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ASOCIACIONISMO OBRERO, FRENTE PROLETARIO DE LUCHA Y PARTIDO REVOLUCIONARIO, HOY
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Asociacionismo obrero, frente proletario de lucha y partido revolucionario, hoy
Premisas del asociacionismo obrero
Parábola histórica de la organización sindical
Frente proletario de lucha, hoy
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Asociacionismo obrero, frente proletario de lucha y partido revolucionario, hoy
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Ya hace más de veinte años, y en particular en nuestras tesis sobre la cuestión rusa de 1957 (1), nuestro Partido había previsto puntualmente el desencadenamiento de la crisis económica internacional que habría de ocurrir hacia 1975. También es cierto que nuestra previsión de entonces se refería no solo a una crisis económica, sino a una crisis social y política, a una crisis revolucionaria. En varios escritos posteriores al 75, así como en nuestras reuniones generales, y siguiendo de este modo el ejemplo de Marx, Engels y Lenin, hemos defendido la necesidad de la previsión de la revolución, incluso viéndola más cercana de lo que en realidad pueda estarlo, como una exigencia de la preparación de su vanguardia combatiente, siempre y cuando esta previsión no esté basada en la simple subjetividad voluntarista, sino en las tendencias fundamentales y objetivas del capitalismo mismo. Al mismo tiempo, hemos explicado (2) las razones objetivas y subjetivas de este atraso de la eclosión revolucionaria, encarnadas básicamente en la superposición y el mutuo potenciamiento de las dos olas sucesivas de degeneración socialdemocrata y stalinista, en el denso tejido social e institucional que liga las más vastas organizaciones obreras y sus burocracias sindicales al Estado burgués, en el sistema del Estado providencial que constituye para amplias masas una especie de «reserva», en el incrementado potencial totalitario del sistema burgués a escala nacional e internacional, y, last but not least, en la ausencia - dialécticamente ligada a los antedichos factores - del partido de clase previa y profundamente implantado en el proletariado.

Pero, a la vez y dialécticamente, en la acción que sobre dichos factores ejercerá la situación de crisis económica, podía leerse la premisa objetiva necesaria del futuro auge:
«
A la larga, la crisis económica actuará como un «acelerador» sobre los antagonismos que hoy se incuban, sin exteriorizarse aún, en el seno del modo de producción capitalista y de la sociedad burguesa (...). La crisis destruirá los equilibrios realizados a duras penas, agravando los desequilibrios jamás suprimidos, destruyendo las «garantías» económicas y sociales que parecían eternas, y haciendo saltar esas «reservas patrimoniales» que parecían adquiridas, incluso para los proletarios, como «derechos» arraigados, y minando las bases de viejas «certezas». Lentamente, pero con bruscos sobresaltos, la crisis despertará de su letargo a la lucha reivindicativa y tenderá a destrozar a las fuerzas que querrían disciplinarla fragmentándola o conteniéndola».
Y concluíamos haciendo un llamamiento para la preparación subjetiva de las condiciones de la revolución, encarnadas en el reforzamiento del partido y de su influencia sobre las masas combatientes del proletariado, a través de la lucha
«
tanto por los objetivos inmediatos como por los objetivos finales del movimiento proletario, aceptando el terreno de las luchas reivindicativas y construyendo en esas luchas, y por encima de ellas, el terreno de la guerra de clase para la revolución comunista» (3).

Cuatro años más tarde, podemos y debemos constatar no solo un atraso de la curva de la lucha política respecto a la curva económica, sino incluso en el terreno mismo de la lucha reivindicativa y en el del renacimiento, aunque sea a escala reducida o embrionaria, de un atisbo de asociacionismo obrero.

A pesar de una ofensiva generalizada de carácter internacional de la clase capitalista contra las «ventajas» acordadas en el periodo del boom económico posbélico, ofensiva que está aún en sus primeros pasos; a pesar del incremento masivo del paro y de las reestructuraciones industriales en gran escala, la clase obrera de los centros imperialistas (y aquí no nos referimos solamente a los EE.UU., Japón, Francia, Inglaterra y Alemania, sino también a Italia) no ha accedido con continuidad al terreno de la lucha inmediata de defensa. Las razones de ello están en las premisas mismas de un cuadro histórico que ya hemos esbozado y que están confirmadas inversamente por el hecho de que allí donde varios de estos factores están ausentes o debilitados por motivos objetivos e históricos dados, la lucha proletaria en el terreno económico ha alcanzado un auge ausente en el área central del capitalismo mundial.

La crisis ha desencadenado importantes choques sociales en los países de la periferia capitalista, como Perú, Bolivia, Colombia, Brasil, Túnez, Egipto, Irán, donde los resortes amortiguadores de las garantías y «reservas» materiales consentidas a la clase obrera son nulas, y donde el entrelazamiento político y sindical de la socialdemocracia y del stalinismo con el Estado burgués está ausente o es secundario respecto a los otros factores de estabilización del Orden; como también en España, donde - a pesar de la presencia de las fuerzas básicas de la democracia y de las estructuras del Welfare State - la ausencia de una sólida tradición y continuidad del método democrático de dominación, con sus inseparables estructuras políticas y sindicales «obreras», se refleja en un movimiento de resistencia que, con altos y bajos, se prolonga desde hace cinco años. En este sentido, también es una confirmación de nuestro análisis el movimiento en los albergues Sonacotra en Francia, que concierne a las capas más desprovistas de la clase obrera y con menos encuadramiento reformista.

Desde hace ya dos años, sin embargo, nos hemos referido en Francia y en Italia al desapego pasivo de las masas respecto a las direcciones políticas y sindicales oficiales que son verdaderas correas de transmisión, activas o pasivas en sucesión alternada, de la ofensiva burguesa, así como a la creciente incapacidad de éstas últimas para movilizar a aquéllas en función de la política de este ala del espectro burgués. Esto es indudable, así como también es indudable la revuelta y los choques momentáneos de masas no desdeñables de trabajadores lanzados a la lucha contra la política abiertamente capituladora del reformismo socialdemócrata y eurocomunista en España.

Precisamente, el caso español nos plantea el problema adicional del porqué de la ausencia de una cristalización, no digamos ya de un asociacionismo de clase, sino más modestamente de un embrión organizativo de lucha clasista en el terreno inmediato, de la ausencia de consolidación de una vanguardia proletaria mínimamente estable capaz de impulsar y movilizar aunque más no sea a franjas del proletariado por la defensa de sus condiciones de vida y de trabajo, ausencia que es parcialmente comprensible en los otros países europeos por la inexistencia actual de una continuidad relativa de las luchas sociales. La cuestión nos lleva directamente al problema del presupuesto subjetivo de este asociacionismo.

Premisas del asociacionismo obrero
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Si las condiciones objetivas de todo asociacionismo obrero de defensa económica están dadas por los antagonismos. sociales in sitos en las leyes materiales del modo de producción capitalista, las premisas subjetivas elementales del renacimiento del asociacionismo de clase residen en la posibilidad de que, sobre la marea de vigorosos impulsos clasistas que emanen del subsuelo social en plena ebullición, las vanguardias de la clase están impulsadas a organizarse (y a organizar a su vez a la gran masa del proletariado) fuera y contra el control de la burguesía y del oportunismo. Sin embargo, esta condición no es suficiente para asegurar que las asociaciones, una vez surgidas, no se sometan a la tendencia «espontánea» de las luchas, y, por consiguiente, incluso de las organizaciones económicas, a refugiarse bajo las alas de esa misma burguesía y de ese mismo Estado contra los cuales habían emprendido la lucha. La condición indispensable para que eso no ocurra y para que el asociacionismo obrero conserve su carácter y su orientación de clase, es la presencia de una vanguardia política que, en el terreno inmediato, encamine su acción según orientaciones bien definidas, que no son necesariamente de partido, bien que el partido las propague y las defienda, y bien que sólo en el partido comunista esos principios alcancen su expresión completa, coherente y estable, volviéndose - precisamente por eso - el instrumento indispensable de la consolidación y el potenciamiento del carácter clasista y de la independencia de los organismos económicos de defensa obrera. Nos referimos a vanguardias que, al comprender la exigencia fundamental de impedir - o por lo menos atenuar - la competencia que los obreros se hacen entre si, tiendan a generalizar las organizaciones inmediatas de defensa y a solidarizarse entre si; a vanguardias que sepan que el asociacionismo y sus luchas, que representan el primer paso - incompleto, por cierto, pero esencial - para superar esa competencia, son una necesidad para elevarse, incluso moralmente, contra las condiciones económicas y sociales que el Capital impone al proletariado, contra el derecho que la burguesía tiene de explotarlo a su merced; a vanguardias que consideren que la defensa de sus organizaciones es aún más necesaria que las mismas conquistas inmediatas, por ser instrumentos de la unificación de la clase obrera en su lucha contra el Capital; avanguardias que tiendan a reagrupar a todos los inorganizados y, en modo particular, a los más explotados y desguarnecidos, con la convicción de que, muy lejos de circunscribirse a limites estrechos y egoístas de categoría, su objetivo apunta a la emancipación de todos los proletarios; a vanguardias que no exageren los resultados coyunturales de las luchas inmediatas cuyas formas deben oponerlas neta y declaradamente a la burguesía, y que sepan que éstas combaten los efectos y no las causas del modo de producción capitalista, y que, por si mismas, sólo pueden ser paliativos a esta explotación, pero no pueden extirpar el mal, más aún, que son impotentes contra las grandes causas que determinan las condiciones de vida y de trabajo de las masas obreras; a vanguardias que, precisamente a través de estas luchas, demuestren que son insuficientes para su emancipación del capitalismo y que, sin renunciar jamás a batirse en el terreno limitado y cotidiano de la «resistencia al Capital», vean la necesidad de forjar en él y más allá de él las armas de su superación en una batalla general política que tenga por objetivo el derrocamiento de la burguesía (4).

Sería insuficiente afirmar, pues, que lo que distingue a los reformistas, artesanos del sindicalismo democrático, de los militantes del asociacionismo de lucha de clase son los objetivos inmediatos y los métodos de lucha, bien que los objetivos y los métodos diferencien, cada vez más, a unos de otros. Por otra parte, un sindicalismo exclusivamente basado en unas tablas formadas por reivindicaciones dadas y métodos establecidos seria incapaz de resistir, afirmarse y desarrollarse en la guerra de guerrilla que enfrenta el Trabajo al Capital. Las huelgas por objetivos reivindicativos generales constituyen momentos privilegiados de la acción sindical, pero el asociacionismo obrero no puede resumirse a ellas, so pena de desaparecer con ellas; más aún, la misma razón de ser del asociacionismo consiste en asegurar la continuidad del movimiento y se construye con un trabajo de organización a partir de los intereses económicos inmediatos, incluso mínimos y hasta ultramínimos, que oponen los obreros al Capital.

La organización sindical, como la política, no es la mera expresión mecánica de las luchas inmediatas: es su expresión mediata, la expresión de la actividad de minorías de la clase. Son esas minorías - mucho más vastas, por cierto, que la del partido - las que aseguran la continuidad del movimiento en el espacio y en el tiempo; son ellas las que mantienen la continuidad de la propaganda, de la organización, de la agitación y de la movilización sindical del proletariado, tanto en los pequeños hechos contingentes de cada día como en las grandes luchas que arrastran consigo a las más amplias y profundas masas de la clase.

Ahora bien,¿ cómo han surgido esas minorías en el curso de la historia del movimiento obrero?

Parábola histórica de la organización sindical
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El inmediatismo de todos los tiempos se ha embriagado con la «espontaneidad obrera», la que representaría una genuina expresión de la actividad de las masas y que bastaría, por si misma, para mantener al movimiento proletario, incluso inmediato, en los justos carriles clasistas. Pero hay espontaneidad y espontaneidad. La actividad «espontánea» de las masas está condicionada por la interacción de factores económicos, sociales, políticos e históricos que determinan su corriente, así como la geología y la geografía física prefijan el curso de las aguas. Las expresiones de la «espontaneidad obrera», entendida como su actividad inmediata, está historicamente condicionada por la interrelación de factores cambiantes que tienden, de manera creciente, a determinar cada vez más férreamente su cauce.

El nacimiento del sindicalismo en Inglaterra, en la primera mitad del siglo XIX, no puede dejar de sorprender al observador contemporáneo por su vivacidad, su impulso, su «fluidez», por sus desarrollos y retrocesos fulgurantes. La «conductibilidad» social al asociacionismo tiene aquí su máximo índice de «espontaneidad», pero también su máxima falta de estabilidad. Al importante pero fallido intento de 1829-31 para formar la Asociación Nacional para la Protección del Trabajo (NAPL), le sucede en 1834 la Grand National Consolidated Trade Unions que, con cientos de miles de adherentes, hasta llegó a tener una influencia importante entre los obreros agrícolas. Una historia paralela es la de los sindicatos de mineros y de los obreros textiles. Todos estos esfuerzos para organizarse, enraizados en la exigencia de defensa de un proletariado absolutamente privado de reservas, chocaron con la política de represión de la burguesía en esta primera fase, empujando a estas asociaciones profesionales a volverse posterior mente un pilar de la I Internacional en Gran Bretaña (5).

El monopolio comercial de Inglaterra, la consecutiva formación de una aristocracia obrera y el cambio de política de la burguesía empujó al sindicalismo en la vía del corporativismo y de la colaboración de clase en detrimento de las amplias masas obreras (6). El surgimiento del «nuevo sindicalismo», hacia 1890, a partir pura y simplemente de la «necesidad absoluta de los trabajadores de defenderse», debió ser «preparado por las múltiples agitaciones de estos ditimos ocho años» por parte del movimiento socialista, «a tal punto que la gente, sin ser ella misma socialista, sólo quiere a los socialistas por jefes» (7).

Desde entonces, está dada la prueba histórica de que la «geología» general de la sociedad burguesa moderna exige cada vez más la acción de vanguardias políticas revolucionarias para asentar la existencia del sindicalismo de lucha de clase. El hecho de que el dominio de la burguesía británica sobre su inmenso imperio y la débil fuerza del socialismo inglés hayan creado las condiciones para que el «nuevo sindicalismo» caiga a su vez en las redes de la colaboración de clases no desmiente, sino que confirma esta verdad vieja de más de un siglo.

En Francia, la feroz represión de la Comuna empujó «espontáneamente» al sindicalismo en la vía del corporativismo, y fue necesaria la vigorosa acción del movimiento socialista con Jules Guesde para arrancarlo de ese sendero. El naciente sindicalismo revolucionario animado por Fernand Pelloutier, y las Bourses du Travail, ayudaron a hacer del sindicalismo francés, a comienzos de siglo, el centro de una intensisima vida de clase.

Esta verdad se verifica también en Alemania, donde los sindicatos, desde su nacimiento, fueron un producto directo del partido socialdemócrata, quien «ha cuidado su crecimiento, dado sus dirigentes y militantes más activos» y «su superioridad respecto a todos los sindicatos burgueses», e impedido que desciendan «al nivel de un empirismo chato e indeciso», según las palabras de Rosa Luxemburgo de 1906 (8). Otro tanto puede decirse de los sindicatos en Italia y España, ligados orgánicamente a socialistas y anarquistas.

Nada más lógico. El sindicato se situó en el terreno de los intereses inmediatos, en ese mismo terreno que, a la vez que suscita la necesidad de la coalición para superar la competencia que los obreros se hacen entre si, tiende a oponerlos unos a otros: por empresa, por categoría, por naciones; y estas divisiones, provocadas «espontáneamente» por la sociedad burguesa, son atizadas a su vez por la política de la clase dominante. Sólo la lucha tenaz y vigorosa sostenida por las vanguardias revolucionarias dentro - y no necesariamente a la cabeza - de las organizaciones inmediatas en defensa no solo de los objetivos, sino también de los métodos clasistas, que son los únicos que definen como proletario al asociacionismo obrero, puede impedir a este último, contra todas las influencias de la contingencia, el caer en las trampas que le tiende el enemigo y que hacen hincapié en los intereses de categoría que, bajo una forma u otra, constituyen el caldo de cultivo de la Realpolitik, de la capitulación abierta o tácita ante el Orden establecido.

En una época en que el oportunismo reformista no se había vuelto aún el socialimperialismo de hoy, alineación abierta de sectores decisivos del movimiento político socialista al flanco de la burguesía, Lenin ya podía escribir que
«
el desarrollo espontáneo del movimiento obrero lleva justamente a subordinarlo a la ideología burguesa (...) Por eso, nuestra tarea es la de (...) desviar al movimiento obrero de esta tendencia espontánea que tiene el tradeunionismo a refugiarse bajo el ala de la burguesía» (9).

La «espontaneidad» obrera en la fase reformista de la sociedad capitalista estaba condicionada por la existencia de fuertes partidos socialistas y, en los países latinos, por el sindicalismo revolucionario. Las masas obreras organizadas eran «espontaneamente» socialistas o, recíprocamente, sindicalistas revolucionarias (10). A pesar de esto, debió llevarse a cabo una lucha sin cuartel contra ese «empirismo chato», inseparable del reformismo a la Bernstein, que terminó por dominar las cipulas sindicales.

La primera guerra representó un giro histórico de primera magnitud para la organización sindical en particular, y para el asociacionismo obrero en general. Si en la época a la que se refería Engels, el corporativismo de los sindicatos ingleses era la expresión de una situación «excepcional» que resultaba del monopolio comercial de Inglaterra y de una política lucida de la clase dominante, y si dichas tendencias pudieron ser bien contrarrestadas en el continente gracias a la obra decidida de vanguardias políticas revolucionarias, con la primera guerra mundial - es decir, con la eclosión de los fenómenos más agudos de la época imperialista - el oportunismo obrero, vuelto ya socialimperialismo y socialpacifismo, arrastró al asociacionismo obrero hacia la órbita del Estado burgués, sometiéndolo de manera creciente a las exigencias cada vez más totalitarias del capitalismo monopolista y de la colaboración de clases.

Desde entonces, la fuerza de atracción que absorbe la «espontaneidad» obrera hacia un curso contrario a las exigencias materiales y generales de las masas está acrecentada por la obra consciente de partidos políticos con una influencia decisiva en las mismas filas proletarias. Las tendencias de las direcciones sindicales a la colaboración de clases están reforzadas por la acción política de los partidos que las controlan. Más aún, la acción paraburguesa de estos partidos que penetran por todos los tejidos sociales concierne no solo a dicha «espontaneidad» en el terreno exclusivo de la compraventa de la fuerza de trabajo, sino a todas las expresiones de la actividad de la clase: consejos de fábrica, organizaciones de barrio, y hasta a los soviets mismos, como en el curso de la ola revolucionaria de la primera posguerra.

Dando un salto de más de medio siglo, es fácil constatar hoy día que la «geología» que condiciona poderosamente la acción inmediata de las masas en su conjunto está conformada, no solo por la acción general de la socialdemocracia y del stalinismo (o de sus herederos), sino también por una densa red que, en un marco establecido por la clase dominante, liga estrechamente las organizaciones obreras profesionales y políticas a todo el aparato y a la política capitalistas, marco que, en el terreno sindical, va de la «acción en la empresa» a la política de «negociación», ambas institucionalizadas.

En su notable articulo «Los sindicatos en la época de la de cadencia imperialista», inconcluso debido a la mano asesina de la contrarrevolución, Trotsky sostuvo justamente que
«
hay un aspecto común en el desarrollo, más exactamente, en la degeneración de las organizaciones sindicales modernas en el mundo entero: su aproximación y fusión con el poder del Estado. Este proceso es igualmente característico de los sindicatos apolíticos, socialdemócratas, comunistas (Trotsky se refiere a los dominados por el stalinismo, Ndr.) y anarquistas. Este solo hecho indica que la tendencia a fusionarse con el Estado no solo es inherente a tal o cual doctrina, sino que resulta de las condiciones sociales comunes a todos los sindicatos».
Y nosotros, que tenemos un análisis fundamentalmente idéntico de las tendencias «espontáneas» del sindicalismo en la fase del capitalismo imperialista, hemos añadido que dicha tendencia a la alianza de clases no resulta de cuestiones meramente ideológicas, sino de determinaciones materiales:
«
Estas modificaciones radicales del contexto sindical, afirma nuestro texto basilar Partido revolucionario y acción económica, no provienen por supuesto únicamente de la estrategia política de las clases en conflicto y de sus partidos y gobiernos, sino que están también profundamente vinculadas con el mutado carácter de la relación económica entre empresario y obrero asalariado. En las primeras luchas sindicales, con las cuales los trabajadores procuraban oponer al monopolio de los medios de producción el de la fuerza de trabajo, la aspereza del conflicto derivaba del hecho que el proletariado, de tiempo despojado de toda reserva de subsistencia, no tenía ningún otro recurso que el salario cotidiano, y cada lucha contingente lo conducía a un conflicto de vida o muerte.
Mientras la teoría marxista de la miseria creciente se confirma por el continuo aumento numérico de los proletarios puros y por la apremiante expropiación de las últimas reservas de estratos sociales proletarios y medios, expropiación que es centuplicada por las guerras, destrucciones, inflación monetaria, etc., y mientras en muchos países la desocupación y la misma matanza de los proletarios alcanza cifras enormes, es indudable que allí donde la producción industrial florece, toda la gama de las medidas reformistas de asistencia y previsión crea para el asalariado ocupado un nuevo tipo de reserva económica que representa una pequeña garantía patrimonial que perder, en cierto sentido análoga a la del artesano y a la del pequeño campesino; el asalariado tiene pues algo que arriesgar, y esto (que es un fenómeno por otra parte ya observado por Marx, Engels y Lenin en las llamadas aristocracias obreras) lo vuelve irresoluto e incluso oportunista en el momento de la lucha sindical y, aún más, de la huelga y la revuelta
» (11).

No es gratuitamente, por cierto, que tanto la democracia como el fascismo hayan estatizado los «servicios sociales» de jubilación, enfermedad, paro, etc., que eran previamente un potente factor de la estabilización organizativa autónoma de las organizaciones sindicales. En un cierto sentido, esta estabilidad (que anteriormente les venia no tanto de esos «servicios sociales» como de su aptitud para la lucha y, por consiguiente y de manera creciente, de las vanguardias políticas que se situaban en un terreno de lucha de clase) le es concedida hoy por la política general del Estado capitalista y de sus agentes en las filas obreras.

Ni Trotsky ni nosotros hemos considerado tal tendencia como irreversible. En un marco histórico de fuerzas cada vez más férreo, tanto Trotsky como nosotros individualizamos en el partido revolucionario marxista la única fuerza histórica capaz de transformar radicalmente la «geología» actual de la sociedad burguesa y provocar un trastocamiento general y estable susceptible de lograr una inversión de tendencia del curso de la «espontaneidad» in mediata de la clase, incluso en el terreno sindical:
«
Si a la ofensiva capitalista le hace frente un partido comunista fuerte, si se arranca al proletariado de la táctica sindicalista (democrática), si se lo arranca de la influencia de la política rusa actual (es decir, de los partidos stalinistas, Ndr.), en el momento X o en el país Y pueden volver a surgir los sindicatos clasistas ex novo o de la conquista - quizá a palos - de los actuales. Esto no puede ser excluido históricamente» (12).

Esta perspectiva histórica, científicamente establecida, supone una visión dialéctica del problema, porque la extensión y reforzamiento del partido exige el renacimiento y la continuidad a una escala no desdeñable de la lucha de masas, y su participación en ésta. Además, el renacimiento de organizaciones sindicales de clase no será la condición previa, sino el resultado de trastocamientos profundos y generalizados en todo el cuerpo social, ya que
«
esos sindicatos se formarían en una situación de auge o de conquista del poder» (13).
Esta perspectiva no excluye
«
que el renacimiento de organizaciones de clase no políticas con amplios efectivos ocurra antes o después de que los efectivos del partido hayan aumentado considerablemente» (14),
pero supone tanto la participación activa de propaganda, agitación, organización y movilización como el peso creciente en su seno - es decir, la extensión de la influencia, que no es siempre medible por el control directo que ejerce sobre el movimiento - de la vanguardia política que se sitúa decididamente en el terreno clasista.

En todo caso, y dado que la presencia de «un gran movimiento de asociaciones con contenido económico que abarque una parte imponente del proletariado» es un factor sine qua non de la perspectiva revolucionaria, de la cuales inseparable la presencia de
«
un fuerte partido de clase, revolucionario, (...) al cual el desarrollo de la lucha haya permitido contraponer válida y extensamente su influencia en el movimiento sindical a la de la clase y del poder burgués» (15),
es un objetivo general del partido
«
la formación de una agrupación autónoma de clase del proletariado que nadie puede predecir hoy si ocurrirá con el resurgimiento del sindicato clasista o de otros organismos de masa; si en una fase de reanudación de la lucha de clase o en la del asalto para la conquista revolucionaria del poder» (16).

Frente proletario de lucha, hoy
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El desfase entre las actuales condiciones objetivas que ven agudizarse los antagonismos de clase y la débil respuesta proletaria, ha sido ahondado por la ausencia de una vanguardia probada en la cual las masas puedan reconocer una firme voluntad de lucha. Para combatir con decisión y continuidad, las masas necesitan sentir que tienen, a su cabeza una dirección férrea que haya ganado su confianza: este factor es también un elemento determinante de la «espontaneidad».

En este sentido, la situación actual difiere radicalmente de la de la primera posguerra, cuando para tratar de enfrentar la ofensiva burguesa el joven Partido Comunista de Italia lanzó la consigna del «frente único sindical» (17). Y esto en dos planos diferentes.

Ante todo, difiere por la existencia entonces y la inexistencia hoy de organizaciones de clase (sindicatos, Cámaras del Trabajo) que constituían centros naturales de organización y movilización del proletariado. Pero hablar de dichas organizaciones equivalia a hablar no solo de los grupos comunistas actuantes en su seno, sino también de militantes ligados a la socialdemocracia y al sindicalismo revolucionario que no habían abandonado el terreno de la acción de clase; precisamente por eso, las «Tesis de Roma» hablan de la necesidad de «distinguir siempre entre los jefes y las masas», no solo de los sindicatos, sino también de esos partidos, y de «reincorporar en el terreno revolucionario» a muchos trabajadores que militaban en sus filas (18).

La «espontaneidad» obrera inmediata encontraba allí su marco organizativo directo que las cúpulas burocráticas, ligadas a la colaboración de clases, trataban de desviar o desnaturalizar en provecho de la conservación social. Pero hoy día dicho marco organizativo está enteramente ligado a la clase enemiga y vaciado de todo contenido clasista, y hasta faltan esas minorías politizadas, a las cuales el PC de Italia lanzó el llamamiento ulterior a la huelga de agosto de 1922, que aun estando orientadas por principios erróneos desde el punto de vista de la lucha por la emancipación proletaria, estaban animadas, sin embargo, de un sano odio contra la acción saboteadora de las cúpulas sindicales y toda vía se alistaban enérgicamente en el terreno de la acción de clase.

Desde este punto de vista, la situación de hoy día es desoladora. La trayectoria de los grupos de la «extrema izquierda», trotskista y espontaneista (para no hablar del maoísmo que transporta las peores tradiciones del stalinismo), que han dominado la «escena» del último decenio, los ha llevado a terminar jugando el papel de simple «oposición leal» a la política del sindicalismo democrático y, por tanto, a despilfarrar en una política capituladora (pues no está orientada a trastocar de raíz las alineaciones políticas y sociales) una generación completa de jóvenes proletarios animados de odio contra las jerarquías oficiales. En este sentido, la situación española da un ejemplo acabado y decisivo.

En segundo lugar, la situación actual difiere de la de la primera posguerra en la existencia entonces y en la inexistencia hoy a escala general de un fuerte partido revolucionario capaz de plantear su candidatura a la dirección de la lucha proletaria (19) o de constituir un factor activo de esta misma lucha, ya que la presencia de un partido comunista bien implantado entre las masas, aguerrido en la acción y firme en los principios es un factor de primer orden en la movilización del proletariado en el terreno de la acción directa, debido al arrastre que puede ejercer sobre los militantes obreros no ganados aún a los principios del comunismo, por la presión que de este modo puede ejercer eventualmente sobre las direcciones oficiales oscilantes o capituladoras, y por la fuerza de atracción que las vanguardias forjadas y probadas tienen sobre las capas más profundas y extensas de las masas.

En 1974-75, en momentos del desencadenamiento de la crisis internacional, que no podía dejar de plantear el problema de la ofensiva burguesa, nuestro partido volvió a recoger la perspectiva del «frente proletario de lucha». En un articulo de enero de 1975, escribíamos:
«
Planteamos la perspectiva del frente único como no realizable inmediatamente en cuanto faltan las fuerzas que puedan realizarlo y, en particular, un partido revolucionario bien implantado en la clase proletaria - la cual, por otra parte, no posee los instrumentos de su defensa inmediata -, y nos prefijamos el doble objetivo de construir y reforzar el partido «en contacto con la clase obrera» y de ayudar activamente en todas las situaciones en las cuales se planteen la lucha y la organización de los obreros en cuanto tales» (20).
En abril de ese mismo año,volviamos sobre el tema:
«
Se trata de una perspectiva a la que debemos consagrarnos (…) porque si hoy las brechas para nuestra acción se perfilan mas que en el pasado, su ampliación depende incluso y sobre todo de nuestra actividad más específica en el campo de las luchas inmediatas, tendiente a constituir, a partir de la base, es decir, de las luchas más aisladas y por los motivos aparentemente más irrisorios, un frente de agavillamiento de los trabajadores, que podrá desarrollarse dentro y fuera de los sindicatos, en defensa de las condiciones de trabajo, de vida y de lucha. En esta actividad, el partido obra en función de una perspectiva dialéctica: crear, en la defensa, los presupuestos de la ofensiva, es decir, de una reanudación en gran escala del movimiento de clase y, precisamente para esto, en lo vivo de las luchas y con la acción de los militantes, formar los cuadros del partido de clase.
(...) En la fase actual, la perspectiva de una crisis recesiva larga y profunda con sus inevitables reflejos en el campo de las fuerzas sociales, plantea la posibilidad no voluntarista, no dictada por exageraciones de evaluación objetivas y subjetivas, del reagrupamiento de núcleos
proletarios en torno a reivindicaciones de base como las que sostenemos en nuestras intervenciones, y que se van llenando con un contenido práctico y articulado. Y en ella entrevemos la posibilidad real, no ficticia, del nacimiento de organismos espontáneos que, dentro o fuera del sindicato, expresen la exigencia de los proletarios, de cada proletario, frente a la agudización de la crisis y a la defensa de sus propias condiciones de vida y de trabajo».

En este terreno, continuábamos diciendo, seria inadmisible establecer «discriminaciones» políticas; por el contrario, consideramos indispensable que todos los que comparten por lo menos el punto esencial de la contraposición frontal contra el oportunismo trabajen en base a un acuerdo lo más amplio posible, subordinando la amplitud del frente al único elemento de la voluntad real de lucha por objetivos precisos.

« (...) Llamamos a la lucha al proletariado, antes bien, a crear las condiciones de la lucha, en defensa de las condiciones de vida y de trabajo; llamamos a hacerse cargo con nosotros de esta defensa a todos aquellos que, a pesar de tener diferentes y divergentes orientaciones y afiliaciones políticas, sienten la necesidad de contrarrestar frontalmente al oportunismo».

Sabiendo que, «al maximo, en una situación de agravación de sus condiciones (de existencia), el proletariado toma conciencia de la necesidad de luchar por la defensa de sus intereses inmediatos, y tiende, pero solamente tiende, a unirse»,
«
planteamos hoy como ayer la cuestión fundamental de la red de asociaciones económicas del proletariado que deben ser reconstruidas en el curso de un proceso de desarrollo de las luchas sociales dialécticamente ligado al de la influencia cada vez más vasta del partido entre los trabajadores» (21).

Este frente, pues, no podía excluir a priori las articulaciones sindicales de otras corrientes políticas. Pero no es ningún secreto el hecho de que la curva de las fuerzas que componen la «extrema izquierda» actual las ha alejado, y no acercado, del terreno de la lucha frontal contra las cúpulas y las burocracias sindicales. Más aún, tales organizaciones no han sido un factor «neutro», sino negativo desde el punto de vista que nos ocupa. Esta realidad de hecho no vuelve imposible la perspectiva, que es siempre actual, del frente proletario de lucha, sino que, hoy por hoy, vuelve más difícil - pero no imposible localmente - su cristalización y, dialécticamente, la estabilidad y extensión de un embrión de asociacionismo obrero capaz de enfrentar a las fuerzas abiertas o enmascaradas del enemigo.

Esto tampoco significa excluir la aparición futura de otras minorías políticas significativas dispuestas a situarse enérgicamente en este terreno. Pero, a la manera de Lenin, podemos y debemos afirmar, también en este campo, que «no existe partido político que pueda, sin caer en el espíritu de aventura, regular su conducta en base a explosiones o complicaciones hipotéticas. Debemos continuar nuestro camino, cumplir sin desesperar nuestra labor sistemática, y cuanto menos contemos con lo inesperado, más posibilidades tendremos de no ser cogidos jamás por sorpresa por los «giros históricos» (22).

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Sin duda, la formación de un frente proletario de lucha, y con mayor razón aún, del asociacionismo obrero de carácter económico, será el fruto de la confluencia de los impulsos «espontáneos» de las masas obreras y de la acción consciente de minorías de vanguardia. Pero el partido - y éste es el punto central de la cuestión - deberá jugar, en relación a estas últimas, un papel primordial de maduración, potenciamiento y cristalización, en el curso de un proceso que no será corto ni fácil, a la medida de las devastaciones causadas por las dos olas sucesivas de degeneración oportunista.

Notes:
[prev.] [content] [end]

  1. Véase «El marxismo y la cuestión rusa», publicado en castellano en «El Programa Comunista», n° 19, enero de 1976. [back]
  2. Véase, en particular, «Crisis y revolución» y «Una vez mas sobre crisis y revolución», en «El Programa Comunista», n° 15 y 18 (agosto de 1974 y septiembre de 1975) respectivamente. [back]
  3. «Una vez mas sobre crisis y revolución», en «El Programa Comunista», n° 18, septiembre de 1975 [back]
  4. Por todas estas razones, enunciadas clasicamente por Marx, Engels y la Primera Internacional, la Izquierda afirmo en 1951, en un periodo ciertamente aún mas negro que el actual, que un factor del futuro renacimiento del asociacionismo de clase seria, en particular, «La propaganda de la historia sindical» y «La historia de la fracción sindical comunista en la CGL, en el sindicato ferroviario, etc.». («Bollettino per la preparazione del II Congresso del Partito Comunista Internazionalista») [back]
  5. Por cierto que no hay que idealizar al sindicalismo de entonces, cuya «alianza» con la Internacional obrera
    «
    era un matrimonio de conveniencias». «Las tradeuniones necesitaban de la Internacional para sacar adelante la reforma electoral, pero una vez aprobada ésta, empezaron a coquetear con los liberales, sin cuya ayuda no podían contar con entrar en el Parlamento». (Franz Mehring, «Carlos Marx», Ed. Grijalbo, p. 470). [back]
  6. Véase la carta de Engels a Bebel del 28.X.1885. [back]
  7. Carta de Engels a Sorge del 8.11.1890. En su «Histoire du syndicalisme britanique», Edition du Seuil, p.112, Henry Pelling escribe que
    «
    la ayuda suministrada por los dirigentes socialistas, tanto para la publicidad cono para la organización, fue una de las características de la formación de los nuevos sindicatos»
    que comprendían a las basas obreras sin distinción de calificación.
    [back]
  8. «Huelga de masas, partido y sindicatos.» [back]
  9. «¿Qué Hacer?», Lenin, Oeuvres, pp.391–2. ¿Y qué es acaso ese «refugiarse bajo el ala de la burguesía», sino la política actual de colaboración de clases del sindicalismo democrático que, tendencialmente, se integra cada vez mas en el Estado burgués? [back]
  10. Véase Rosa Luxemburgo, op.cit., donde demuestra luminosamente las relaciones entre las masas y el partido a través de las organizaciones sindicales, y esto contra la voluntad de los bonzos que preconizaban al «apoliticiamo» o la «neutralidad» del movimiento sindical. [back]
  11. En «Partido y Clase», Ed. Programme. [back]
  12. «Bollettino per la preparazione del II Congresso del Partito Comunista Internazionalista». [back]
  13. «Bollettino per la preparazione del II Congresso del Partito Comunista Internazionalista». [back]
  14. «Bollettino per la preparazione del II Congresso del Partito Comunista Internazionalista». [back]
  15. «Partido revolucionario y acción económica», art.cit. [back]
  16. «Bollettino per la preparazione del II Congresso del Partito Comunista Internazionalista». [back]
  17. Este llamamiento tenía, entonces, un triple objetivo: la convergencia de fuerzas proletarias en un frente de lucha contra la ofensiva burguesa; la creación de las condiciones de la unidad de las organizaciones de clase del proletariado italiano; y, dialécticamente ligado a ambas metas, la extensión de la influencia del partido y, por tanto, de la disciplina revolucionaria unitaria de la clase. [back]
  18. En «El Programa Comunista», n° 26, febrero de 1978. [back]
  19. Sin embargo, allí donde localmente nuestros grupos comunistas están bien implantados, han logrado cristalizar a menudo una voluntad de lucha que, en su ausencia, se hubiera volatilizado. [back]
  20. «Fronte unico proletario e organizzazioni tradizionali, oggi», «Il Programma Comunista» n° 1, 7.1.1975. [back]
  21. «Basi oggettive e delimitazione programatica del fronte unito proletario», en «Il Programma Comunista», n°6 y 7, 20.III. y 3.IV.1975. [back]
  22. «¿Por dónde empezar?», Lenin, Oeuvres, V, p.20. [back]

Source: «El Programa Comunista» No 36 - Octubre de 1980

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