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EL ARDIENTE DESPERTAR DE LOS «PUEBLOS DE COLOR» EN LA VISIÓN MARXISTA
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El ardiente despertar de los «pueblos de color» en la visión marxista
Confirmación ideológica y reflejos práctico
Dos eslabones de una misma caden
La necesaria soldadura
El ejemplo del Congo
Una responsabilidad histórica
La gran ocasión
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El ardiente despertar de los «pueblos de color» en la visión marxista
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La enorme importancia de los movimientos de emancipación colonial en la situación de la posguerra, considerados no solo en su dinámica cotidiana, sino en sus perspectivas futuras, pone permanentemente a la orden del día el apasionante problema de su interpretación en el marco de la ideología marxista y de su soldadura con la estrategia internacional de la revolución proletaria. Este es un tema sobre el que hemos vuelto continuamente en el curso de los últimos anos, y hoy ya no tendríamos necesidad de preceder el análisis de los últimos desarrollos de las cuestiones argelina y congolesa con una rápida síntesis de las cuestiones de principio que le están ligadas, si no tuviésemos que liquidar una polémica con dos posiciones de origen diferente pero fundamentalmente semejantes. Una, inspirada en un falso extremismo, proclama «la indiferencia» del marxismo revolucionario en relación a los movimientos de los pueblos coloniales y a su resultado histórico; la otra, los presenta como un «hecho nuevo», no solo extraño al marxismo, sino irreconciliable con sus previsiones. Ambas posiciones excluyen las luchas de los pueblos de color de la estrategia de la revolución proletaria, encerrándolas en los limites de una perspectiva democrática y nacional burguesa. La primera, con desprecio; la segunda, con una satisfacción mal disimulada.

En realidad, el violento desquite de los pueblos de color, cuya explotación comenzó con los inicios del capitalismo, ocupó y ocupa en la perspectiva marxista un lugar que jamás fue secundario ni accidental, imprevisto o imprevisible. Esta afirmación es inseparable de la restauración de la doctrina y de la organización del movimiento proletario en su integridad actuante.

Confirmación ideológica y reflejos prácticos
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En realidad, seria insuficiente decir, a propósito de los movimientos anticolonialistas, que para el marxismo no existen fenómenos «indiferentes» en un sentido absoluto porque el revolucionario tiene el deber de tomar posición frente a todos los fenómenos, sean éstos favorables o desfavorables en relación al resultado final de su batalla. Se trata de fenómenos inseparables del curso histórico de la evolución capitalista desde su génesis, y, en cuanto tales, en la visión de Marx y Engels, y desde 1848, es tan indisolublemente ligados al curso histórico de su derrocamiento por el proletariado.

Ante todo, son una parte vital de la crítica de la sociedad burguesa. Tanto en el Manifiesto como en los escritos de 1850-1860 y en la sección del Capital consagrada a la acumulación primitiva, figuran, en el primer plano de esta batalla polémica y crítica (que era y sigue siendo para los marxistas el preludio necesario a la revolucionaria «crítica por las armas»), las dislocaciones producidas por el desarrollo gigantesco de la producción capitalista en las tierras, antaño lejanas, que el «heroico» comercio mundial abría con una violencia subversiva a los «progresos de la civilización». En realidad, esto comenzó desde el inicio de su triunfo sobre la economía feudal en Europa; el imperialismo es, desde su nacimiento hasta su muerte, el reverso de la economía basada en la mercancía, el trabajo asalariado y la ganancia.

Es allí, pues, más que en la atmósfera de la gran industria occidental e inglesa en particular, que la demolición marxísta de los pretextos morales, pacifistas, humanitarios con los que se oculta la explotación capitalista, extraía y extrae aún los elementos más candentes de su crítica. Es la dramática prueba de que la sociedad burguesa (al igual que las sociedades que la precedieron, e incluso en un grado tanto mayor cuanto más fuerte sea su potencia explosiva) nace y se afirma según un proceso que no es «idílico», «pacifico» ni «natural», sino salvajemente devastador, guerrero, marcado de sangre y miseria; la prueba de que sus conquistas históricas y sus fundamentos no se apoyan en la persuasión, sino en la violencia abierta. Ante esos dramas, el marxismo no derrama lágrimas como quien mira con nostalgia hacia un pasado que nunca debería haber cedido el paso al presente, pero tampoco los registra fríamente como etapas necesarias de la dialéctica hegeliana del Espíritu. El marxismo se apodera de esos anales en los que la historia del capitalismo está grabada con letras de hierro y fuego, hace de ellos armas de batalla y los agrega al libro de cuentas que solamente el hierro y el fuego de la revolución proletaria podrán ajustar un día.

Son una parte vital (y no en forma paralela, sino convergente) de la perspectiva marxista. Precisamente en los años que siguieron a los grandes combates europeos del proletariado industrial en 1848-49, Marx y Engels dirigieron su mirada - con una pasión que sólo sorprende a los «indiferentistas» o a los que sueñan con «hechos nuevos e imprevistos» - hacia un dominio exterior al capitalismo avanzado, pero que se sitúa en el interior de su radio de acción, de su agresiva expansión, y, particularmente, hacia Asia, para entrever allí los síntomas de un cataclismo que, al repercutir sobre las metrópolis de la producción y del comercio burgueses, impulsará nuevamente a la escena de la historia al gigante abatido y temporalmente somnoliento: el proletariado occidental.

«Dada la prosperidad general - escribe Marx en 1850 - en la que se desarrollan las fuerzas productivas de la sociedad burguesa, con toda la exuberancia permitida en el marco de las relaciones capitalistas, no se puede pensar ni de lejos en una verdadera revolución. Esa revolución sólo es posible en los períodos en los que entran en conflicto estos dos factores: fuerzas productivas modernas y formas de producción burguesas».

Y en el artículo «La revolución en China y en Europa» del 20 de mayo de 1853, escribe:

«Cualquiera sea la agudeza que pueda alcanzar el conflicto entre las grandes potencias europeas, por más amenazante que pueda parecer el horizonte político, cualquiera sea el movimiento que pueda intentar una minoría romántica en tal o cual país, la ira de los príncipes y el furor de los pueblos también serán mitigados por el soplo de la prosperidad. No es probable que guerras o revoluciones puedan trastocar a Europa, si no es bajo el efecto de una crisis comercial e industrial generalizada, cuya señal, como de ordinario, deberá ser dada por Inglaterra, representante de la industria europea en los mercados del mundo». Pero «inevitablemente llegará el día en que la ampliación de los mercados no podrá ir a la par con el desarrollo de las manufacturas inglesas, y ese desequilibrio producirá una nueva crisis, del mismo modo en que la ha producido necesariamente en los anos pasados. Si, además, uno de los mercados más vastos se contrae, la crisis forzosamente se acelerará. Ahora bien, tal como están las cosas hoy, la revolución china tendrá justamente ese efecto sobre Gran Bretaña».

Marx y Engels buscan la señal del tan esperado «desorden» europeo y, de rebote, de la inevitable reanudación revolucionaria del proletariado metropolitanos en las perturbaciones económicas y políticas provocadas por la penetración del comercio capitalista en China e India; en las guerras comerciales; en las revueltas de los taipings y hasta en la resistencia de un imperio podrido y de una sociedad fosilizada a las tropas franco-británicas durante las guerras del opio; en la insurrección de los sepoys, privilegiados y tradicionalistas (movimientos que ni siquiera eran burgueses, sino preburgueses: ¡qué lejos estamos del indiferentismo!); en el «orden» que, en Oriente, tratan de restablecer los Seymour o los Dalhousie, usando la violencia más brutal y desvergonzada.

Esta posición es puramente dialéctica. Como en los artículos de Marx y Engels de 1853 sobre la India, sólo tiene derecho a saludar como «revolucionaria a pesar suyo» a la acción subversiva del imperialismo británico en la India o en China, portador involuntario de las relaciones modernas de producción en áreas precapitalistas que vegetan en un sueno milenario, quien esté dispuesto a combatirlo con la violencia, o, si no puede hacerlo directamente, a tomar partido por el que lo combate, quienquiera sea, con tal que no esgrima ni el papel del voto, ni los instrumentos del ritual religioso, sino la espada. Sólo puede tomar partido por los pueblos que se revelan bajo cualquier bandera contra el «heroico» comercio burgués, quien dialécticamente espera que estos movimientos tengan por efecto el desencadenamiento de la guerra de clase proletaria en los países de capitalismo avanzado, la que, a su vez, repercuta en las áreas coloniales impulsando a las revueltas más allá de los términos en los que éstas se presentan a la «conciencia» inmediata de sus participantes. Para el marxismo, la revolución es un hecho internacional, una cadena cuyos eslabones reaccionan unos sobre otros, los movimientos coloniales sobre los movimientos proletarios, y viceversa, y, en la que incluso la derrota es fructífera si engendra, como no puede dejar de engendrar, las fuerzas y los instrumentos de una futura conquista más durable.

En uno de dichos artículos podemos leer:

«Los hindúes no podrán recoger los frutos de la nueva sociedad que, en su país, han sido sembrados por la burguesía británica, mientras el proletariado industrial no haya abatido a las clases dominantes en la misma Inglaterra, o mientras los mismos hindúes no sean lo suficientemente fuertes como para liberarse del yugo de la dominación inglesa. (...) Cuando una gran revolución social se haya apoderado de las conquistas de la época burguesa - el mercado mundial y las fuerzas productivas modernas - y las haya sometido al control común de los pueblos más avanzados, solamente entonces el progreso humano dejará de parecerse a ese espantoso idolo pagano que sólo bebía el néctar del cráneo de los que habían sido sacrificados!».

Hoy, más de un siglo después, cuando la «ola de desorden» refluye de los teatros de un desesperado intento capitalista de «mantener el orden» en los templos dorados de la «grandeza francesa» y de la alta finanza belga y enmaraña los nudos ya inextricables (excepto si se emplea la espada) del supercapitalismo parapetado en los últimos restos de sus posesiones coloniales, ¿acaso deberíamos permanecer indiferentes ante la prolongación de los «hechos» no nuevos de antaño, en esta época del más despiadado capitalismo? ¿Acaso para nosotros puede ser nuevo e indiferente que esta entrada en escena de masas populares armadas en las colonias y semi colonias haya interrumpido ese «soplo aplanador de la prosperidad» y puesto así en movimiento a los proletarios de Lieja y de Bruselas, y desgarrado el tejido de la sociedad francesa? ¿Acaso puede ser nuevo e indiferente para la perspectiva histórica marxista el hecho de que junto a las relaciones de producción burguesas, el imperialismo deba dar vida a las fuerzas humanas que lo destruirán, los hindúes de 1960-61, quienes con su canto de gallo despiertan al proletariado adormecido de las metrópolis industriales?

Dos eslabones de una misma cadena
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Pero en la perspectiva marxista los movimientos coloniales tienen un papel mucho más importante que el de simple agente pasivo, y, por así decirlo, mecánico de la reanudación proletaria.

En esta perspectiva, la resolución de los gigantescos conflictos sociales desencadenados por la expansión del modo de producción capitalista, sólo puede tener por teatro a los países en los que la historia ha puesto a la orden del día no una revolución vagamente popular, sino la revolución proletaria. En la famosa carta a Kautsky del 12 de septiembre de 1882, en una época en que el proletariado autóctono recién empezaba a nacer o aún no había nacido en las colonias extraeuropeas, Engels, mirando más allá del nauseabundo presente - tan caro a los oportunistas e inmediatistas de todas las épocas y colores - en el que los trabajadores ingleses «recogían las migajas del monopolio británico sobre el mercado mundial y colonial», y pensaban por ello de la política colonial «exactamente lo mismo que piensan de la política en general, o sea, lo mismo que piensan los burgueses» (como ocurre hoy en Gran Bretaña y Francia, en Bélgica y América, para no hablar del resto), y anticipando, sin dejarse descorazonar por esto, un nuevo «asalto proletario del cielo», un Octubre Rojo (y esto, no es una metáfora, ya que los escritos sobre Rusia son contemporáneos de su lúcido pronóstico de una revolución que no solo seria antifeudal), Engels confiaba al proletariado revolucionario victorioso la tarea de «tomar provisoriamente a su cargo» a los países sometidos a la dominación europea con población nativa (e indicaba específicamente a India, Argelia, las colonias holandesas, portuguesas y españolas, ¡tan «profética» era la visión marxista!) y «conducirlos lo más rápidamente posible a la autonomía». Esa era la tarea que hacían inmediatamente posible las condiciones objetivas de las colonias, a saber, la inexistencia o casi inexistencia de un proletariado autóctono, el estancamiento o atraso de la industrialización acelerada por las potencias coloniales aliadas a las clases tradicionales gobernantes locales y deseosas de retardar lo más posible la entrada en escena de competidores extraeuropeos.

Y, sin embargo, en un momento en que la parálisis de la revolución europea se haya prolongado y en que hayan crecido en forma gigantesca las fuerzas que impulsan a las áreas coloniales hacia la industrialización y la «capitalistización», las premisas de lo que será el encuadramiento de las luchas de los «pueblos de color» en la estrategia y la táctica de la revolución comunista establecidas por la III Internacional, ya estaban integralmente presentes en las directivas fijadas por Marx y Engels para las «revoluciones dobles» en imperecederos textos (basta con recordar el «Mensaje a la Liga de los Comunistas» de marzo de 1850). En realidad los movimientos coloniales de hoy reproducen a escala mundial la situación que la Europa de 1848-50 presentada a la crítica marxista, pero con una carga explosiva mayor: movimientos pequeñoburgueses de carácter radical y violento cuyo «horizonte» ideológico y práctico sólo puede ampliarse con la entrada en escena y la lucha abierta del proletariado revolucionario, sin la cual este horizonte necesariamente se restringe.

La perspectiva de la revolución permanente fijada por Marx y Engels era la siguiente: el proletariado europeo debía intervenir al lado de la pequeña burguesía armada y revolucionaria en la destrucción de los últimos bastiones del régimen feudal e impulsar más allá de sus limites a esta «primera revolución» para llevarla (teniendo a la pequeña burguesía, su ex-aliada, como una sierva sumisa o como una enemiga declarada) al plano del combate mortal entre capital y trabajo asalariado, y al dilema final: o dictadura abierta del capital, o dictadura abierta del proletariado comunista. Esta perspectiva, que en esa época era, por así decirlo, vertical, hoy se reproduce en un plano horizontal: la revolución puramente proletaria, la única posible en Occidente; una revolución con base popular radical en las ex-colonias, cuya solución está ligada a la primera, o condenada, por el retardo de la primera, a una involución más o menos rápida, a la que se agrega un potencial autóctono de proletarios auténticos que la marcha del capitalismo imperialista, incluso bajo el impulso de las resistencias revolucionarias locales, no pudo dejar de producir. La tarea de «tomar provisoriamente a su cargo» a las colonias con población autóctona se vuelve la de «tomar definitivamente la dirección» de insurrecciones violentas, de origen pequeñoburgués nacional y radical, que, no obstante, contienen en el plano internacional y, en parte, incluso en el plano nacional, potencialidades mucho más vastas y fecundas.

La III Internacional hizo suya esta tarea, como lo recordamos e ilustramos muchas veces, y hoy no podemos dejar de repetirlo a los que lo han olvidado. Ella reconoció en aquellos movimientos cuyo carácter social no proletario no vaciló en definir, un elemento cardinal de la estrategia revolucionaria del proletariado mundial. Fijó a los partidos comunistas la tarea de apoyarlos en el terreno de la lucha armada debiendo denunciar al mismo tiempo los limites sociales y, por tanto, programáticos de las fuerzas dirigentes de esos movimientos, y debiendo impulsarlos, con su presencia activa pero autónoma en el plano de la ideología como en el de la organización, más allá de los limites trazados por su estructura social misma y su origen histórico. Revolucionaria, a pesar de si misma y contra ella, la burguesía no solo ha acumulado el potencial incandescente de revueltas nacionales nativas, sino ese otro potencial más incandescente aún que es el proletariado de color. Corresponde al proletariado revolucionario de las metrópolis capitalistas nuclear en la lucha armada, tanto en la metrópolis como en las colonias o ex colonias, las energías que permitirán al viejo topo laborioso de la revolución superar de un salto la meta nacional burguesa para unirse al incendio generalizado del asalariado de todos los continentes y de todas las razas. Eso solo es posible bajo la dirección estratégica y táctica de un partido revolucionario marxista mundial que haya superado para siempre, en las metrópolis capitalistas, las ilusiones democráticas, parlamentarias, y la creencia en la coexistencia pacífica, un partido que indique a la clase obrera de los países industriales avanzados la vía, la única vía, la del asalto directo y violento para la conquista del poder, la de la dictadura comunista, y que nada de ella la palanca de la radicalización en un sentido proletario de los movimientos coloniales. ¿Acaso es preciso recordar que ésas fueron las tablas de la ley, del II° al V° congreso de la I.C., para todos los partidos afiliados a la Internacional, antes de la victoria del oportunismo stalinista y de la mortal consigna del «socialismo en un solo país»?

La necesaria soldadura
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Hoy, el «indiferentismo» se escuda tras el pretexto de que los movimientos coloniales tienen un origen y un contenido ideológico (y, en parte, también social) burgués y se prestan a ser maniobrados por los bloques de los imperialismos rivales. Aquí está la insidiosa traición. Lo que bloquea el proceso de radicalización de los movimientos coloniales, lo que encierra sus perspectivas en los limites del programa y de fuerzas sociales burguesas y, por consiguiente, lo que los expone a la posibilidad de una cínica explotación de parte del gran capital parapetado tras los muros de la Casa Blanca o del Kremlin, es, precisamente, la indiferencia (que, por otra parte, en el terreno de las luchas de clases significa paso al enemigo) del proletariado revolucionario y, peor aún, de su Partido. Es la renuncia a la tarea que le ha confiado no Marx, Engels o Lenin, sino la historia de la que ellos fueron los portavoces, lo que castra un fenómeno histórico tan cargado de posibilidades futuras. Desde hace anos, y casi todos los días, el rudo puño de los «hombres de color» golpea a la puerta, no de los burgueses, sino de los proletarios de las metrópolis. Esto no es una metáfora, pues los proletarios belgas de 1961 o los proletarios franceses que llevaron adelante las grandes huelgas de los anos pasados, responden y respondían, conscientemente o no, poco importa, a la «ola de desorden» que se desencadenaba en la selva congolesa o en el bled argelino. Esta respuesta es dada por los movimientos que irrumpen en toda la extensión de la clase proletaria, pero no viene de su supuesto partido, o, cuando viene de él, es lo contrario de la respuesta de la gran tradición revolucionaria: es la respuesta llorona de la democracia, de la conciliación, de la diplomacia, del patriotismo, o es la respuesta, no menos repugnante, de la «indiferencia» altiva y despreciativa. ¡Puaj, movimientos burgueses! Y sin embargo, en el Congo, el primer toque de alarma, en 1945 como en 1959-60, vino de gigantescas huelgas, no desencadenadas seguramente por burgueses, sino por auténticos proletarios (...). ¿No era acaso burgués el horizonte de febrero de 1848 y febrero de 1917? ¿Acaso la «primera revolución» rusa no hubiese caído definitivamente en las manos del imperialismo y de la guerra si los bolcheviques, en lugar de asumir la responsabilidad de llevarla más allá de si misma, se hubiesen parapetado en la estúpida fortaleza de la «indiferencia»?

El proletariado revolucionario occidental debe recuperar el tiempo y el espacio trágicamente perdidos por seguir el espejismo de las soluciones democráticas de un problema que, a escala mundial, sólo puede resolver la revolución comunista. No puede exigir de los movimientos coloniales algo que sólo depende de él. Pero, aun así, los saluda con una pasión devoradora. Aun así, porque son la única chispa de vida en un presente mortífero que perturba el equilibrio internacional del orden establecido (más adelante veremos que la «explotación de los movimientos coloniales por parte de los imperialistas» debe ser tomada con muchas reservas); porque catapultan en la arena de la historia a gigantescas masas populares (que abarcan incluso masas proletarias) que hasta ahora vegetaban en un «aislamiento sin historia»; porque aun cuando pudieran reducirse - pero la dialéctica marxista se niega a ello - a movimientos puramente burgueses, criarían en su seno a los sepultureros que el occidente putrefacto, hundido en una prosperidad estúpida y asesina, arrulla en un sueño más profundo que el que provoca la «droga soporífera que se llama opio»; porque en definitiva, en una tradición de una historia que tiene más de un siglo, son «revolucionarios a pesar suyo». Esto es algo que, para los burgueses y los indiferentistas radicales de hoy, como para los que Marx ridiculizaba en una carta de 1853 a Engels, es demasiado shocking, demasiado escandaloso, pero no para nosotros, no para los marxistas dignos de ese nombre.

El ejemplo del Congo
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La mejor ilustración de los principios que constituyen la base de la perspectiva marxista en las luchas de los pueblos coloniales es provista, sin duda alguna, por la historia lejana y reciente del Congo, de la que nos hemos ocupado muchas veces en estas columnas, pero sobre la cual deberá emprenderse un estudio más profundo, económico y político, en un futuro próximo. Decimos la mejor ilustración, ante todo porque, de todos los grandes países del África Negra, el Congo es aquél en donde el movimiento de liberación del yugo colonial está más directamente ligado (y esto no data de hoy) a las luchas de clase del proletariado. Basta con recordar algunos hechos salientes. Los trágicos acontecimientos de 1960 en el Congo fueron inaugurados por potentes huelgas en el centro comercial y administrativo de Leopoldville, en donde se habían producido explosiones análogas el año precedente. En 1945, a fines de la segunda carnicería imperialista, tuvo lugar una gran marea de agitaciones puramente obreras. Datan de 1905-08 los episodios más repugnantes de explotación capitalista de la mano de obra autóctona por parte de Bélgica, la que en 1914 tendrá el cinismo (tantas veces denunciado por la izquierda socialista internacional, desde Lenín hasta nosotros) de protestar contra las «atrocidades alemanas», arrancando las lágrimas del mundo democrático, «atrocidades» que, no obstante, fueron oficialmente desmentidas más tarde; pero aun habiendo sido ciertas, sólo habrían significado una parte infinitesimal de las infamias perpetradas por la clase dominante belga sobre los pueblos confiados a su «tutela paternal».

Este vinculo estrecho entre movimiento popular y movimiento proletario se explica por la misma estructura de la economía congolesa, en la que, en sus centros vitales y desde hace numerosos decenios, la agricultura tiene los caracteres del gran monocultivo capitalista en las plantaciones de caucho, cacao y café, y, asimismo, la industria minera y siderúrgica, controlada por gigantescos organismos financieros internacionales, presenta una alta concentración de mano de obra asalariada, mientras que en las grandes ciudades comerciales, como la misma Leopoldville (que, al mismo tiempo, son grandes puertos fluviales), cuentan con un alto porcentaje de proletarios y subproletarios negros, empleados en penosos trabajos de carga y descarga. Por lo tanto, en el Congo había y hay premisas objetivas de esta radicalización del movimiento popular de independencia, cuya dirección fue confiada por la III Internacional, hasta su IV Congreso, a los partidos comunistas metropolitanos y autóctonos.

Por otra parte, como lo demostramos en ocasiones precedentes, los dos partidos dominantes, que tienen tras de si una larga historia de actividad clandestina y legal, presentaban el cuadro típico de las tensiones internas de todos los movimientos populares africanos. Mientras que Ábaco, dirigido por el actual presidente de la República congolesa, Kasavubu, agitaba y agita un programa federalista con un acento claramente puesto en la preeminencia de la región de Leopoldville (antigua capital del reino del Bajo Congo), el Movimiento Nacional Congolés de Lumumba luchaba, por el contrario, por un Estado unitario y centralizado en el que se habrían superado y disuelto los odios ancestrales de tribus y pueblos. En efecto, se sabe que el mayor triunfo del colonialismo imperialista es la «balcanización» del Continente Negro, la explotación de los conflictos y rivalidades entre grupos étnicos de nivel cultural y económico diferentes, en nombre de una moderna variante de la vieja receta: «dividir para reinar». El destino del Congo, que oficialmente había adquirido su independencia, dependía, evidentemente, de la solución de este dilema.

El federalismo es considerado por la burguesía internacional como la ventana que puede permitirle volver a entrar en propiedades de las que ha sido expulsada por la puerta, y no es casual que contra el antifederalista Lumumba se hayan desencadenado, justamente, todas las fuerzas internas y externas ligadas a la alta piratería imperialista. Katanga, siempre maniobrada por los belgas (hasta la ONU lo reconoció) que poseen allí la mejor parte de las empresas mineras y siderúrgicas, aprovechó para reclamar enseguida su autonomía, y las Naciones Unidas (y, detrás de ellas, los Estados Unidos), a pesar de tener interés en una solución federal pero no impulsada hasta la secesión, debieron aceptar el hecho consumado - luego de algunas infructuosas amenazas - para no enemistarse totalmente con el gobierno de Bruselas. Luego, en el interior de la República, comenzó la ofensiva anti-Lumumba, con la ayuda de los Kasavubu y Mobutu, y, desgraciadamente, se llegó a lo que se asiste actualmente: la movilización de las hostilidades seculares entre tribus en interés del patrón extranjero.

Que el horizonte político del MNC y de Lumumba hayan sufrido taras propias a todos los movimientos indígenas con fondo radical pequeñoburgués, es indiscutible. No solo no se trata de un horizonte proletario, sino que, por una parte, su programa unitario y centralista - que es en si una fuerza de progreso, como lo es de retroceso el federalismo - no se extiende más allá de los limites políticos que la potencia colonialista europea le ha impuesto en forma arbitraria y no natural. Para el Estado congolés es vital desgarrar la camisa de fuerza del estrangulamiento que, como un segundo «pasillo polaco», lo comunica con el mar (y que de un momento a otro puede ser roto y transformado en una puerta cerrada) y unirse, así, a los movimientos de otras poblaciones similares que se encontraban bajo la dominación francesa o que aún se encuentran bajo la dominación portuguesa. Por otra parte, su programa estaba, y aún lo está, atado a la ilusión democrática y pacifista que lo condujo a hacer llamamientos a la ONU, cuando era claro que eso no significaba ir hacia una posible victoria, sino hacia una fatal derrota. Los últimos acontecimientos - Lumumba prisionero de los belgas por intermedio de Chombé y del movimiento pan africano de sus herederos políticos - demuestran, a la vez, todo lo que se perdió esperando que la ONU aportase una solución, y las potencialidades que contenía, y que sigue conteniendo todavía, la rebelión congolesa.

Una responsabilidad histórica
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Pero la tarea de impulsar al movimiento lumumbista más allá de sus posiciones inmediatas y de barrer del mismo golpe las resistencias centrifugas de la Abaco y de las tribus más atrasadas apoyándose en la base proletaria del MNC, en la posición de fuerza originaria de la idea unitaria, y en la decisión de emplear los medios no parlamentarios de los grandes virajes históricos, presente en las grandes masas indígenas durante las primeras fases del temblor de tierra congolés; esa tarea, incumbía al Partido internacional del proletariado si éste aún hubiese existido. ¿Qué hizo el Kremlin - que falsamente se pretende el heredero de la tradición leninista - sino precisamente lo contrario de lo que esta tradición exigía? En la retórica de los discursos oficiales proclama que sostiene a Lumumba, pero la decisión de confiar a la ONU la tarea de vigilar el paso del poder de la administración belga a la administración congolesa - con todo lo que ello significa para la liquidación del ala más avanzada del movimiento anticolonialista lleva la firma de los soviéticos, y, desde entonces, éstos nunca dejaron (y en el futuro, indudablemente, tampoco dejarán de hacerlo) de desplazar la cuestión del Congo del terreno natural de la lucha abierta en territorio indígena, al falso y engañoso terreno del Palacio de Cristal. Por otra parte (y esto es también una respuesta a los que, reduciendo la historia a un drama banal entre monigotes, exclaman despreciativamente: «Es un movimiento no proletario, maniobrado por el imperialismo moscovita»), parece que jamás dieron otra ayuda a sus pretendidos amigos congoleses que la hipócritamente verbal y concretamente capítuladora - como la ayuda para reprimir toda veleidad de elegir una vía no democrática, no conciliadora, no «localista» y no legalitaria: la de la revolución armada.

La gran ocasión
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Es fácil imaginar el potencial explosivo que hubiese podido ser liberado de la rebelión congolesa si la internacional Comunista aún hubiese estado viva y sólidamente parapetada en las posiciones programáticas de 1920-23 (y no reducida a marioneta diplomática de un Estado que ya no tiene nada de proletario) y, si en esta histórica batalla, ella hubiese lanzado el peso de su fuerza desplegada por el mundo entero y concentrada en las metrópolis y los centros vitales del imperialismo. Los estrechos límites del horizonte radical del MNC habrían sido rotos; las jóvenes fuerzas proletarias en los campos, las minas, los grandes estable cimientos siderúrgicos, los portuarios de los numerosos puertos fluviales, habrían entrado en escena con la decisión y la violencia de las que habían dado pruebas a comienzos de 1960 y también antes, para escándalo de los blancos «civilizados», capaces de otras tantas violencias y de una hipocresía secular para disimular las. Y el incendio hubiese podido extenderse no solo a los territorios vecinos, sino, como lo demuestran los acontecimientos de diciembre de 1959 y diciembre de 1960 - enero de 1961 en Bélgica, hubiese podido alcanzar, con su soplo impetuoso, la fortaleza metropolitana del «mundo de los negocios» europeo, Bruselas, Lieja, Amberes.

Hoy es fácil sonreír ante lo que se considera como la «opereta congolesa», mientras que se trata de la tragedia de un pueblo al cual faltaron el sostén y la dirección de los proletarios de la Europa «civilizada» y del mundo. Es fácil también lamentarse sobre la suerte de hombres como Lumumba y sus partidarios que todos los miembros de la ONU, sin excepción, condenaron a un lúgubre destino. El hombre que encarnaba una posibilidad de radicalización del movimiento congolés es hoy prisionero de los federalistas y de los secesionistas. Este drama confirma que sólo hay una vía para la liberación de los pueblos de color: la que, con un vinculo indisoluble, liga sus movimientos a los del proletariado de las metrópolis, y que no tiene por tema ni «el socialismo en un solo país», ni la democracia, ni el pacifismo de la coexistencia, sino el internacionalismo comunista, la violencia de clase y la declaración de guerra abierta al mundo burgués internacional.

Por el momento, la partida está perdida en el Congo. Pero el proletariado congolés no está muerto, y es la misma dinámica del imperialismo la que está condenada a engrosar sus filas. Lumumba, o tantos otros, podrán desaparecer de la escena con todos sus prejuicios y todas sus posibilidades de superarlos, pero cuando la revolución estalla nunca deja de producir sus militantes, grandes y pequeños, sus jefes y sus simples soldados. Un hombre puede ser encadenado, sobre todo si, en parte, contribuyó a forjar sus cadenas, pero la historia es más fuerte que todos los aparatos policiales, y su venganza no tiene nombre ni fecha. Llegará un día en que los perversos y los falsos amigos de los revolucionarios negros se encontrarán todos juntos bajo una fuerte custodia proletaria en la prisión que, de buen grado o no, ellos mismos se habrán construido.

¡Que los proletarios de Leopoldville, Stanleyville, Elisabethville puedan ya no estar solos en su heroica batalla!

Source: «El programa comunista» N.° 36, Octubre-Diciembre de 1980 (Reunión de Bolonia, 12-13 de noviembre de 1960)

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