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EN IRÁN, REVOLUCIÓN CAPITALISTA A LA COSACA
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En Irán, revolución capitalista a la cosaca
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En Irán, revolución capitalista a la cosaca
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El marxismo esperaba del «despertar del Asia» la puesta en movimiento de las colonias - India, Indonesia e Indochina -, pero igualmente de las semicolonias: China, Turquía y Persia. El destino de este último país, situado sobre las fronteras asiáticas de Rusia, está ligado, más que el de cualquier otro país, al de Rusia, tanto por razones sociales como estratégicas. Así, la revolución rusa de 1905 resoné en Irán con la promulgación de una «constitución liberal» que trataba de limitar las pretensiones del imperialismo y del poder monárquico, y que daba, de esta forma, una cierta libertad de movimiento a las clases urbanas, pero dejando intactos los privilegios de la aristocracia terrateniente.

El terremoto social del Octubre rojo tuvo igualmente sus repercuciones en amplios movimientos campesinos, pero el atraso social de Irán no había permitido aún el nacimiento de clases urbanas capaces de hacer de esos movimientos una palanca revolucionaria. La alternativa fue entonces la siguiente: o bien la revolución rusa y el proletariado internacional se ponían a la cabeza de este movimiento social naciente, y le permitían a Irán, al romper el viejo despotismo y la opresión multisécular de los propietarios terratenientes, quemar las etapas políticas del desarrollo histórico; o bien el imperialismo conseguía, apoyándose sobre la vieja política de contención del expansionismo asiático de Rusia, hacer de Irán un puesto avanzado de su cordón sanitario contrarrevolucionario. Por otra parte, la introducción de un ejército moderno en este país debía traer aparejado su transformación capitalista bajo la égida del imperialismo.

El aislamiento de la revolución de Octubre, y más tarde su liquidación en manos del stalinismo, dejó a Irán librado ineluctablemente a la revolución capitalista por arriba. Y esta última tuvo otro impulso histórico suplementario cuando encontró en la extracción de petróleo un aguijón económico, una nueva razón estratégica de reforzar el milit arismo de es te Estado avasallado y su peso sobre un país transformado en semicolonia económica, e incluso la cínica esperanza de comprar a las viejas clases, en lugar de tener que combatirlas, y de comprar igualmente los derechos históricos de las clases explotadas a hacer la revolución.

El campeón de esta vía histórica fue Reza Khan. Fortalecido con el apoyo inglés, lanzó sus cosacos a la conquista de Teherán. A la vez que salvaba a «feudales» y curas de la revuelta social, no se contentó con obligarlos a abandonar sus títulos de nobleza y sus prerrogativas en el poder central para mantener sus privilegios sociales; les confiscó más de medio millón de hectáreas, o sea, 5% de las tierras arables, que cayeron así en el dominio personal del Sha como precio por los servicios prestados a la sociedad. Dando a la burguesía naciente el embrión de una legislación moderna, de una red de comunicaciones, muy cerca de instaurar la república siguiendo el modelo de Mustafá Kemal Pachá, Reza Khan des trozó la constitución de 1906 y reforzó aún el autoritarismo del poder central.

Así, sobre el viejo tronco del despotismo burocrático, que había nacido a favor de la dispersión geográfica de las aldeas autosuficientes, se injertó el centralismo totalitario de la acumulación primitiva del capital bajo la presión del imperialismo.

Este producto monstruoso, que aunaba las «leyes sanguinarias» que han acompañado en todas partes el nacimiento de la clase de los asalariados modernos a la tradicional arbitrariedad asiática, segregó una especie de»despotismo iluminado» a la oriental: la bandera de una revolución capitalista a la cosaca, ¿podía ser otra cosa que una mezcla abigarrada?

Su pretendido carácter»nacional», e incluso la abolición de los tratados que daban a los extranjeros privilegios de extraterritorialidad, no eran más que la cobertura inventada por Inglaterra para canalizar contra el enorme vecino ruso el despertar nacional persa y, sobre todo, para ocultar - tanto como con el panarabismo - la reivindicación inglesa que apuntaba a obtener la influencia exclusiva sobre la totalidad de la Persia histórica. La prueba de esto fue suministrada cuando Reza Khan quiso permanecer neutral en 1941. Inglaterra lo depuso: ¿Reza, quién te hizo Sha?

• • •

La producción de petróleo, iniciada en 1909, pasó a 9,9 millones de toneladas en 1939, y a 45,5 millones en 1959. Es evidente que el peso de los ingresos agrícolas del dominio real ha ido reduciéndose considerablemente en el presupuesto del Estado en relación a los ingresos producidos por el petróleo. Estos últimos han permitido financiar una industria que tomó vuelo en los años treinta. Al lado del Estado y de las sociedades extranjeras, que tienen el control sobre la gran industria, se desarrolla, sin embargo, una pequeña y mediana industria local, particularmente en el textil y la alimentación. Sobre todo, el comercio ha hecho saltos gigantescos:, en conexión con la corte, en una atmósfera de carrera por las influencias, los sobornos, los arreglos generalizados por ubicarse lo mejor posible bajo la canilla del precioso líquido.

En el campo, 60.000 «feudales» poseían aún en los años cincuenta la casi totalidad de las 50.000 aldeas del país, con una población media de 250 habitantes: 10.000 de estas aldeas están en manos de propietarios que poseen más de cinco aldeas, 10% de éstas son bienes religiosos y 5% tierras de la corona.

La gran masa de las familias campesinas pagan siempre en especie una fuerte aparcería al propietario que tiene el control sobre el agua - el sistema de irrigación es esencial en este país semiárido donde 40% de las tierras están irriga das - y sobre la redistribución de las tierras, sometidas siempre a la rotación anual entre las familias (salvo en ciertos casos donde aún están cultivadas en unidades indivisibles).

El campo, sin embargo, ha sido arrastrado igualmente en el torbellino general. Los propietarios que viven tradicionalmente en las ciudades se han puesto a cultivar sus tierras por necesidad de dinero, la mitad de ellos directamente, la otra alquilando sus tierras a funcionarios o a comerciantes. Por un lado, ha nacido junto a la economía campesina una economía patrimonial, donde son introducidos los cultivos especulativos y el asalariado. Así, en 1960, 12.300 explotaciones de más de 50 hectáreas cultivaban

13% de las tierras. Por otro, la economía campesina, reducida a una porción prácticamente de subsistencia, y sobre la cual el propietario ejerce una presión acrecentada para vender la parte que le corresponde, ha visto especializarse al campesino, y a las parcelas reducirse al punto que 40% de las familias tienen menos de 2 hectáreas, lo que no permite vivir y empuja una parte de los brazos a emplearse en las haciendas, o a emigrar hacia las ciudades.

Pero a pesar de esta evolución económica, el único amo en la aldea es el propietario que no solamente utiliza arbitrariamente la tierra, sino que ejerce la justicia, aunque las viejas relaciones patriarcales se vuelvan insoportables para el campesino. Sin embargo, si su peso económico sobre las espaldas de los campesinos permanece intacto, el peso de la propiedad terrateniente en la vida del país no ha hecho más que declinar con el desarrollo de las ciudades, de la industria y del comercio, bajo el grifo del petróleo. Su peso político, por el contrario, ha seguido siendo considerable. Esto se explica fácilmente por la fusión de la propiedad terrateniente con el ejército y la alta administración.

Esta situación se perpetúa no solamente por el hecho de que los «feudales» tienen una tradición militar, y que el Estado iraní es ante todo un ejército, sino también porque, si la administración y los funcionarios que han salido de las clases urbanas tienen la ciudad, el campo ha permanecido bajo el dominio exclusivo de los feudales, y esto hasta comienzos de los años sesenta.

Pero un país donde el 31% de la población total vivía en 1956 en las ciudades; un país donde el artesanado y la industria ocupan a 1,2 millones de personas (o sea, 21% de la población activa); un país donde él comercio, los transportes y los servicios emplean cerca de un millón de personas (o sea, 17% de la población activa); un país donde el 60% de los habitantes de la ciudad viven ya de un salario y los 40% restantes de actividades que no tienen nada que ver con la agricultura, todo esto sin hablar de una administración y de un ejército insaciables que no emplean menos de 450.000 personas; un país semejante, con una tal profusión de intereses burgueses y modernos, incluso si son arrastrados, casi a pesar de ellos, por el imperialismo y debilitados por la renta del petróleo, ¿puede soportar mucho tiempo más al ser conducido por la fusta de los propietarios terratenientes?

En los años cincuenta las condiciones económicas y sociales estaban bien maduras para una revolución burguesa dirigida contra el imperialismo y las viejas relaciones feudales, una revolución que podía además apoyarse sobre una verdadera revolución campesina.

Irán no fue perdonado por el maremoto social que sacudió el Asia a partir del epicentro extremo-oriental en respuesta al terremoto provocado por la segunda guerra imperialista. Las clases urbanas aprovecharon, para hacer oír su voz, el debilitamiento del régimen provocado por la transformación del país en un terreno de grandes maniobras militares entre los bloques, la deposición de Reza y la sorda lucha de influencia entre Británicos y Americanos.

A la agitación que entonces se apoderé de los primeros núcleos obreros, de la pequeña burguesía urbana, y que se repercutió en el campo, respondió en eco la experiencia reformista de Mossadegh, que vio a las nuevas clases nacidas del desarrollo urbano tratar de negociar un espacio mayor en el Estado en detrimento de los feudales, y una mejor parte de la renta de la tierra con el imperialismo, mientras que se prometía una reforma agraria y la Constitución de 1906 para calmar alas masas. Esto incluso fue rechazado por los feudales y por el imperialismo americano, heredero de Inglaterra en la región, consciente del papel estratégico de Irán, ubicado en el corazón de la «tempestuosa zona» de los campos petroleros del Golfo, y bastión avanzado contra la competencia de Rusia en Asia. Por esto, el golpe de Estado de Agosto de 1953, que terminó con el reformismo lastimoso de Mossadegh y trajo de nuevo al Sha, marca desde entonces una nueva aceleración de la incorporación del país en la espiral del mercado mundial y de su militarización, cuyo punto de partida está dado por el tratado con los Estados Unidos en 1956.

Ese mismo año es creada la SAVAK, esta policía ultra-centralizada que controla todo el país en unión con los americanos; pero esto no impide al movimiento social replicar con las grandes huelgas obreras de 1956 y 1959. La crisis económica de 1960-61 despierta a los estudiantes y a la peque ña burguesía, gana el campo donde, según «Le Monde» del 27.1. 73, reinaba desde comienzos del 63 «una atmósfera de revuelta». El movimiento culminó en Junio de 1963 en que una gran revuelta espontánea se enfrentó al ejército, dejando 15.000 cadáveres en las calles de Teherán y de sus arrabales.

Sin embargo, la contrarrevolución no podía dejar tal cual la situación social. Si bien se había servido de los «feudales» en los años 1950-53 para quebrar las pretensiones burguesas frente al imperialismo, no había podido restaurar la completa dominación del imperialismo más que acentuando aún el carácter capitalista del Estado, e incluso del ejercito: un feudal puede empuñar un sable, pero no manejar un avión. De la misma manera, la conducción de un tanque exige un soldado formado en la escuela de las cárceles industriales, no un aparcero sujeto a prestación personal y apenas capaz de sostener un fusil.

La constitución de un ejército moderno y la utilización de la renta del petróleo - de la que dependen exclusivamente desde entonces los ingresos de un Estado que había dejado definitivamente de apoyarse sobre la renta agrícola - obligaba a hacer concesiones sociales al desarrollo burgués y a reducir el peso político de la vieja propiedad terrateniente en el Estado. Si en la Alemania de 1850 la contrarrevolución no había podido vencer más que haciéndose la «ejecutora testamentaria de la revolución», esta vez, en el Irán aprisionado en las garras del imperialismo que integra la experiencia de todo el ciclo de la dominación burguesa, la contrarrevolución no podía mantenerse frente al ascenso de la ola social asiática más que precediendo a la revolución: se trataba, como lo ha explicado el mismo gobierno, de «hacer por arriba una revolución que amenazaba hacerse por abajo».

Las primeras reformas (1962-63) limitan la propiedad terrateniente a la posesión de una sola aldea; las tierras «liberadas» se vuelven propiedad de los campesinos mediante una deuda de éstos al Estado amortizable en 15 años; los otros campesinos son transformados en arrendatarios (colonos, granjeros), mientras que la administración toma poco a poco el lugar de los feudales en la aldea. En realidad, fue necesario esperar hasta 1969 para que la vieja propiedad terrateniente se convenciera por si misma de las ventajas del nuevo sistema: la reforma agraria pudo entonces ser generalizada y la masa de los cultivadores se transformaron en propietarios de su parcela mediante una deuda con el Estado durante 12 años, mientras que la organización en cooperativas desempeñaba teóricamente las funciones de mantenimiento de los sistemas de irrigación y de comercialización de las cosechas.

Una reforma tal tiene como resultado innegable destruir la vieja economía campesina; romper lo esencial de los vínculos económicos que ataban el campesino al «feudal» y a los restos de la vieja comunidad agraria; incorporar para siempre el campesino al mercado y acentuar la proletarización masiva del campesinado que vegeta sobre una parcela tan ridículamente pequeña como ayer. Sin embargo, el campesino tremendamente azotado por el mercado aún debe soportar la arroganciayias vejaciones del antiguo feudal que es el verdadero amo de la cooperativa, y de los representantes del Esta do que ahora garantizan la explotación capitalista, pero siempre en el viejo estilo despótico.

Mientras asegura el paso del campesino a la sociedad moderna manteniendo la máxima opresión, la «revolución blanca» toma al mismo tiempo la vía más larga para pasar a la agricultura capitalista. El viejo dominio señorial está desde entonces teóricamente librado a los ardores del capitalismo, pero la evolución de la productividad es de las más lentas y más débiles. Así, a pesar del lanzamiento de agro-industrias sobre 420.000 hectáreas gracias a la asociación de capitales locales y anglosajones; a pesar de la constitución de sociedades anónimas agrícolas sobre 400.000 hectáreas, donde bajo la dirección del viejo feudal transformado en capitalista asociado a la burocracia del Estado, el campe sino se ha vuelto asalariado a sablazos; a pesar de la constitución sobre 190.000 hectáreas de cooperativas de producción, gracias a las cuales la gran propiedad concentra la tierra y los créditos en su beneficio; a pesar de la introducción de tractores, de fertilizantes y de créditos en una agricultura comercial de campesinos medianos y ricos, que con la cuarta parte de los brazos proporciona un 70% del mercado, en los años 70 la agricultura iraní ha dejado de estar en condiciones de asegurar la alimentación de las ciudades. Des de entonces, por lo tanto, es necesario importar masivamente.

¡Pero qué importa! Gracias al sable que intimida y al petróleo que compra,¡ todo es posible! Irán se transforma en un país industrial: en 1973 la agricultura no representa más que el 18% de la renta nacional, superada por la industria y las fábricas cuya parte se eleva a 22,3%, el petróleo que cuenta con un 19,5% sin hablar de los inevitables servicios que viven como sanguijuelas sobre todo el resto y que representan ¡nada menos que el 40,2%! En relación a 1960, la población agrícola activa no ha Progresado más que un 9%, lo que representa 400.000 personas, para alcanzar 40,1% de la población activa total; mientras que la población activa de la industria y de las minas, que utilizan desde entonces 2,7 millones de personas, ha aumentado en un 125%.

El sector terciario, gracias a un éxodo rural de cerca de un millón y medio de activos, engloba tantos activos como los sectores precedentes.

Hasta aquí el capitalismo que penetra en la sociedad no aparece más que como un simple subproducto del desarrollo de la riqueza monetaria producida por la mina del petróleo: la generalización de esta última llena e hipertrofia los canales del mercado de la vieja sociedad, los de las formas antediluvianas del capital comercial y usurario; de allí resulta el formidable crecimiento del Bazar.

Paralelamente, el Estado burocrático lanza el modo de producción nuevo, pero utilizando las viejas formas sociales: no invierte en la industria para hacer capital, gasta sus ingresos en gadgets industriales. Se paga acerías y agroindustrias, como Darío los palacios de Persépólis. Además, el Estado iraní puede «jugar su papel internacional» de pilar contrarrevolucionario, de gendarme del Golfo y de bastión occidental contra Rusia, y mantener todas las enormes contradicciones sociales creadas por este desarrollo exponencial sobre una base social aún arcaica, desarrollando desmesuradamente el «ejército más moderno del mundo» y la policía más centralizada y feroz para reprimir lo que no puede ser comprado, en un torbellino de corrupción y de tráfico de influencias que el viejo Marx creyó que había alcanzado cumbres históricas en la Francia de Napoleón III.

Sin embargo, si los «oídos del rey» de los viejos

tiempos llegaban con la suficiente rapidez a descubrir los descontentos sociales para prevenirse, la moderna Savak no puede escuchar todos aquellos que son engendrados por el desarrollo moderno y, con mayor razón, prevenirlos. En efecto, el capitalismo no viene solo. Trae en sus valijas sus terribles leyes de bronce que imponen el máximo rendimiento. Es así que el formidable aumento del precio del petróleo en 1973 no se acompañó solamente de un verdadero salto hacia a- delante en la industria: sobre todo, condenó a la sociedad, ya desangrada por la revolución por arriba, a un nuevo salto hacia el pleno capitalismo. El capital es la concentración: a partir de allí, la pequeña industria debe ceder su sitio a la grande, el pequeño comercio al grande, la pequeña agricultura a la grande. ¡Crecer o morir, tal es la ley!

En nombre de la «gran civilización», el sable del cosaco entrega Irán al yugo del mercado mundial. Allí donde las grandes tiendas no bastan para hacer competencia al Bazar, el urbanismo moderno lo destruye. Allí donde la gran importación de trigo americano (¡desde entonces, la cuarta parte del consumo!) no basta para mantener en el mínimo el salario obrero para compensar la baja productividad de la industria, el proyecto de ley de los «polos de desarrollo rural» apunta a enterrar hasta los recuerdos de las explotaciones de menos de 20 hectáreas, e incluso un poco más; en una palabra, a cortar en pedazos a la clase media agraria, apenas «liberada» por la reforma agraria, así como a la propiedad terrateniente incapaz de transformarse en gran capitalista.

¡Allí donde el petróleo no bastará, la Savak hará el resto! Esta es la divisa... Solamente, la crisis internacional se repercutió aquí también, y la sociedad entera está sacudida por una crisis económica y social sin precedentes; pero, desde ya, sin amortiguadores.

En las ciudades, el aumento brutal del costo de la vi da exacerba la ola de huelgas obreras que, desde 1970, arrastra una a una a todas las empresas y a todos los sectores, impulsando a los proletarios a desafiar la tortura y el asesinato. En esta huella, la crisis impulsa a la revuelta a la plebe urbana víctima de la miseria; a las, clases medias en vías de proletarización rápida, y a los estudiantes.

Pero esta crisis es paralela a una crisis agrícola terrible. Lo más grave no hace á la bancarrota de las agroindustrias que el Estado ha debido volver a comprar, sino, sobre todo, al hecho que la agricultura comercial, a causa de la competencia extranjera, no logra vender el trigo en el mercado y hacer frente a sus vencimientos, mientras que los desocupados de las ciudades y la mano de obra aún fluctuante refluyen hacia el campo, proyectando a los campesinos pobres y al proletariado agrícola en una miseria negra. Después de la urbana, la casi totalidad de la población del campo se levanta así contra el Sha y el imperialismo.

La puesta en movimiento de las clases medias de las ciudades y del campo contra el régimen explica el carácter masivo y popular de la revuelta iraní. Los vínculos, aún poderosos, del proletariado con el campesinado y la pequeña burguesía; la ausencia de una revolución burguesa que hubiera proyectado ya a las amplias masas en una lucha política de envergadura, donde se diferencien los intereses de las clases adversas; las terribles consecuencias de la contrarrevolución stalinista que hacen que el joven proletariado iraní no tenga, a pesar de una gran combatividad, un partido que guíe sus pasos, apresure la asimilación de su propia experiencia y lo eduque en su propio programa: todos estos factores explican que la clase obrera esté - políticamente - a la cola del movimiento político de la pequeña burguesía, del «pueblo en general». De ahí la aparente unanimidad de un movimiento cuyas componentes sociales, por unidas que estén en el odio al régimen despótico y su amo, el imperialismo americano, no dejan de tener intereses profundamente diferentes.

Los vínculos económicos aún poderosos que existen entre el clero y la propiedad comercial e inmobiliaria (esencial mente urbana); el atraso formidable del campo, el papel tradicional de las mezquitas como centros de socorro caritativo y, sobre todo, como lugar de vida social y política, en un país donde todo otro medio de expresión y de reunión está cruelmente reprimido; la oposición tradicional del chiismo al régimen del Sha, son los elementos que explican la formidable impronta religiosa sobre el conjunto de este movimiento de revuelta.

Sobre todo, el hecho que el chiismo proporcione la bandera de la lucha contra la apertura a los valores de Occidente, que suministre la cobertura ideológica de la lucha de las clases medias contra la apertura a las mercancías y a los capitales occidentales, al mismo tiempo que asegura una continuidad de protesta contra las exacciones y los crímenes del régimen y una organización para canalizar el movimiento popular, ha transformado a la iglesia chiita en partido, el partido de la protesta política contra el despotismo del capitalismo, con un programa de repliegue nacional y de aspiraciones a «hacer volver hacia atrás la rueda de la historia».

Este «democratismo feudal», ante el cual se han inclinado el Frente Nacional del difunto Mossadegh, el partido Toudeh (promoscovita) y la larga lista de los grupos maopopulistas, es la síntesis más pura de la impotencia política de la pequeña y mediana burguesía, y de su visión histórica reaccionaria.

Cualquiera que sea la institucionalización de un nuevo régimen, un nuevo gobierno será verdaderamente llevado a negociar con el imperialismo un cierto cierre de las fronteras que dé un momento de respiro al campesinado medio y rico, y a la pequeña burguesía urbana. Pero el mayor mal del Bazar viene más de la caída del maná del petróleo que de la ineluctable competencia extranjera (cuyos efectos están agravados por esta caída), y deberá rápidamente entenderse con su verdadero amo, el imperialismo. En lo que hace al campesinado medio y a la propiedad terrateniente, por un lado se puede estar seguro que el capital industrial no podrá garantizar en forma duradera un arcaísmo que implica para él un terrible handicap; por otro, es seguro que la democracia islámica es, congénitamente tan incapaz como el régimen del Sha de dar a las masas campesinas un «suplemento de revolución agraria» que aseguraría una base mayor al aprovisionamiento de las ciudades y un alivio al campesino, en una palabra, un apoyo al «capitalismo campesino» en detrimento del «capitalismo señorial».

En cuanto al Estado, su despotismo totalitario está desde ya tan íntimamente ligado a su función capitalista que no puede ser eliminado sin que sea destruida esta función, a saber, sin una revolución que, apoyándose por cierto sobre las necesidades de la destrucción radical de los restos preburgueses, caiga en manos del proletariado para servir de máquina de guerra en la lucha del proletariado internacional contra el capitalismo. Entre tanto, un cambio de régimen bien puede desempolvar al Estado de sus aspectos más provoca dores, como los derechos exhorbitantes dados a los extranjeros o el lujo insostenible de algunas familias de la aristocracia «corrupta», pero es claro que ninguna Constitución, ninguna «democracia», no podría ser más que una «hoja de parra del absolutismo» destinada a ocultar la desnudez del terrorismo del Estado.

Contra el bonapartismo a la enésima potencia, nacido del vacío creado entre un desarrollo económico frenético y la lentitud de la evolución social, seguro del control de las palancas económicas y de un aparato militar y policial gigantesco, así como del apoyo no solo militar, sino igualmente financiero y político del imperialismo (e incluso si debe adornarse de un barniz democrático), las olas de las viejas clases importantes como de las nuevas clases inmaduras se abalanzan periódicamente, pero se rompen también regularmente. Sin embargo, bajo sus alas, la potencia anónima del capital prosigue su marcha inexorable sobre los cadáveres de los campesinos pobres y de los proletarios explotados.

Haciendo un paralelo con otro bonapartismo, anticipemos el próximo terremoto social. La clase obrera iraní, hoy aún débil y sin guía, es, sin embargo, la única clase históricamente capaz de hacer avanzar la sociedad, oponiendo a la fuerza concentrada del Estado patrón y despótico una fuerza aún más centralizada y centralizadora que habrá sabido sacar las lecciones de la tragedia presente y capitalizar los tesoros de lecciones del largo calvario de la clase obrera internacional.

Como la clase obrera francesa de hace más de un siglo, ella sabrá erigir, sobre los escombros de una sociedad lleva da a la incandescencia por sus insolubles contradicciones, su Comuna Roja victoriosa, eslabón de la cadena internacional de la revolución proletaria.

Source: «El Programa Comunista», n° 30, marzo-mayo de 1979

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