOE aborta una huelga minera, conduciéndola dentro de los cauces de la «legalidad» (4).

Fuerismo y Conciertos económicos
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En otro apartado hemos hecho mención a las incontestables ventajas que las leyes forales otorgaron desde la Edad Media a las provincias vascas, pero la irrupción del mercantilismo capitalista hizo que muchas de estas leyes forales chocasen abiertamente con las necesidades del nuevo modo de producción. A la hora de hablar de fuerismo hay que hacer una clara distinción entre el fuerismo defendido por los grandes capitalistas vascos y el otro que presentará un cariz más popular. El fuerismo de la gran burguesía vasca no será otra cosa que la obtención de mayores ventajas económicas y fiscales del gobierno de Madrid, aprovechando para ello la negociación de los Conciertos económicos desde el año 1878. Estos Conciertos económicos consistían en otorgar libertad a las Diputaciones provinciales vascas para recaudar impuestos, estando obligadas a entregar al gobierno una cantidad pactada previamente. Ni que decir tiene que, tal como sucede hoy día, estos Conciertos económicos favorecían a los industriales y a los comerciantes más ricos. Los impuestos que afectaban a las actividades industriales y comerciales eran mucho menores que los que gravaban otras actividades, sobre todo las relacionadas con el mundo rural.

El proceso de acumulación capitalista en el País Vasco a finales del siglo XIX, propició una rápida concentración de poder económico y político en manos de un restringido número de burgueses (5), cuyos intereses chocarán frontalmente no sólo contra los del proletariado industrial, sino también con los de otros sectores de una burguesía media y pequeña que no estarán para nada conformes con el reparto de la plusvalía arrancada a los obreros. En un primer momento, tras la derrota del carlismo, estos sectores de jaunchos descontentos, con el apoyo de una masa campesina abrumada por impuestos y deudas, van a agruparse alrededor del planteamiento fuerista. Este será el fuerismo de cariz popular al cual nos hemos referido con anterioridad.

Uno de las principales demandas políticas de estos fueristas, será la reivindicación de la vuelta al status quo anterior a 1876 (e incluso a 1839). Se hacía patente que estas reivindicaciones reaccionarias no eran sino el reflejo político de la insatisfacción que entre los jaunchos provocaban los Conciertos Económicos pactados entre la oligarquía industrial y financiera vasca y el gobierno de Madrid, su aliado natural. Expresión material de este descontento serán los disturbios de carácter fuerista acaecidos en el verano de 1893. La causa hay que buscarla en la pretensión del ministro de Hacienda, Gamazo, de aumentar las contribuciones fiscales en el próximo Concierto Económico con las provincias vascas, la reorganización militar y el consiguiente traslado de la Capitanía General de Vitoria a Burgos. Hubo varios muertos y heridos en Alava y San Sebastián.

Será a partir de este fuerismo, heredero directo del carlismo que, pese a ser derrotado militarmente aún sobrevivía ideológicamente, donde empiecen a madurar los planteamientos que más tarde, en 1895, cobren cuerpo político a nivel organizativo con la creación del Partido Nacionalista Vasco (PNV).

La evolución de estos núcleos de fueristas bizkaitarras, promotores intelectuales de una ideología propiamente nacionalista con una fuerte retórica separatista (6), es lo que pretendemos sintetizar a continuación.

Nacionalismo vasco y movimiento obrero
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Bizkaitarras (vizcaínos) se denominarán en un primer momento, y no es para nada casual la elección de este nombre. Ya hemos visto que fue precisamente Vizcaya la zona de Vasconia donde más crudamente se mostrarían los efectos del moderno capitalismo industrial y de sus antagonismos de clase. El frágil equilibrio del mundo rural vasco saltaba de esta manera hecho pedazos ante la irrupción de las nuevas fuerzas productivas y de los componentes clasistas que le eran propios. Por eso, la añoranza de un ambiente rural idílico es algo que marcará, de manera determinante, esta primera etapa del nacionalismo vasco y de toda la producción intelectual y artística que la acompañe.

Un fuerte componente anticapitalista aparece en los primeros años de la organización nacionalista vasca. Pero se tratará de un anticapitalismo muy particular, ya que por un lado las críticas hacia el industrialismo serán ásperas y frecuentes, pero por otro, y no podía ser de otra forma tratándose de la burguesía media y pequeña, la irresistible atracción del mundo de la explotación y de la ganancia tendrá sus efectos. Por eso, no es difícil encontrar juicios del género:
«
¡Plegue a Dios que se hundan en el abismo los montes de Bizkaya con su hierro!¡Fuera pobre Bizkaya y no tuviera más que campos y ganados y seríamos entonces patriotas y felices!» (Sabino Arana. «¡Claridad!» en «Bizkaitarra», nº19, 20-1-1895);
y junto a esto aparecen actividades bastante lejanas no sólo de Euskadi
(7), sino también de las apacibles labores campesinas, como la especulación en Bolsa y la aventura industrial de los hermanos Arana (los fundadores oficiales del PNV, entre otros) con su sociedadminera Abertzale (Patriota) situada en plena Maketonia, concretamente en las Minas del Ibor en Navalmoral de la Mata, provincia de Cáceres.

Además, en las críticas acerbas que se lanzaron en aquellos años contra el capitalismo desde los sectores nacionalistas, quedan patentes dos cosas: la primera, la impotencia de esos sectores de la burguesía (los fueristas-nacionalistas) que llegaban tarde al reparto del pastel, y por otro un feroz odio antiproletario, que con plenos caracteres xenófobos y racistas, recaerá sobre los proletarios explotados que habían acudido a Euskadi desde Maketonia.

Uno de los aspectos más característicos del nacionalismo vasco, si bien actualmente se presenta convenientemente maquillado por razones electorales, es la oposición frontal a los obreros de otras regiones y a sus movilizaciones para mitigar la brutal explotación que sufrían. El clarividente nacionalista Engracio de Aranzadi nos explica, con rigor científico, el verdadero origen de la emigración maketa a Vizcaya (con analogías históricas incluidas):
«
Aquella invasión del siglo V, tan vivamente manifiesta por los historiadores, vemos reproducirse hoy, bárbara y salvaje como aquella, pero con la esencial diferencia de ser ésta empujada por Satán, cuando la germana fue dirigida por la admirable y sapientísima Providencia Divina» («Bizkaitarra», nº35, 5-9-1895).
Tras equiparar a los obreros con las huestes de Pedro Botero, (como haría Franco 40 años después), será ahora Sabino Arana quien reproche a los capitalistas el haber propiciado la invasión maketa enla plácida Euskadi:
«
Con esta invasión maketa, gran parte de la cual ha venido a nuestro suelo por vuestro apoyo (¡sic!), para explotar vuestras minas y serviros en los talleres y en el comercio, estais pervirtiendo la sociedad bizkaina, pues cometa es ése que no arrastra consigo más que inmundicia y no presagia más que calamidades: la impiedad, todo género de inmoralidad, la blasfemia, el crimen, el librepensamiento, la incredulidad, el socialismo, el anarquismo... todo ello es obra suya» («Claridad». «Bizkaitarra», 20-1-1895).

Como prueba de la invasión maketa, Sabino Arana (Obras Completas Tomo I) efectuará por estas fechas, una minuciosa indagación sobre la pureza e impureza racial de una villa asaz emponzoñada étnicamente como Bilbao:
Apellidos más comunes (habitantes que lo llevaban en Bilbao en 1893):
Euskéricos: Echevarría 716, Aguirre 369, Arana 349, Zabala 290. Total 1.724.
Españoles: García 995, Fernández 892, Martínez 864, González 786. Total 3.537.

La meticulosa y trascendente investigación (ejemplo de actividad intelectual al servicio de las limpiezas étnicas) viene a remachar, según Arana, con argumentos numéricos el carácterinvasor de los maketos. Pero lo cierto es que la terminación en EZ o IZ de muchos apellidos castellanos no representa otra cosa que «hijo de...». No se nos interprete mal: un hijo de Fernando llevaría como apellido Fernández, un hijo de Martín, Martínez, y así sucesivamente. Las fuentes documentales medievales del País Vasco y Navarra, nos muestran un panorama patronímico lleno de tales ejemplos (¡y de Garcías!), prueba irrefutable de cuanto se afirmaba en la primera parte de este trabajo, acerca de la transformación del latín vulgar en territorio vasco hasta configurar una serie de lenguas románicas, cuya convivencia con los dialectos vascos es datable desde hace muchos siglos. Evidentemente no iremos rebatiendo una por una las falsificaciones de todo tipo sobre las que los hermanos Arana y sus compinches han construido in vitro la epopeya nacional vasca, entre otras cosas, porque las bases de tan ardua tarea ya se han establecido en la primera parte de este trabajo.

Lo que sí seguiremos viendo será el papel antiproletario y antisocialista jugado por los bizkaitarras, y por la misma dirección del Partido Socialista, en cada una de las fases de su desarrollo organizativo, fases que van a estar determinadas por la coyuntura económica y social española.

No era de extrañar que, careciendo de organismos genuinamente clasistas, los planteamientos xenófobos y plenamente racistas de los nacionalistas, provocasen en los obreros provenientes de otras regiones un sentimiento de odio y aversión hacia todo lo vasco. Los dirigentes del Partido Socialista se hicieron partícipes de ello, y una vez más demostraron no estar a la altura de la doctrina y del programa del marxismo revolucionario. Es cierto que muchos obreros de origen vasco estaban mejor considerados por los patronos, pero este fenómeno,allí donde se daba, no tenía ninguna connotación racial o étnica. Una parte de los obreros vascos, sobre todo de origen campesino y sometidos a la influencia secular de los curas, se mostraron en un primer momento, más dóciles y sumisos con los patronos, y esto abriría la primera brecha entre ellos y los trabajadores provenientes de otras zonas de España. Esta división fue fomentada por las aberrantes teorías de los bizkaitarras y por la inadecuada réplica del partido socialista, que en lugar de llevar a cabo una política de acercamiento entre todos los trabajadores, sin atacar a la lengua materna de los obreros vascos, cayó en la trampa tendida por los nacionalistas.

Veamos como planteaba Sabino Arana el «entendimiento» entre trabajadores nativos y foráneos:
«
Los baserritarras (los proletarios vascos de origen campesino, ndr) [...]¿habían de unirse y asociarse con la hez del pueblo maketo, si corrompido en las ciudades, más degradado en sus campos?».
Y respondía dirigiéndose a ese obrero vasco baserritarra:
«
si realmente aspira a destruir la tiranía burguesa [...]¿dónde mejor que en el nacionalismo, que es la doctrina de sus antepasados, la doctrina de su sangre, podrá conseguirlo? Y si aun del partido nacionalista se recela y se teme que haya en su seno diferencias entre burgueses y proletarios, entre capitalistas y obreros,¿por qué los obreros euskerianos no se asocian entre sí, separándose completamente de los maketos y excluyéndoles en absoluto, para combatir contra esa despótica opresión burguesa de que tan justamente se quejan?¿No comprenden que, si odiosa es la dominación burguesa, es más odiosa aún la dominación maketa?» (Sabino Arana. «Las pasadas elecciones». «Baserritarra», nº5. 30-5-1897).
Frente a este intento claramente hipócrita de dividir a la clase trabajadora, los dirigentes del PSOE respondieron, en la mayoría de los casos, con una política de crítica poco dialéctica no sólo del reaccionario nacionalismo vasco, sino también, y lo que es peor, de oposición abierta a todo lo vasco, lengua incluida. Este fatal error de valoración teórico-táctica arrojaría a muchos obreros vascos en manos de los nacional-clericales, y sus consecuencias perdurarán, como veremos más adelante, incluso hasta hoy día.

Dentro de esta pugna político-electoral entre el PSOE y los bizkaitarras, y sobre todo, debido al temor que suscitaban entre los burgueses de todo género las masivas y a menudo violentas movilizaciones obreras, se abrió un debate dentro del PNV para buscar la manera de afrontar esta cuestión. Sabino Arana designó a su joven pupilo Tomás Meabe para que estudiase el socialismo, con el objeto de conocerlo mejor y asestarle así golpes más certeros. Esa tarea de estudio dio sus frutos, y poco más tarde Meabe abandonaría las filas nacionalistas integrándose en el Partido Socialista, donde por cierto, se convertiría en uno de sus más activos propagandistas, aunque tendiendo con excesiva frecuencia a un anticlericalismo simplón que muy poco tenía que ver con la crítica marxista del fenómeno religioso.

A finales del siglo pasado, y debido a la guerra de Cuba y Filipinas, el gobierno español reprimió todos los intentos de separatismo. De esta manera el gobierno civil de Vizcaya cierra el periódico Bizkaitarra y llega a encarcelar a varios de los líderes nacionalistas, entre ellos a Sabino Arana. De cualquier forma el trato que recibían no era ni mucho menos el ofrecido por el Estado burgués a los obreros. El semanario socialista bilbaíno La lucha de clases (nº5, 28-9-1895) ironizaba acerca de este trato de favor, reflejo evidente de que pese a todo, los bizkaitarras no dejaban de ser unos hijos díscolos de la burguesía: «(...) Son tan buenos 'nuestros' representantes que no pueden ver una injusticia. Los chicos de la prensa también les apoyan y piden clemencia por ellos. Es que a los periodistas les irrita también toda arbitrariedad. Verdad es que cuando son obreros y socialistas los perseguidos injustamente, ni los diputados se conmueven, ni la prensa se preocupa de ellos. Verdad es, también que los chicos del Euskeldun (8) pertenecen a distinguidas familias. Y todavía hay clases».

No obstante, pese al clima de guerra abierta en Cuba y Filipinas, y las cada vez mayores tensiones con el futuro supergendarme mundial, lo cierto es que el PSOE pactó la paz social con el gobierno, no saboteando la guerra y practicando un platónico pacifismo, a cambio de ciertas mejoras en las condiciones de trabajo para la clase obrera. Dicha paz social se romperá en 1898, con gran pesar de los reformistas, con la reanudación de las luchas obreras debido a la crisis económica y las carestías consiguientes. Con motivo de la huelga de los obreros de la Diputación vizcaína, en marzo de 1898, los dirigentes del PSOE adoptaron la siguiente postura:
«
Nosotros somos los primeros en lamentar esta forma de hacer las huelgas, pues si los obreros de la Diputación, por sí y ante sí, declaran una huelga, ellos solos deben continuarla, contando únicamente con el apoyo moral y pecuniario de todos los obreros de las minas, que debieran seguir ocupados en los trabajos» («La Lucha de Clases», 19-3-1898).
Se trataba, y no era el primer caso, de una huelga espontánea decidida libremente, en esta ocasión por los obreros de la Diputación y que se salía del marco establecido por los reformistas que no era otro que el mantenimiento a ultranza de la paz social, y allí donde estallaban las luchas espontáneamente, tomar rápidamente su dirección para que los obreros no fuesen nunca más allá de los límites marcados por la estrategia electoral del partido. Así, y pese al evidente pucherazo llevado a cabo por los grandes caciques vascos Chavarri y Martínez Rivas en las elecciones de marzo de 1898, la dirección socialista se mostraba firme en sus convicciones:
«
El camino de la violencia no debemos recorrerlo nunca, ni jamás debemos abandonar el ejercicio de nuestros derechos» («El Socialista», 8-4-1898).
Posición remachada meses más tarde por el patriarca del socialismo hispano, Pablo Iglesias, ya que según él, la burguesía:
«
se debe convencer de una cosa: que nosotros no tratamos de arrebatarle el poder por los medios que ella empleó, la violencia y la sangre, sino por medios de derecho» (Declaraciones al periódico bilbaíno «El Liberal», 4-10-1898).

Desde el final de la, por razones obvias, breve guerra entre España y los Estados Unidos, una oleada de huelgas sacudió todo el país hasta el año 1903. En julio de 1899, se planteó la huelga general en Vizcaya ante el despido de unos trabajadores en Altos Hornos. La negativa de la dirección del PSOE a extender la huelga hizo que este movimiento reivindicativo terminase en una completa derrota obrera. Esto se tradujo en una notable deserción de los trabajadores de la organización sindical socialista, la UGT. Los bizkaitarras, por su parte, dejaron muy clara su postura respecto a este conflicto:
«(...)
no podemos menos que vituperar la conducta cobarde y hasta criminal seguida por los huelguistas» («El Correo Vasco», nº15, 18-6-1899).

Pese a los miserables intentos de los reformistas, en octubre de 1903 estalla una formidable huelga minera que