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ARGENTINA Y EL MUNDO
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Argentina y el mundo
Imperialismo y subdesarrollo
Y viene la crisis de 1975
Las dificultades de los años 90
La situación actual
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Argentina y el mundo
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Argentina se ve afectada desde hace meses por una grave crisis financiera, cuya causa inmediata es el peligro de bancarrota ligado al constante riesgo de insolvencia de la espantosa deuda externa, cuyo aumento une cada vez más a la economía del país a la voluntad y a las imposiciones de los centros imperialistas del capitalismo mundial, sus prestamistas.

La deuda externa es un efecto del superpoder del imperialismo sobre los países subdesarrollados, y no constituye ni la primera ni la única causa de la crisis, como quieren hacernos creer los movimientos contra la globalización que están tan de moda, que reivindican, como solución a los males, la condonación de la deuda. Estas posiciones, expresión de la miopía política de la pequeña burguesía soñadora, en el ámbito mercantil, que pretende un mundo utópico y reaccionario a «medida del hombre», o mejor de las propias empresas, no tienen en cuenta el hecho de que son las leyes las que regulan el funcionamiento del modo de producción capitalista, implantado en distinta época y formas en las diversas áreas del mundo, y que son estas mismas leyes las que determinan inevitablemente el desarrollo desigual de las diversas zonas y, en un cierto estadio la servidumbre económica y por lo tanto mercantil, de los estados menos desarrollados frente a los estados capitalistas más desarrollados y poderosos.

La dependencia económica tiene por tanto raíces mucho más profundas, y se deben buscar en la dinámica evolutiva de la economía capitalista en las grandes áreas geo-históricas.

Imperialismo y subdesarrollo
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Argentina, como toda América Latina en la actualidad (a excepción de Brasil), tras el «descubrimiento» de las Américas, fue conquistada y colonizada por la corona española.

España basó durante siglos su sistema de explotación en el saqueo sistemático de los recursos minerales, utilizando los puertos argentinos para embarcar los metales provenientes de las regiones andinas. La agricultura y la ganadería no han tenido peso económico alguno durante un largo periodo, teniendo la única finalidad de proveer el sustento de los trabajadores de las minas, indios reducidos a esclavos.

La propiedad de la tierra se concentró en manos de los latifundistas, que explotaron primero a los esclavos en las encomiendas, y después a los peones con el sistema del peonaje, forma intermedia entre la servidumbre y el trabajo asalariado. Se formó así una oligarquía terrateniente de latifundistas criollos y una burguesía comercial criolla, muy débil.

La oligarquía terrateniente - empeñada, para desarrollar el sistema de la gran mono producción, en abrirse a los mercados ingleses en gran expansión respecto a los asfixiados comercios españoles - y la burguesía comercial urbana, todavía debilísima respecto a la potencia comercial inglesa y a los latifundistas locales - interesada en la creación de un estado nacional para poder desarrollar las premisas necesarias para el nacimiento del capitalismo industrial - son empujadas a combatir contra la corona española que con su monopolio sobre los comercios obstaculiza el desarrollo de las fuerzas productivas argentinas que necesitaban urgentemente tener vía libre para ligarse al carro del mercantilismo inglés.

De esta acumulación de tensiones históricas nace la independencia de Argentina de España obtenida con la ayuda interesada de Inglaterra. En la lucha por la independencia, las clases dominantes argentinas se guardaron bien de consentir que la lucha desembocase en una insurrección abierta de las plebes campesinas.

Por tanto, a falta de una revolución burguesa radical desde abajo, que rompiese netamente con las trabas económicas ligadas al predominio de la oligarquía en el capitalismo agrario y que abriese, con la introducción de la moderna empresa agrícola capitalista, los mercados rurales a las mercancías urbanas, el Estado que nacerá de la independencia se regirá por el equilibrio y el compromiso entre la débil burguesía y los latifundistas contra las clases pobres rurales. El capitalismo que se desarrollará en seguida estará irremediablemente condicionado por este dualismo, integrándose por tanto indisoluble e íntimamente, por su propia debilidad estructural, a un tercer elemento: el imperialismo, primero británico y luego americano.

Las aspiraciones a una independencia económica y política real de las burguesías latinoamericanas cayeron estrepitosamente bajo el peso de las propias contradicciones con el hundimiento de la conferencia de Panamá de 1825, promovida por Bolívar, que quería crear una improbable aunque grandiosa Confederación Latinoamericana con un mercado nacional único que abarcase desde Méjico hasta Tierra del Fuego.

Tras la independencia, durante mucho tiempo la economía argentina se basará en la producción de materias primas (productos agrícolas, mineros, pieles) para exportar a los mercados ingleses. A Inglaterra le interesa vender sus propias manufacturas industriales a Argentina pero no invertir directamente capitales, ya que Europa vivía una fase de prodigiosa expansión de los mercados y de la industria. Las únicas inversiones inglesas de cierta importancia afectaron sólo a los sectores estrechamente ligados al ejercicio del monopolio comercial británico, es decir a los transportes, compañías de navegación y ferroviarias.

Con la crisis de 1873 y la inauguración de la fase imperialista de los monopolios, Inglaterra comienza a invertir sus propios capitales excedentes en el sector primario ligado a la exportación, por lo cual se difunde velozmente la crianza de bovinos en las inmensas extensiones de la Pampa, exportando el cuero y las carnes a Europa, debido a la invención a mediados del siglo XIX de las cámaras frigoríficas. Pese a la entrada masiva de capital extranjero en el sector primario, el poder de las plantaciones y de los ganaderos locales, que reciben un superplus del comercio con el exterior que la burguesía urbana utiliza para encauzar la industrialización.

La penetración de los capitales ingleses interesa también al comercio y el sector financiero. Con el control de los bancos, Inglaterra obstaculiza el surgimiento de una industria local que pueda hacer la competencia a las mercancías propias en el mercado argentino.

En un marco, por tanto, de fuertes restricciones al propio desarrollo autónomo, la burguesía argentina entre fines del siglo XIX y comienzos del XX lleva a cabo la industrialización, dirigiéndola necesariamente a la producción de bienes de consumo no duradero: tejidos, calzado, transformación de productos agrícolas y zootécnicos.

Con la industrialización se asiste a una rapidísima urbanización y proletarización y a un formidable crecimiento demográfico, favorecido por la masiva inmigración europea (italianos y españoles). La población, que en 1869 era de apenas 1,7 millones de habitantes, en 1914 había ascendido a 8 millones, para después llegar en 1936 a 12 millones de habitantes. Paralelamente a esto los residuos precapitalistas en el campo van desapareciendo.

Las dos guerras mundiales, al provocar un auge de las exportaciones y una parada de las exportaciones de manufacturas desde Europa, sirvieron de catalizadores del desarrollo argentino.

En este periodo, del cual se puede decir que representa el ápice del capitalismo nacional argentino, se refuerza notablemente la clase burguesa, que lentamente, incluso en un contexto de contemporáneo crecimiento del vigor de la oligarquía ligada a las exportaciones, asume, siempre en el ámbito del condominio de poder con esta última clase, la centralización en la gestión del Estado. Tal desarrollo se ve mediatizado por los imperialismos dominantes, a cuyas exigencias productivas y económicas, está vinculada fuertemente Argentina a través del sistema de las exportaciones.

En su gradual pero decisiva afirmación en el ejercicio del poder, la burguesía recluta a la clase obrera y a los estratos medios urbanos con una política económica y social fundada en el corporativismo. El populismo de los gobiernos (desde Irigoyen, 1916-22, y de 1928-30, a Perón, 1945-55) busca en esta fase, apoyado en el favorable periodo de crecimiento, unificar a todas las clases bajo las consignas nacionales de la burguesía. Se crea la legislación social y laboral para coaptación de la clase obrera, comienzan las nacionalizaciones y se introducen también medidas proteccionistas contra las mercancías extranjeras. La nación aparece unida en un bloque compacto, reaccionario y antiobrero, integrado, con el sistema de la división internacional del trabajo impuesto por las férreas leyes del capital, al imperialismo, de acuerdo con la burguesía junto al cual explota con la máxima brutalidad al generoso y numeroso proletariado argentino.

En la segunda posguerra el proceso de centralización y de concentración monopolística del sistema capitalista mundial alcanza su pleno despliegue con el surgimiento y la multiplicación de las mastodónticas empresas multinacionales; masas enormes de capitales son proyectadas en cada ángulo del orbe terrestre en busca de revalorización. Argentina se ve también envuelta por el ímpetu de la fuerza social supranacional de los capitales extranjeros, que se invierten masivamente en el sector industrial con la intención de saquear el mercado interno. Contra esta masiva infiltración de capital extranjero en la industria, nada pueden hacer las medidas proteccionistas adoptadas tímidamente por la burguesía argentina. Estas medidas pueden, en efecto, como mucho frenar la penetración de las mercancías, pero no la de los capitales, los cuales, por el contrario, encuentran condiciones incluso más favorables de empleo, pudiendo explotar la ocasión de extraer superbeneficios a través del alto nivel de los precios que el proteccionismo genera.

Los USA, convertidos en la potencia hegemónica en el escenario monopolista mundial sustituye a Gran Bretaña en la función de dominio y de control sobre los recursos y las inversiones.

Desde finales de la guerra de Corea, copiosos flujos de capital permiten a los Estados Unidos hacerse los dueños de sectores clave del aparato productivo argentino. La política imperialista está sustentada por una serie de acuerdos comerciales regionales, desde la acción de los organismos financieros internacionales (FMI) y del aval de la sometida clase dominante argentina que lleva a cabo una política económica y una política exterior tendente a la completa integración, incluso militar, al sistema de dominio económico de la superpotencia norteamericana.

La supremacía del imperialismo es la supremacía del acero y de la industria pesada, que sofoca la industria ligera local. Todo veleitario intento de independencia nacional se rebela mera ilusión y demagógica propaganda antiproletaria.

A la andrajosa burguesía argentina no le queda más que contentarse con los márgenes de maniobra que le concede el imperialismo, aprovechando las contradicciones internas contingentes del mismo imperialismo para arrancar cualquier espacio y beneficio. Por otra parte la ausencia de un desarrollo pleno de la industria pesada (producción de bienes capitales), no puede más que ligar a la burguesía argentina a la cadena de la dependencia del exterior.

La burguesía local sufre mucho por la limitación del mercado interno debida al pacto secular del acero firmado con la oligarquía en el campo que limita la expansión de los mercados rurales. Como solución la burguesía está obligada a intentar jugar, cuando puede, un papel de subimperialismo en el área meridional del continente para intentar vender al exterior sus propias mercancías, chocando de esta manera inmediatamente con Brasil, más potente pero que está en las mismas condiciones. Pero el juego ha resultado poco provechoso por el férreo control del gendarme estadounidense.

Y viene la crisis de 1975
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Durante la década de los 60 Argentina vive una fase de fuerte acumulación. El imperialismo y su súbdita la burguesía nacional, reacudan enormes masas de plusvalía de las venas del proletariado argentino, el crecimiento es tal que parece ilimitado. Pero con la gran crisis económica del 74-75 la máquina del capital se detiene. Contemporáneamente al hundimiento del sistema productivo, la superproducción lleva a un desequilibrio fuerte en el empleo de los capitales. Grandes masas de capital industrial abandonan la esfera de la producción para dedicarse a la simple y parasitaria especulación financiera.

El capital financiero emigra a las zonas donde la baja composición orgánica del capital permite tasas de beneficio, y por tanto de interés, más altas. Argentina está interesada en estos flujos, pero la tasa de beneficio tiende de esta manera a nivelarse rápidamente, haciendo menos remunerativa la especulación con la consiguiente fuga de capitales. Por otra parte la vanidad especulativa puede regir en tanto que la estructura productiva puede garantizar con la venta de las manufacturas la efectiva realización del plusvalor extraído a los obreros, cosa que en periodo de superproducción y con un mercado interno tan limitado es difícil.

En los años ochenta se produce un grave declive del sistema productivo argentino (el crecimiento medio anual es en ese periodo bajísimo) que está obligado a contraerse, las empresas van a la ruina, prevalece la desinversión. La burguesía local se lanza de cabeza a la especulación. También la miseria crece.

La caída de los precios de las materias primas, en las cuales Argentina basa sus exportaciones, comporta una constante disolución ante la deuda externa acumulada en el curso de los años hacia los grandes bancos americanos asociados a los japoneses y europeos, empujados a dirigir grandes cantidades de capital hacia el subdesarrollo argentino con la intención de chupar en forma de intereses el plusvalor extraído a los obreros argentinos.

La dependencia argentina de los capitales provenientes del exterior alcanza así proporciones enormes. Crece notablemente la situación deudora del sector privado y, a su vez, la del sector público y del Estado. El pagano, como siempre en estos casos, cubre las deudas efectuando la salvación de los privados insolventes y sustentando financieramente la economía con la deuda pública que inicia así un crecimiento rápido. Los bonos del tesoro estatal son acaparados con avidez por los especuladores del todos los puestos mundiales.

Pero en una situación de estancamiento productivo las deudas pueden ser pagadas sólo con otras deudas, en una espiral sin fin. Este círculo vicioso continúa hasta el flujo del crédito no se interrumpe. El Estado para evitar esto está obligado a emitir títulos con intereses cada vez más altos, para compensar los crecientes riesgos, alimentando un mecanismo negativo que produce durante los años 80 una altísima inflación (que llega incluso a tres cifras) y una consiguiente inestabilidad monetaria, factores estos que inician un desánimo creciente de los especuladores para introducir dinero en Argentina.

Las dificultades de los años 90
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Llegados a este punto, el Estado para salir de la fase de estancamiento y evitar la bancarrota, se vio obligado a lanzar toda una serie de medidas para conseguir recoger los fondos necesarios para pagar los intereses de la deuda de forma que pudiera satisfacer la avidez de los prestamistas internacionales.

A comienzos de 1989, con la elección del presidente peronista Menem, una fase caracterizada por una profunda reestructuración de la economía, llevada a cabo en sus líneas esenciales en la primera mitad de los años 90, teniendo por objetivo la consecución de la estabilidad monetaria y la confiscación por parte del Estado de todo el dinero posible para hacer frente a las obligaciones financieras internacionales, que tenían que cumplirse a toda costa, incluso si esto conllevaba en concreto el desmantelamiento de la economía para entregársela a las oligarquías financieras internacionales, y sobre todo el hambre para el proletariado argentino y la ruina de las clases medias.

Las iniciativas de resaneamiento se dirigen en tres direcciones principales: privatizaciones, liberalización comercial-reforma tributaria, y reforma financiera-monetaria.

El plan de privatizaciones, insertado en el contexto de la «Ley de Reforma del Estado» ha llevado a malvender y a subastar casi todas las principales empresas públicas operantes en los sectores más variados: comunicaciones y telefonía, líneas aéreas, instalaciones petroquímicas, actividades extractivas, empresas siderúrgicas, centrales hidroeléctricas y térmicas, redes y centrales eléctricas, bancos provinciales, correos y aeropuertos. En el periodo entre 1990 y 1994 más del 60% de las inversiones en los sectores privatizados era de origen extranjero; los flujos provenían principalmente de Estados Unidos, España e Italia, pero en menor medida también de Chile, Francia, Canadá y Gran Bretaña.

En el ámbito comercial y tributario se redujeron las tarifas aduaneras y aumentaron los impuestos. La reforma financiera y monetaria trajo consigo principalmente la completa liberalización de los mercados financieros, la eliminación de los controles sobre los tipos de interés y la entrada en vigor de la Ley de Convertibilidad en abril de 1991, que en sustancia introducía el sistema de la paridad de cambio entre Dólar y Peso en la relación fija de 1:1.

Las medidas llevaron a la estabilización financiera y, con la desaparición violenta de la inflación que descendió a niveles europeos, la tan evocada estabilidad monetaria por parte de los financieros internacionales, demostró no ser otra cosa que un cúmulo de errores.

Por algún tiempo aseguraron al Estado el dinero para pagar la deuda y restituyeron a los lobbys capitalistas la confianza en el sistema financiero argentino, tanto que todos los organismos de la alta finanza internacional, los bancos, el FMI, las camarillas especuladoras, alabaron al gobierno argentino y su «dinámica política económica» conducida con «eficacia y sin prejuicios», y otros argumentos similares que simbolizaban la enorme satisfacción de los burgueses por la puesta a salvo de sus rentas.

Mientras tanto el desempleo pasaba del 6,9% de mayo de 1991 al 18,4% en mayo de 1995 llegando al 20% en la ciudad de Buenos Aires (Fuente INDEC).

Pero la tan alabada estabilidad construida sobre la miseria y sobre el hambre, era sólo un espejismo, ya que los intereses de la deuda absorbieron ávidamente en poco tiempo los fondos recogidos con las privatizaciones y el riesgo de bancarrota hizo de nuevo su aparición amenazante en el horizonte, la primera campanada de alarma fue la crisis financiera que embistió a Méjico y que tuvo consecuencias desestabilizadoras en toda el área latinoamericana («efecto tequila»).

Hoy Argentina está nuevamente al borde del abismo. La crisis mundial del capital se dispone a producir otra víctima. Los impotentes economistas burgueses, que atónitos esperaban los acontecimientos, no pueden esperar nada bueno del capitalismo. Con la crisis histórica del 74-75 ha terminado el ciclo de expansión postbélica ligado a la gran reconstrucción permitida por las inmensas destrucciones de la segunda guerra mundial, y ha iniciado el camino hacia la crisis catastrófica generalizada. A esta crisis, que conducirá a la histórica alternativa guerra-revolución, el capitalismo senil está condenado por sus mismas leyes internas y por el avance del ciclo económico caracterizado, más allá de las alternancias coyunturales, por la superproducción, por una marcha de la producción débil e incierta y una baja tasa de acumulación.

Tal tendencia se ha reforzado en los años 90 en todo el mundo como demuestra el largo estancamiento de la producción industrial en Japón y Rusia; el precoz envejecimiento de los jóvenes y hasta hace poco florecientes capitalismos asiáticos, que también han llegado al término de una larga y duradera fase expansiva en los años 97-98, la ralentización del comercio mundial, la caída de los precios de las materias primas, los sistemáticos hundimientos de todas las políticas económicas lanzadas por los gobiernos para intentar taponar los efectos de la crisis; la mayor frecuencia con la que se suceden en estos años las crisis financieras y monetarias propagadas, incontroladas e incontrolables desde un punto a otro del globo.

En efecto, después del ya citado huracán financiero mejicano de diciembre de 1994, un nuevo seismo se ha difundido, a partir del verano de 1997, desde Tailandia a Corea del Sur, desde Indonesia a Filipinas, desde Hong Kong a Singapur y a Taiwan, en una rápida y mortífera secuencia, para después transmitirse en el 98 a Rusia, en el 99 a Brasil, amenazando con golpear hoy a Turquía y Argentina con un siniestro vigor que no se sabe cuándo tocará los centros neurálgicos del capitalismo.

Todo este sistema está obligado, por la caída de la tasa de beneficios, a dar vueltas a la cadena interminable de los créditos y de las deudas, cadena que amenaza con estrangularlo.

La situación actual
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Hoy la situación de desequilibrio económico de Argentina se ha agravado aún más. El PIB según afirma «Le Monde Diplomatique», se ha reducido desde 1985 a 1994 el 6,2%. Tal contexto de estancamiento ha empeorado notablemente el ya crítico estado de endeudamiento; en el 2001 la deuda externa ha alcanzado la estimable cifra de 150 millones de dólares (más del 50% del PIB), y el déficit público ha comenzado nuevamente su andadura tras haber absorbido todo el dinero recaudado por el Estado con las privatizaciones de los primeros años 90, alcanzando 132 millones de dólares.

Las finanzas públicas corren el riesgo de estallar de un momento a otro, estando destinado el 23% del presupuesto público del 2001 al reembolso de la deuda. También desde el punto de vista social la situación se ha hecho insostenible. El desempleo, teniendo en cuenta la cuota de trabajadores infraempleados, es ya del 30% y el número de pobres ha llegado a 14 millones en una población de cerca de 37 millones de habitantes. Las condiciones de vida y de trabajo de la clase proletaria son ya infernales, la competencia entre los trabajadores es tan despiadada que ha determinado un descenso del salario medio obrero a apenas 300 dólares mensuales, pero se calcula que 3 argentinos de cada cinco ganan solamente 100 dólares al mes.

Todos los principales observadores internacionales están de acuerdo al declarar que, siendo el endeudamiento ya crónico, Argentina corre el riesgo de una quiebra financiera, peligro que va acentuándose con el agravamiento de la crisis mundial y en particular de la estadounidense, como demuestran los datos económicos de septiembre que evidencian el descenso ulterior de las exportaciones, de la producción y del consumo interno. Los capitales extranjeros, se han dado cuenta del peligro de bancarrota y están «emigrando» a otros lugares, incrementando de esta manera las probabilidades de un crack bursatil.

En el intento desesperado de salvaguardar la capacidad del sistema financiero mundial, que podría sufrir duros contragolpes por el hundimiento de Argentina en un momento de dificultad general para la economía burguesa, y para garantizarse el pago de los intereses madurados por la deuda externa argentina, en diciembre de 2000 el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, el Banco Interamericano de Desarrollo, varios bancos y fondos de pensiones y el gobierno español (que pretende de esta manera defender las copiosas inversiones de su propia burguesía en el área latinoamericana) han concedido al gobierno argentino un préstamo de 39,7 millones de dólares en tres años, exigiendo como garantía para el reembolso la adopción por parte del Estado de toda una serie de medidas draconianas para reducir el gasto público.

En el curso del año 2001 ha ido definiéndose el «plan de ajuste» lanzado por el gobierno que, para respetar los compromisos asumidos con el FMI, intenta obtener el equilibrio de las entradas y de las salidas en el balance estatal. El plan prevé un aumento generalizado de los impuestos, pero sobre todo una reducción del 13% de las pagas de los trabajadores estatales y de las pensiones superiores a los 500 pesos. La maniobra, planificada a largo, es todavía más amplia y prevé la congelación del gasto público para cinco años y la reducción de los fondos a las provincias. En su conjunto los recortes anunciados suman 4,5 millones de pesos en los próximos dos años y 8 millones en el 2003.

Estas aportaciones, que representan una bocanada de oxígeno para las finanzas estatales, según «Le Monde» golpean directamente a 800.000 personas, pero indirectamente a todos los trabajadores asalariados.

El anunciado golpe a los trabajadores, pese a contar con el aplauso del FMI, parece que no ha conseguido calmar las revueltas aguas del sistema financiero argentino. Esto está demostrado por el hecho de que no ha sido acogido con entusiasmo por los analistas financieros burgueses, que continúan temiendo lo peor, el plan presentado por el hasta entonces ministro de economía Cavallo este verano, de conversión en breve y a medio plazo de los 29,4 millones de dólares de títulos del Estado de deuda externa (que en su conjunto ascienden a 66 millones de dólares, o sea aproximadamente el 40% de la deuda externa argentina) en nuevos títulos de vencimiento plurianual. A esto hay que añadir que el verano pasado - pese a la ley de convertibilidad y las advertencias más o menos imperativas de los Estados Unidos de no tocar el cambio fijo Peso-Dólar, bajo la presión imperiosa de la asfixia económica el gobierno ha estado obligado de hecho a dar curso a una devaluación, definida por algunos como «virtual», de la propia moneda para intentar estimular las exportaciones y no hacer empeorar el déficit de la balanza comercial, usando una estratagema de cara al aliado estadounidense, al crear una nueva moneda llamada «Peso Comercial»,usada sólo para los intercambios internacionales, con un precio del 8% inferior al del dólar. Y por más que el presidente De la Rúa continúe asegurando que la convertibilidad no se toca, esta última medida ha provocado una posterior fuga de capitales temerosos de que pueda volverse a una inestabilidad monetaria como en los 80.

Mientras tanto en el frente social la situación se ha puesto al rojo vivo, como han demostrado los acontecimientos del mes de diciembre. En este último año se han multiplicado las huelgas, incluso generales, contra el empeoramiento de las condiciones de vida y el paro galopantes. Pero estas luchas generosas del proletariado argentino por el momento han sido frenados fácilmente por el oportunismo de los sindicatos estatales, fuertemente influenciados por la oposición peronista. El juego consiste en desviar el descontento hacia los clásicos respiraderos electorales y democráticos, empujando a los proletarios a las urnas para dar nueva vida al engañoso mecanismo parlamentario.

Pero el juego no siempre se consigue. En las provincias más pobres la miseria, que llega al límite de lo soportable, ha llevado a que la cólera obrera se manifieste en tenaces episodios de genuina lucha de clase que ponen en crisis al aparato sindical-oportunista. El capital está de este modo obligado a reprimir las protestas proletarias, quitándose la máscara democrática y mostrando su verdadera esencia de monstruo sediento de sangre. También el pasado mes de junio, en la provincia de Salta, situada junto a la frontera con Bolivia, los piquetes obreros que protestaban contra la rebaja de sus salarios, fueron tiroteados por la policía democrática, provocando la muerte de 2 hombres y decenas de heridos.

Los últimos y dramáticos acontecimientos vividos en Argentina deben aumentar necesariamente la intensidad de la lucha de clase y conseguir, con el renacimiento de un verdadero sindicato de clase, resistir válidamente a los ataques de la patronal y el Estado burgués. Esto se dará a condición de que el proletariado argentino, dentro de una perspectiva de reanudación general del conflicto de clase, sepa rechazar la consigna antiimperialista falsa y reaccionaria, divulgada por el post-estalinismo y el trotskismo. Se encontrará así unido a la lucha y las experiencias del proletariado mundial formando un único ejército que, bajo las directrices tácticas y estratégicas del partido marxista mundial, pueda plantearse el objetivo supremo de la toma revolucionaria del poder. Fuera de esta perspectiva internacional e internacionalista cualquier otra salida es prolongar el régimen de explotación del hombre que actúa salvajemente donde esté el Capital.

Argentina está de espaldas al muro. Todo el sistema capitalista, con los EEUU en primer término, se encuentra en una recesión nada leve. Los burgueses ya debaten, jugando a adivinar cuándo se recuperará la economía, dando por descontado que esto debe suceder inexorablemente.

Nosotros marxistas que a lo largo del curso histórico hemos diagnosticado la muerte cierta del capital, esperamos la explosión de la crisis final del sistema, que las distintas ralentizaciones y caídas parciales anticipan y preparan. Estas recesiones en su sucesión van acompañadas por una serie de maniobras estatales que intentan mantener altos los beneficios de las empresas productivas, maniobras fundadas en la intensificación de la explotación en las fábricas y en el campo, el incremento del desempleo, la ruina de las clases medias y la creciente proletarizaciòn. Estas maniobras tienden a elevar la tasa de plusvalía extraída a la clase proletaria mundial sobre quien recae el peso de la aparentemente sofisticada maquinaria financiera mundial con su plétora de parásitos.

Mientras tanto cada momentánea recuperación tras una recesión es para los burgueses el retorno espontáneo a las normales y provechosas actividades económicas, y para las clases inferiores el empeoramiento de sus condiciones es permanente e irreversible como el aumento del sufrimiento social, pues esa recuperación temporal ha sido posible gracias sólo a la devaluación del trabajo y de la vida de los proletarios. Así, recesión tras recesión, se va agrandando cada vez más la masa mundial de los sin reservas en beneficio de una cada vez más restringida camarilla de oligarquías financieras. Su riqueza es el tormento del proletariado. Su riqueza es la confirmación de la ley marxista de la miseria creciente.

Sólo el método marxista de análisis crítico de la sociedad fundado en el determinismo económico puede explicar la cada vez más frecuente y fragorosa crisis en la cual va envolviéndose sin salida el sistema económico capitalista. Sólo empuñando el arma de la doctrina marxista incorrupta, el proletariado, guiado por su Partido Comunista organizado a escala internacional, férreamente disciplinado a su doctrina y a su programa emancipador, podrá finalmente librarse de la infame sociedad de la esclavitud asalariada, destruyendo de manera revolucionaria los Estados burgueses e instaurando su propia dictadura, preludio de la definitiva liberación de la humanidad de la infinita y trágica miseria del presente.

Source: «La Izquierda Comunista», N. 15, Noviembre 2001

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